El sueño de verano, la voz del conejo y los recuerdos sin ti

Cuando el tiempo se detuvo

El viento era húmedo y agitado, cargado con el olor del asfalto después de una lluvia, producto del tifón que se acercaba. Mizaki caminaba al lado de Haruki, ambos con el paso lento, como si alargar el trayecto hasta el hospital fuera una excusa para no enfrentar de golpe lo que les aguardaba dentro.

Haruki, con las manos en los bolsillos, rompió el silencio primero:

—Estuviste muy callada estos días. ¿Pasa algo?

Mizaki parpadeó, insegura. Había ensayado mil formas de decirlo, pero ninguna parecía suficiente. La voz de Kaoru, pidiéndole que guardara el secreto, aún resonaba en su mente como una cadena invisible. Tragó saliva.

Él sacó una de sus manos del bolsillo del pantalón y tomó a Mizaki con algo de fuerza. Ese gesto hizo que Mizaki sintiera un fuerte latido en su corazón. Su garganta quería decir lo que le prometió a Kaoru aquella vez. ella se detuvo y Haruki, sin haberse dado cuenta, había caminado un par de pasos más hasta que ella lo detuvo.

—Haruki… —empezó con un hilo de voz—. Hay… hay algo que no te he dicho.

Él giró el rostro hacia ella sin perder la calma, aunque en sus ojos brillaba un destello de alerta.

—¿Es sobre Kaoru?

El corazón de Mizaki se encogió. No le sorprendía que Haruki lo adivinara; la conocía demasiado bien como para ocultarle la verdad. Tragó saliva, y cada palabra que intentaba formarse en su garganta le pesaba como si fueran piedras ardiendo.

—¿Recuerdas… su accidente de hace años? —su voz apenas era un murmullo, quebrándose en el aire.

Haruki no respondió. Se limitó a fruncir el ceño, y su silencio cayó sobre ella como un peso insoportable. Sus ojos fijos, inmutables, parecían empujarla contra la pared invisible de su propio secreto.

—No fue un accidente —se apresuró Mizaki, como si callar un segundo más pudiera asfixiarla —Fue Yuu… Aihara-senpai… —la palabra se le atoró un instante, como si temiera invocar a un fantasma.

—Aihara-senpai… —murmuró— Ella lo empujó.

El aire entre ambos se volvió más denso. El fuerte viento movía sus impermeables que llevaban puestos. Haruki parpadeó, apenas, y dio un paso en falso, como si el mundo hubiese perdido consistencia bajo sus pies. Tomó las manos de Mizaki, pero el gesto era rígido.

—¿Qué…? —su tono no fue de reproche, sino de incredulidad.

Mizaki levantó la mirada, desesperada por explicarse.

—Kaoru me lo confesó… me… me dijo que no se lo contara a Yuu… Aihara-senpai. Él… quiere protegerla, pero… —su voz tembló, y las manos le sudaban. —Yo también quiero protegerlos, pero…

Haruki la observó con la boca semi abierta. La observaba, serio, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Era un golpe fuerte, pero lo que más lo desconcertaba no era Kaoru, sino Mizaki.

—¿Y por qué aceptaste? —preguntó al fin, sin dureza, pero con un matiz de dolor.

Mizaki asintió lentamente, los ojos vidriosos.

—Porque tuve miedo… miedo de que Yuu-chan no pudiera soportarlo. Con el accidente y ahora esto… —Hizo una pausa, el aire se le atoraba en los pulmones.

Haruki no respondió de inmediato. El silencio se llenó con el canto distante de los cuervos y el murmullo de la ciudad siendo alertada por el tifón. Soltando un poco el fuerte agarre de sus manos, él suspiró, mirando al frente.

—Creo que… hiciste lo correcto. —Se pasó una mano por el cabello—. Sabes que… te apoyo en lo que decidas.

Mizaki se mordió el labio, sorprendida por la calma en su voz.

—¿No… me odias por no habértelo dicho antes?

Haruki giró el rostro, sonrojado y, aunque sus facciones se mantenían serias, había una calidez en sus ojos que la desarmó.

—Solo quiero que no sigas cargando todo tu sola. Si él confió en ti, entonces… yo también. —Sonrió más sonrojado que hace un momento.

Las lágrimas que Mizaki había contenido cayeron en silencio recostando la cabeza en el hombro de Haruki. Esa aceptación, lejos de liberarla, la hizo sentir el peso doble de la verdad que cargaban. Las alarmas por el tifón se escucharon por toda la ciudad Haruki le tomó la mano con suavidad, apretándola, como un recordatorio silencioso de que no estaba sola.

Mientras tanto, en el hospital, Yume se debatía entre actuar o seguir huyendo, sin saber que la red de secretos comenzaba a deshacerse fuera de esas paredes. Al abrir la puerta, lo encontró mirando por la ventana, el rostro bañado por la luz dorada, algo opacada del cielo que se empezaba a nublar, de esa mañana. Sus ojos se encontraron y el mundo exterior desapareció.

—Yume… -san —susurró Kaoru, como si el eco de su propia voz no pudiera sostener el silencio que había creado entre ellos.

El reloj del pasillo marcaba un silencio extraño, interrumpido solo por el leve zumbido de las luces. Cada tictac resonaba en la mente de Yume como un eco de sus miedos apenas contenidos. Caminaba con paso firme, aunque por dentro, se sentía como si el suelo estuviera abriéndose bajo sus pies. Llevaba consigo un termo de té, como excusa, como ritual de costumbre, pero esta vez no era el té lo importante.

Ella avanzó despacio, sintiendo cada paso como una declaración, y se sentó en la silla junto a la cama. Dejó el termo en la mesa, el sonido metálico resonando como un último resquicio de normalidad en un mundo tambaleante. Todo en ella parecía sereno, pero en su interior se repetía una sola frase: “no más dudas, esta vez voy a actuar”.




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