Era mediados de junio en Hakodate. El aire del puerto, aunque cargado de sal, traía consigo el bullicio eléctrico del Festival de Goryokaku. Era el preámbulo que Haruka-sensei había anunciado con tanto drama: el torneo regional de artes literarias de Hokkaido. Para los estudiantes, era la última gran parada antes de las nacionales de agosto.
El aroma de los yakisoba y el azúcar quemado flotaba entre los pasillos de los stands. Las banderas de diversas escuelas, desde la prestigiosa Raimei, hasta Tsukikage Jogakuin y la más modesta Usigaoka, entre otras escuelas, ondeaban bajo un cielo azul metálico y un calor insoportable.
Yume caminaba sola. Como Ya no tenía que reportarse al club de literatura, sus pies la habían llevado allí por inercia, porque estaba buscando a Kaoru. No habían hablado desde aquel beso en la penumbra de su habitación, ese puente frágil que ella misma temía romper con un mal movimiento.
Se detuvo frente a un puesto de dulces artesanales. Observaba al artesano moldear figuras de azúcar con una precisión quirúrgica, fascinada por cómo algo tan dulce podía ser tan rígido.
—Disculpa… —una chica de Tsukikage, con el uniforme impecable y una coleta alta que se balanceaba con cada movimiento, la miraba con una mezcla de timidez y urgencia. —¿Podrías ayudarme un segundo?
La placa estudiantil decía: Ai Shirasawa.
Yume la observó de pies a cabeza. Era más pequeña de estatura que ella, su piel blanca y los ojos azules contrastaban con los grandes anteojos redondos que usaba.
—¡Claro! —dijo Yume, iluminando el rostro de Ai. Tras ayudarla con un problema de un micrófono que no estaba bien conectado, que se usaría para la exhibición de canto —un trámite que Yume resolvió con su eficacia silenciosa—, Ai le dedicó una sonrisa agradecida.
—Gracias… es raro, pero me gusta mucho venir a estos eventos. Uno de mis amigos de la secundaria solía arrastrarme. No sé si lo conozcas, va en segundo grado… Haruki Minase… ¿lo conoces?
Yume negó suavemente. Para ella, el mundo se dividía en personas que estaban en su vida y personas que eran ruido de fondo. Minase era de la segunda categoría, ya que siempre lo evitaba desde aquella vez que fue obligada a acompañarlo al esperar a Kaoru. Intercambiaron Line casi por compromiso, aunque Yume guardó el teléfono con una sensación de duda.
Al alejarse, Yume vio algo que la obligó a detenerse. Entre la multitud, Haruki y Mizaki caminaban juntos. Sus manos estaban entrelazadas, no con la urgencia del primer amor, sino con la solidez de quienes han decidido construir algo nuevo sobre las ruinas de lo viejo.
Una punzada de incomodidad le cruzó el pecho. No eran celos. Era esa lógica suya, implacable. Mizaki había "huido" a otro territorio.
—¡Ai! —exclamó Haruki al ver a su amiga, soltando la mano de Mizaki con una naturalidad que a Mizaki le hizo arquear una ceja y Yume levantar un poco la vista.
Vio cómo Mizaki se tensó de inmediato. Cuando Ai se despidió con un "Me alegra volverte a ver… de verdad", el tono sonó a una declaración de guerra.
Mizaki apretó los labios; sabía reconocer una advertencia cuando la escuchaba.
Mientras tanto, Kaoru había estado siguiendo el rastro de vainilla entre la gente. Finalmente, divisó el vestido claro de Yume cerca de los límites del festival. Se acercó con paso decidido y, sin pedir permiso, tomó su mano. Sus dedos estaban fríos, pero él no la soltó.
—¿Podemos hablar? —preguntó él. Su voz era firme, pero sus ojos delataban que la fiebre de mayo aún no se había ido del todo de su sistema.
Yume asintió. Se alejaron del ruido, de las risas de los stands y de la mirada vigilante de Haruka-sensei, hasta llegar a la vieja cabaña detrás de la escuela. Era el refugio que Yume había abandonado meses atrás, un lugar congelado en el tiempo.
El aroma a madera vieja y el polvo sobre los estantes los recibieron como viejos amigos que guardan secretos.
—Yume… —comenzó Kaoru, rompiendo el silencio que el zumbido de las cigarras intentaba llenar—. Gracias por ayudarme cuando estaba perdido para llegar a la escuela aquel primer día.
Ella levantó la vista, sorprendida. Él recordaba detalles que ella creía perdidos en la niebla de su amnesia.
—Mizaki y yo te vimos leyendo ese libro el primer día —continuó él, y el nombre de Mizaki ya no sonaba como una acusación, sino como un dato histórico—. Fue antes de que todo se rompiera.
Los recuerdos inundaron la cabaña como una marea: el verano compartido, las tardes leyendo “La Princesa y el Conejo”, el parque donde los perros la asustaron y aquel cachorro cubierto de barro que intentaron rescatar.
—En esos momentos… yo sentía algo que no supe cómo decirte —confesó Kaoru, acercándose a ella—. Me importaban los dos. Mucho más de lo que puedo explicar.
Yume apretó el libro contra su pecho. Para ella, el libro era un escudo; para él, era un vínculo.
—¿Recuerdas… el festival de verano? —la pregunta de Kaoru cayó como una piedra en un pozo profundo—. Recuerdo flashes. Nosotros tres… juntos.
Yume cerró los ojos. En su mente, el blanco y el negro empezaban a mezclarse en un gris doloroso. —Yo… no sé si quiero recordar todo —susurró Kaoru—. Algunas cosas duelen demasiado.
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Editado: 26.08.2026