El sueño de verano, la voz del conejo y los recuerdos sin ti

El eco de la tormenta

Kaoru estaba tirado en el asfalto frío. Escuchaba un fuerte zumbido en sus oídos al mismo tiempo que el lento latir de su corazón. Le costaba respirar y tenía la mirada perdida, pero su consciencia aún funcionaba.

—Tengo que apresurarme… si no, Mizaki… —Movió sus ojos y vio a Yume de rodillas en el piso. Su cara demostraba un pánico que le pareció familiar. Las lágrimas le salían y trataba de estirar su mano hacia donde estaba el chico.

Kaoru regresó la mirada al cielo nocturno. —¿Qué pasa… ?, mi cuerpo no responde… —trató de mover un brazo, pero no había reacción. —¿Otra vez… me está pasando?

Sintió como su sangre empezaba a mojar el asfalto. ¿Toda esta es mi sangre? Parece que me estuviera dando un baño caliente… pero no es momento de pensar en eso, debo ver si Yume y Mizaki están bien…

Una vez más trato de levantar su torso en una abdominal, pero su cuerpo seguía sin responder. Su mirada se volvía más borrosa.

—Maldición… tengo frío… y ahora que había recuperado mis memorias y quería estar con Yume y Mizaki… como amigos… ¿acaso… voy a volver a morir?

El recuerdo de Mizaki y de Yume de niñas, sonriendo, jugando a la pelota en un día de verano le vino a la cabeza.

—Mizaki… lo siento… Yume… en verdad… te amo…

Una persona se acercó de inmediato a él. Los ojos de Kaoru lo miraron. Parecía tener una especie de cruz en su brazo.

—No… no puede ser… —susurró finalmente Yume.

El murmullo de la multitud se distorsionó, convirtiéndose en un eco lejano, como si todo el mundo hubiera quedado reducido a esa frase quebrada. A su alrededor los gritos se alzaron, confusos y urgentes: —¡Ayuda, llamen a una ambulancia!

El estruendo de los fuegos artificiales cubría las voces, mezclando la pólvora con la desesperación en un mismo estrépito, hasta que Yume sintió que enloquecería.

Instintivamente corrió hacia Kaoru. Sus piernas temblaban, el corazón se le escapaba del pecho. Se arrodilló a su lado, intentando sostenerlo. La sangre oscurecía la tela de su yukata, empapando sus dedos. Cada intento de moverlo era inútil: sus manos se resbalaban sobre la humedad y su respiración se entrecortaba.

—¡Kao!… ¡Kao! —murmuraba con la voz destrozada.

De entre la multitud, Haruki apareció primero. Su mirada se endureció al verlo, pero no perdió la calma. Apartó a los curiosos con los brazos, junto con la persona de la cruz en el brazo. Haruki sujetó a Yume con firmeza por los hombros.

—¡Aihara-senpai, tranquila!¡Ya viene la ayuda!

Yume apenas escuchaba, sus ojos clavados en el rostro pálido e hinchado de Kaoru.

Entonces llegó Mizaki y atrás de ella Ai. Sus yukatas estaban desordenados por la carrera, el cabello pegado a la frente por el sudor. Mizaki se arrodilló junto a él, evitando contener el pánico de su rostro.

—¡Kaoru! —su voz quebró la barrera de ruido, desesperada. Le tomó la mano, tratando de palpar con rapidez el pulso en su cuello. Sus dedos temblaban. Rápido, Haruki abrazó a Mizaki y la alejó un poco de la escena. Ella apenas se apartó unos centímetros con su mano aferrada todavía a la de él.

—Está inconsciente. No lo muevan, esperemos a la ambulancia. —Dijo finalmente el chico de la cruz en el brazo.

El aire alrededor se llenó de gritos, teléfonos grabando, murmullos, oraciones improvisadas. Yume sintió que el mundo se derrumbaba. El peso de la culpa la aplastaba, y las palabras que no podía pronunciar se acumulaban en su garganta. Quiso gritar que no había querido nada de eso, que todo era un error, que lo amaba. Pero Ai la sujetó de nuevo, firme, evitando que se abalanzara sobre él.

La sirena de la ambulancia rompió brevemente la confusión. El vehículo se abrió paso entre la multitud, luces rojas y azules iluminando la calle. El sonido del motor y de los altavoces se mezcló con el último estallido de fuegos artificiales, como si la noche entera estuviera colapsando sobre ellos.

Los paramédicos descendieron y se inclinaron sobre Kaoru con rapidez profesional para atenderlo. Yume, en cambio, dio un paso atrás, tambaleante. Cada metro que la separaba del cuerpo de Kaoru era un recordatorio de lo que había provocado, de lo que podía perder para siempre.

Lo subieron a la camilla. El golpe metálico al asegurarla dentro de la ambulancia resonó en los huesos de Yume. La sirena volvió a sonar, desgarrando el aire. En medio de los gritos y la confusión, ella retrocedió un paso más.

—Si yo no hubiera existido… —pensó, mordiéndose los labios hasta sangrar.

Cuando Haruki y Mizaki se distrajeron con las ambulancias, Yume se echó a correr. No sabía adónde, solo huyó. Se abrió paso entre cuerpos extraños, empujada por el instinto de desaparecer. Nadie la siguió. Todos tenían los ojos puestos en Kaoru.

Las calles de Hakodate la recibieron en silencio, desiertas bajo el resplandor artificial. El bullicio del festival quedó atrás, reducido a un rumor lejano. Caminó sin rumbo hasta detenerse en un puente peatonal. Desde allí, las luces de los autos parecían cuchillas que rebanaban la oscuridad, brillando intermitentes.

Yume llegó a un puente peatonal, lo subió, como quien sube a su último destino. Al estar arriba, apoyó las manos sobre la baranda. Su respiración era agitada, sus lágrimas caían sin freno. Se colocó arriba de la baranda, como una equilibrista de circo. Dejó que un talón colgara sobre el vacío. Bastaba un movimiento más, y todo acabaría.




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