El sueño de verano, la voz del conejo y los recuerdos sin ti

Entre la preocupación y la promesa

El suave crujido de las cigarras se filtraba por la ventana entreabierta, mezclándose con el olor familiar de la sopa de miso que su madre, Keiko, preparaba en la cocina. La penumbra de la habitación de Kaoru estaba apenas rota por la luz cálida de un farol sobre el escritorio.

Kaoru estaba recostado en la cama, con una toalla fría sobre la frente. Su padre, sentado en una silla junto a él, hojeaba un libro sin prestar demasiada atención, como si cualquier página pudiera convertirse en excusa para vigilarlo.

—Deberías dormir, querido —murmuró Keiko Fujisawa desde la puerta—. El médico también te dijo que no debes forzarte.

Hiroshi asintió sin mirar. Su mente estaba lejos de la habitación. Veía a su hijo recostado, tranquilo. Desde el accidente y la pérdida de memoria de Kaoru, él había cambiado. Se había vuelto menos estricto, más paciente.

Pero los recuerdos de Kaoru seguían ahí, latentes. No como sombras vagas, sino como imágenes nítidas: el sonido del río, el tacto de unas manos temblorosas, la voz de Yume quebrándose en un susurro.

Se preguntaba: ¿por qué ahora? ¿Por qué justo antes del festival de verano? Cerró los ojos, sintiendo un nudo en la garganta. Tal vez era el calor del verano, tal vez la cercanía de esa fecha que siempre le había resultado dolorosa.

Kaoru, recostado en cama, soñaba el día que se desmayó. Se detuvo al ver a Yume cruzar el pasillo lateral. Ella también lo vio, y por un instante pareció apartar la mirada. Pero no lo hizo.

—Yume… —llamó Kaoru, con voz firme. Ella se giró lentamente, la luz del sol dibujando un halo dorado en su cabello.

Él se acercó. Las palabras ensayadas que llevaba en un papel mal escrito, se le borraron de la cabeza, pero se aferró a lo esencial.

—Lo siento por tardar tanto, desde aquel día en el parque. Siempre te he amado. Y lo siento.

El rostro de Yume cambió: sorpresa primero, luego algo más que Kaoru no logró descifrar. Ella abrazó su bolso como un escudo.

—No… no puedo… —susurró antes de darse la vuelta y alejarse.

Kaoru intentó seguirla, pero sus piernas pesaban. Una imagen fugaz lo golpeó: él, de niño, corriendo tras una Yume en lágrimas.

—Otra vez… —murmuró.

Y entonces, el suelo desapareció bajo sus pies. El calor del sol se desvaneció. Lo último que vio fue el cielo de verano, brillante y cruel, antes de perder la conciencia.

Un grito rompió el murmullo del patio.

—¡Que alguien llame a un profesor!, ¡un chico se acaba de desmayar!

Yume se detuvo en seco al escuchar el golpe. Entre un círculo de estudiantes alcanzó a ver la camisa blanca de Kaoru extendida en el suelo, su brazo inerte. Su mochila cayó de sus manos.

Empujó suavemente a quienes se agolpaban alrededor hasta verlo más de cerca. El recuerdo del festival regresó con violencia.

—¡No lo muevan así! —ordenó la voz firme de Haruka, que apareció entre la multitud. Mizaki llegó detrás de ella, empujando con fuerza hasta arrodillarse a su lado.

—Fujisawa… —susurró, con el rostro pálido.

Yume sintió un nudo en la garganta. No eran celos, sino la certeza de estar fuera de lugar.

Haruka comprobó su pulso.

—Está respirando. Solo se desmayó… pero está frío.

Con ayuda de otro estudiante, cargaron a Kaoru hacia la enfermería. Yume dio un paso adelante, pero retrocedió enseguida. No quería que la vieran así, con los ojos vidriosos y las manos temblando.

Cuando desaparecieron en el pasillo, Yume dio media vuelta. Una vez más, se alejaba cuando más lo necesitaba.

El olor a desinfectante fue lo primero que Kaoru percibió al despertar.

—¿Kaoru? —la voz de Mizaki sonó temblorosa, aliviada.

—Tardaste en despertar —añadió Haruki, apoyado contra la pared.

Kaoru intentó incorporarse, mareado.

—¿Qué pasó?

—Te desmayaste en el patio —explicó Mizaki, bajando la mirada—. Hablaste con Aihara-senpai, ¿verdad?

El nombre lo golpeó. Fragmentos del festival aparecieron: agua, linternas sobre el río, Mizaki empapada y sobre una roca, Yume al otro lado. Apretó los párpados. Algo faltaba en ese recuerdo.

—Ya… lo recordé —murmuró.

—¿El qué? —preguntó Mizaki.

Él la miró sin responder. Haruki suspiró.

—Descansa un rato. No tienes buena cara. Ya le hablaron a tus padres.

Kaoru asintió, pero en su mente giraba una sola pregunta: ¿qué fue lo que Yume vio ese día… y por qué, después de tanto tiempo, todavía la hace alejarse de mí?

Cuando volvió a despertar, Mizaki estaba aún a su lado.

—Nos diste un susto —dijo ella, intentando sonar tranquila.

Haruki lo observaba con el ceño fruncido.

Kaoru bebió un poco de agua. En su mente, imágenes dispersas aun flotaban: una risa infantil, una mano pequeña, un conejo de peluche cayendo al suelo. Y, sobre todo, los ojos de Yume mirándolo con confianza, años atrás.




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