Ese sábado, Kaoru cerró el cajón donde aquellos objetos le pesaban más que cualquier verdad. Un boleto arrugado de cine en Sapporo, una vieja fotografía borrosa de él con sus padres. Todo era un rompecabezas incompleto. En el centro, ese vacío con dos nombres: Yume y Mizaki. Se dejó caer en la silla, escuchando el eco de Mizaki: “Yo te amaba… te dejé para que tú y Yume fueran felices”.
Sin embargo, la imagen que acudía a su mente no era la de Yume sonriendo, sino la de Mizaki estremeciéndose aquel día en la escuela. La textura de su mejilla bajo su mano, lo que estuvo a punto de decirle “estoy enamorado de…”
—¿Felicidad? —susurró Kaoru, mirando su reflejo cansado en el cristal. Desde allí podía ver parte de las luces de Hakodate, parpadear a lo lejos como luciérnagas atrapadas en el verano.
Su reflejo en el cristal le devolvió la mirada cansada de alguien que ya no sabía a quién pertenecía su corazón. La noche comenzaba a instalarse y, con ella, un murmullo distante de risas y música de festival que llegaba desde algún rincón de la ciudad.
Mientras tanto, Yume, en su habitación, sentía que el mensaje de Kaoru era una sentencia. Ese “Miza” que se le escapó en la cabaña había perforado su armadura. Abrazó su libro de cuentos, sintiéndose pequeña. Si la sombra de Mizaki seguía ahí, ella tendría que actuar. Con Ai como su "aliada involuntaria", vigilaría el festival desde las sombras de la multitud.
El aire de la noche se cargó de anticipación. Las linternas de papel iluminaban los pasillos, y el aroma a yakisoba y madera quemada llenaba el ambiente. Kaoru llegó primero, apretando la bufanda roja. Poco después, Yume apareció con Ai, quien rebosaba un entusiasmo que contrastaba con la ansiedad de Yume.
Los caminos de los cuatro comenzaron a converger. Mizaki y Haruki avanzaban entre risas y comida. En un puesto de origami, los ojos de Kaoru se cruzaron con el kimono azul de Yume.
—Aihara-senpai… ¿A… Ai? —dijo Haruki sorprendido de verlas juntas. Ai empezó a hablar sobre su semana en Tsukikage y algunos videos graciosos que vio en internet, mientras los tres se sentían incómodos.
Mientras Ai y Haruki se alejaban un poco, dejando atrás a las chicas, Yume miraba a otro lado. Su rostro mostraba una mezcla de hartazgo y felicidad de estar ahí, mientras que Mizaki estaba con la cabeza agachada.
—Vaya… no sabía que habías venido, Mi… Tachibana-san —dijo Yume, forzando un tono neutral.
—Sí, vine con Haruki… Yuu… Aihara-senpai —respondió Mizaki, midiendo cada palabra.
Yume soltó una risa breve, pero sus manos se apretaron alrededor de su bolso, hasta que el celular de Yume sonó. Era Kaoru. Había logrado llegar a la entrada del templo. Kaoru, decidió no esperar y caminó con cuidado entre los puestos y las personas. Se detuvo a mirar uno de figuras de papel. Su mente estaba un torbellino: la bufanda roja, los recuerdos difuminados del perrito, las palabras de Mizaki. Todo apuntaba a que pronto tendría que enfrentar a Yume y aclarar sus confusiones.
En un momento, Ai se adelantó con Haruki para observar un puesto de libros raros, y Yume aprovechó para mirar discretamente en búsqueda de Kaoru, notándolo a lo lejos. Al verlo acercarse a un grupo de adolescentes, su corazón se aceleró. La bufanda en sus manos parecía brillar bajo la luz de los faroles, recordándole que todo estaba conectado, que las piezas del rompecabezas aún estaban por armarse.
Mizaki notó que a su amigo que se movía entre los puestos, y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. A pesar de que todo parecía casual, algo en su intuición le decía que la tranquilidad era solo aparente.
Kaoru apenas respiraba. El bullicio del festival lo rodeaba, pero sus pensamientos estaban fijos en ella, en Yume. Él la vio entre los faroles, el kimono azul con destellos plateados, los labios pintados de un rojo delicado, similar a la ropa que usaba tres años atrás. Por un segundo, fue como si el tiempo retrocediera y el presente se deshiciera frente a él. Su corazón se detuvo, y con ese silencio, llegó el primer recuerdo.
Un río desbordado, agua helada golpeándole el rostro.
Mizaki extendiendo la mano hacia él, con los ojos desbordados por el miedo a ahogarse. Cerca de ellos se encontraba Yume, llorando.
El ruido de los tambores se fue deformando poco a poco en su cabeza. La mirada se le puso borrosa y se sentía mareado. Escuchaba un río y sentía el agua helada sobre su piel
El peso del cuerpo de Mizaki entre sus brazos.
—¡Respira, maldición! —gritaba él desesperado. Entonces vio el kimono azul entre los árboles. Yume llorando.
—¡NO! —gritó Kaoru llevándose las manos a la cabeza en medio del festival.
El recuerdo era tan nítido que le dolía. Ya no era confusión; era la verdad. Miró a Yume, que lo observaba a unos metros con los ojos desbordados de lágrimas. Ella supo de inmediato que se lo había dicho a Mizaki. Dio un paso hacia atrás y después otro. Sin más ella comenzó a llorar alertando a los presentes.
—¡Yume, espera! —Kaoru la persiguió, sus piernas temblando por la sobrecarga sensorial. Las luces, la música, los tambores. Todo era casi igual a aquella noche en que la persiguió cerca del río.
Ella llegó primero a la avenida y cruzó, pero antes de que él la alcanzara, volteó y lo vio. Él trataba de estirar la mano, llegando a la mitad de la calle cuando unas luces y un claxon lo hicieron voltear. La luz le iluminó el rostro. Antes de que el auto chocara con él, Kaoru solo pudo ver el rostro de Yume que lucía con lágrimas y aterrorizada.
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Editado: 31.08.2026