El sueño de verano, la voz del conejo y los recuerdos sin ti

El eco de lo no dicho

En una noche tranquila, un par de semanas después del despertar de Kaoru, Yume se dirigía a la habitación del chico. La soledad del pasillo resonaba con sus pensamientos, un lugar donde las palabras no dichas y los sentimientos ocultos se volvían tan palpables como el aire frío. El termo con té recién hecho era su intento de reconectar, de aliviar el peso de la tristeza que cargaba.

Pero al acercarse a la puerta de la habitación, comprendió que el silencio también puede ser traicionero. Voces bajas, suaves, se filtraban desde dentro. Reconoció al instante a Mizaki y Kaoru, hablando en un tono tan íntimo que la hizo dudar si debía entrar.

—No puedes seguir cargando con todo tú solo, Kaoru. Te vas a romper… y yo no quiero perderte otra vez.

La frase se clavó en su pecho. “No quiero perderte otra vez”. El té tembló en sus manos, amenazando con derramarse.

El corazón de Yume latía con violencia. Esa conexión entre Mizaki y Kaoru… ¿era solo amistad, o algo más profundo, algo a lo que ella nunca podría acceder?

Dentro de la habitación, Mizaki desvió la mirada, consciente de lo peligroso que era ese terreno.

—No deberías decir eso, Kaoru… yo… —hizo una pausa, mordiéndose el labio—. Estoy saliendo con Haruki…

Un carrito chirrió por el pasillo en ese momento y Yume no alcanzó a escuchar el final. Solo retuvo esa primera parte: “No deberías decir eso, Kaoru… yo…”.

—Lo sé —murmuró Kaoru, bajando la cabeza—. Perdón.

El té se derramó sobre los dedos de Yume, quemándole la piel. Pero no reaccionó. “Perdón” fue la última palabra que alcanzó a oír, y en su mente esa disculpa se volvió un cuchillo, una confirmación amarga.

Retrocedió unos pasos, con la respiración agitada, cada latido una punzada de celos y miedo. Aquella escena quedó grabada en su memoria: Kaoru y Mizaki, juntos en un espacio que parecía vedado para ella, en un tono que no había escuchado nunca dirigido hacia sí misma.

El pasillo, antes tranquilo, ahora le parecía infinito y opresivo. Mientras se alejaba con pasos vacilantes, la pregunta la perseguía como un eco imposible de acallar:
¿había existido alguna vez un lugar para ella en el corazón de Kaoru, o siempre había sido solo una visitante en la vida de otros?

Yume se detuvo al final del pasillo, todavía con las manos entumecidas por el té derramado. El calor que antes pretendía reconfortar ahora se había transformado en una quemadura tenue, una marca invisible que le recordaba lo que acababa de escuchar.

Quiso convencerse de que no significaba nada, de que Kaoru y Mizaki simplemente habían compartido un momento de vulnerabilidad. Pero el eco de esas palabras, “no quiero perderte otra vez”, seguía retumbando en su pecho.

Apoyó la espalda contra la pared, cerrando los ojos. Y en la oscuridad, el recuerdo de los últimos meses la golpeó sin piedad: ella alejándose de Kaoru, evitando sus miradas, escondiéndose tras excusas cuando él más la necesitaba. Recordó también la forma en que intentó separar a Mizaki de Kaoru, sembrando dudas, manipulando silencios… todo inútil. En vez de lograrlo, los lazos entre ellos parecían haberse hecho más fuertes.

Un nudo le apretó la garganta. ¿No era eso lo que Mizaki le había advertido una vez? “Si sigues huyendo, Yume, lo único que conseguirás será perderlo de verdad”. Había querido ignorarlo entonces, convencida de que aún tenía tiempo, de que podía enmendar sus errores cuando quisiera. Y ahora, esa oportunidad parecía resbalarse entre sus dedos.

Se preguntó si tenía el valor de cambiar. Podría entrar en esa habitación, sonreír como antes, hablar con Kaoru con la ternura que alguna vez fue natural en ella. Podría incluso intentar ser honesta, desnudar su miedo y su culpa frente a él. Pero cada vez que pensaba en dar ese paso, un muro invisible se levantaba. Porque cambiar también significaba aceptar la posibilidad de perder, de escuchar de los labios de Kaoru que ya no había un lugar para ella en su vida. Suspiró pesadamente y recordó el gesto de Ai aquella noche. Con pasos lentos retomó su camino a la habitación.

Cuando Yume abrió la puerta, el aire de la habitación la envolvió con la familiar fragancia del desinfectante y el murmullo constante de los monitores. Al ver al chico cubierto de vendajes, que incluso le cubría uno de sus ojos, Yume sonrió con esa delicadeza aprendida de los últimos meses. En su interior, el eco de lo que había escuchado segundos antes seguía resonando como un tambor: “No quiero perderte otra vez.”

Se acercó con pasos medidos, procurando que ni Kaoru ni Mizaki notaran la ligera rigidez en sus gestos. Colocó el termo en la mesa auxiliar, fingiendo naturalidad, aunque el temblor de sus dedos aún no se había calmado del todo.

Era un campo de batalla silencioso dentro de ella. Parte de sí quería soltarlo todo, preguntar directamente qué significaban aquellas palabras, exigir respuestas. Pero la otra parte —la que llevaba tiempo acallando— susurraba que no debía arriesgarse. ¿Y si descubrir la verdad lo arruinaba todo? ¿Y si Kaoru, en el fondo, siempre había pertenecido más a Mizaki que a ella?

—Kao, traje té recién hecho. Pensé que te haría bien. —La voz le salió suave, pero demasiado ensayada, como si estuviera leyendo un guion invisible.

Kaoru levantó la mirada y le sonrió débilmente, sin sospechar nada. Mizaki también la observó, con esa calma contenida que siempre parecía esconder más de lo que mostraba.




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