La tarde de ese sábado 29 de junio caía lentamente, tiñendo de un naranja oscuro las calles y los jardines de la ciudad de Hakodate. Yume estaba recostada en su cama, pero no descansaba. Desde que escuchó “Siempre te he amado, Miza…” se le había quedado en la cabeza. No había ido a la escuela fingiendo una larga enfermedad y cuando iba, terminaba en la enfermería. Cada vez que veía a Kaoru, usando sus papeles arrugados para llegar a cualquier lado, terminaba por esconderse.
Para Yume, la frase dicha por Kaoru no era un eco, era un parásito en su cerebro. No lo veía como un error de Kaoru. Tampoco fue algo provocado por la amnesia. Fue una revelación. Si él pronunció ese nombre, es porque en el fondo de su ser, Mizaki tenía razón y ella era una intrusa.
Su mente decidió que la única forma de proteger lo que quedaba era volver a estar alerta y huir a la menor provocación.
Desde entonces, abrazaba el libro de “La Princesa y el Conejo” contra su pecho con una fuerza mecánica, como si sus dedos se hubieran convertido en garras.
Su teléfono vibró. Era un mensaje de Ai Shirasawa. Desde que se conocieron, Ai la empezó a considerar como una amiga, una senpai que sabía mucho de libros.
La naturalidad de la propia Ai era el contraste perfecto para la oscuridad de Yume. El mensaje que se mostró en la pantalla de Yume decía: Aihara-senpai... me acabo de encontrar con Minase-kun con Tachibana-san. Si los recuerdas, ¿no?, ustedes van en la misma escuela, bueno. Iban de la mano. Se ven muy bien como pareja, ¿no crees? Me sorprendió un poco, él siempre decía que prefería estar solo conmigo. Admito que me siento un poco triste porque lo estaba esperando para el final del tercer año, pero qué se le va a hacer.”
Yume parpadeó, la luz de la pantalla reflejándose en sus ojos sin brillo. La información de Ai era oro. No juzgaba, solo reportaba de forma inconsciente, como quien tiene un chisme escolar.
“Tal vez… me pueda ayudar a que Kaoru no recuerde…”, pensó Yume. La palabra "amistad" nunca cruzó por su cabeza. Había un festival dentro de unos días.
Yume: “Shirasawa-san, ¿quieres ir al festival de verano este fin de semana conmigo? Podemos pasear juntas y ver los puestos. Me gustaría tener compañía.”
La respuesta fue casi instantánea, llena de energía despreocupada.
Ai: “¡Claro! Suena divertido, gracias por invitarme, Aihara-senpai. ¡Me encantaría!”
Yume dejó el teléfono a un lado. Una pequeña sonrisa, carente de alegría, apareció en sus labios. Tenía un aliado indirecto. Si Kaoru recuperaba la memoria, si descubría que ella causó su caída aquel día en el festival... todo se acabaría. Pero si ella controlaba la información, si mantenía a Mizaki y Haruki en su propia burbuja a través de los ojos de Ai, podía mantener a Kaoru en el "blanco" de su mundo.
Mientras tanto, en la casa de los Fujisawa, Kaoru caminaba por los pasillos como un animal enjaulado. El nombre "Miza" le quemaba la garganta. ¿Por qué lo había dicho? Cada vez que intentaba llamar a Yume para explicarse, ella no respondía.
Sin Mizaki para hablar, ya que, había quemado su única conexión con ella, Kaoru se sentía más perdido. Revisaba sus mapas arrugados y los tiró a la basura.
—Nada de esto me va a ayudar…
Cerraba los ojos y veía flashes: una mano estirada, el olor a lluvia, y un rostro que no lograba identificar gritando su nombre.
Durante los días siguientes, Yume perfeccionó su ritual. Sus mensajes con Ai eran precisos. No preguntaba directamente por Mizaki, preguntaba por "libros" o "rutinas", llevando a Ai a soltar detalles sin querer.
Ai: “Ayer los vi en la librería cerca de la estación. Estaban riendo mucho. Parece que Minase-san por fin está relajada.”
Yume creía que Mizaki era libre, caminando bajo el sol con Haruki mientras ella, Yume, se hundía más en las sombras de la cabaña, su habitación y los libros científicos.
Era un equilibrio precario. Cada mensaje de Ai era una pieza del rompecabezas que se estaba armando. Yume miraba el cielo nocturno desde su ventana, sintiendo cómo la culpa y los celos se solidificaban en una armadura. Sabía que el sábado durante ese festival de junio, todas las banderas se encontrarían.
—Todo estará bien si él no recuerda… —susurró a la habitación vacía. —… lo que pasó hace tres años. —De pronto, el recuerdo del día de la confesión le llegó a ella. “Fui yo quien causó el accidente”.
Se levantó de su cama y empezó a revisar su diario desesperadamente. Se detuvo justo en la entrada que decía en color rojo “Confesión a Kao”. Al lado había escrito, en letras pequeñas, Mii-chan estuvo ahí…
—¿Y si… se lo dice a Mii-chan?
El libro en su pecho se sentía pesado como una piedra sepulcral. Yume ya no era la princesa de su cuento; ahora era el guardián de una mentira que estaba a punto de colapsar bajo el peso de la memoria de Kaoru.
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Editado: 26.08.2026