El sueño de verano, la voz del conejo y los recuerdos sin ti

Kaoru, Yume y Mizaki

Kaoru cerró la puerta de su habitación con un golpe seco. El sonido resonó en el pasillo, pero en su cabeza el estruendo era mayor: era el eco de una mentira que empezaba a desmoronarse. Afuera, el cielo de Hakodate se rendía ante la noche, tiñéndose de una mezcla de naranja sucio y gris.

Se dejó caer sobre la cama y hundió las manos en su cabello. Tenía que haber algo. No podía ser que su vida entera cupiera en los papeles arrugados que llevaba en el bolsillo.

—Mizaki… Yume… —murmuró. Los nombres se sentían como piezas de dos rompecabezas distintos que alguien había forzado a encajar.

Movido por un impulso eléctrico, se arrodilló y sacó las cajas que acumulaban polvo bajo su cama. El olor a papel viejo y naftalina lo golpeó, un aroma que traía consigo el peso de los años perdidos. Revolvió cuadernos de primaria, juguetes viejos y rotos hasta que sus dedos rozaron una textura suave.

Era una bufanda roja, pequeña, con un hilo suelto en la punta.

Al tocarla, no hubo una imagen clara, sino un relámpago. Risas. Frío. El vapor saliendo de unas tazas. La sensación de que, mientras tuviera esa tela cerca, nada malo podría pasar. El flash le provocó una puntada detrás de los ojos que lo obligó a jadear.

—¿Estás bien, Kaoru? Es raro que azotes así la puerta, puedes molestar a los vecinos—la voz preocupada de su de su madre, Keiko, llegó desde el umbralsin inmutar al chico que estaba destrozando su cuarto por pistas.

—Solo estoy buscando, mamá. Necesito entender por qué tengo esto. —Le mostró la bufanda deshilachada.

Keiko intercambió una mirada cargada de silencios con su esposo, Hiroshi, que apareció detrás de ella con los brazos cruzados.

—Eras un chico obstinado —dijo ella con una sonrisa triste—. Recuerdo el día que llegaste con esa bufanda. Estabas cubierto de lodo, cargando a aquel perrito enfermo. Nos rogaste que lo ayudáramos…

—¿Con quién estaba? —preguntó Kaoru, apretando la tela. —Con Mizaki-chan y Yume-chan —respondió su padre. —Eran inseparables. Siempre sufrían cuando uno de ustedes se iba de vacaciones.

—Hijo, descansa, sé que has pasado por mucho, pero… —dijo Kaiko entrando a su habitación, pero la mirada desconocida en su hijo la detuvo, alertando a su padre e interponiéndose entre ellos.

Esa noche, el sueño no fue un descanso, sino una emboscada.

Kaoru se vio en el festival de hace tres años. El cielo era del mismo naranja que el del verano que empezaba en la ciudad, pero las campanas y los tambores sonaban como advertencias. Él corría. A su lado, una figura de cabello largo llevaba un libro contra el pecho. Detrás, otra figura gritaba algo que el viento se llevaba.

De pronto, la más cercana giró bruscamente. No fue un saludo; fue un movimiento de pánico. Kaoru intentó detenerse, pero el suelo desapareció. El mundo se volvió un remolino de gritos y luces de colores hasta que un golpe seco en la nuca lo devolvió a la realidad.

Se despertó empapado en sudor frío en el piso de su cuarto. La bufanda roja descansaba sobre la silla, mirándolo como un testigo mudo. Ya no podía esperar a que la memoria "volviera sola". Tomó el teléfono y, con las manos temblando, marcó el número que había intentado evitar.

“Nos vemos en el parque de los perros…” se alcanzó a escuchar del otro lado.

La cafetería cerca de la estación olía a café tostado y realidad. Mizaki llegó primero, pero no venía sola. Haruki Minase caminaba a su lado, manteniendo una distancia respetuosa.

Kaoru colocó la bufanda sobre la mesa. El rojo de la tela destacaba contra la madera clara como una herida abierta.

—¿Es tuya? —preguntó él, con la voz ronca. Mizaki tomó la prenda con una delicadeza que le dolió a Kaoru. —Sí. —sonrió con nostalgia. —Recuerdo que la usé para cubrir al cachorro aquel día porque temblaba de frío. Tú te la llevaste para lavarla... y nunca me la devolviste.

El silencio que siguió fue denso. Haruki se levantó discretamente para buscar las bebidas, dejándolos solos en una burbuja de pasado.

—Mizaki… antes de todo esto… ¿qué éramos?

Ella le sostuvo la mirada, sin rastro de la duda que consumía a Yume.

—Éramos amigos, Kaoru. Pero yo te amaba. Me alejé porque decidí que tu felicidad con Yume era más importante que la mía.

Las palabras fueron como un tajo. Decidí que tu felicidad era más importante.

—¿Entonces por qué siento que falta algo? —insistió él.

—Porque yo ya no soy esa persona —interrumpió Mizaki con firmeza suspirando.

—¿Entonces yo… soy como ese perrito?

Mizaki sonrió. Le tomó de las manos y se vieron a los ojos.

—Estoy saliendo con Haruki. Trato de avanzar, Kaoru. Y deberías hacer lo mismo, aunque sea a tu manera. Aunque estemos peleados, sabes que te apoyo en lo que tú decidas hacer. —Dijo Mizaki

De regreso en su habitación, Kaoru miró el calendario. El sábado siguiente es el Festival de Verano de Hakodate. Ya no eran solo recuerdos; eran pruebas. Sacó su celular y le escribió a Yume. No fue una súplica, fue una citación: “Nos vemos en el festival. Necesito hablar contigo.” Y la foto de la bufanda roja.




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