Ella sintió el frío antes de verlo.
Valeria sostenía la taza de manzanilla con ambas manos, buscando el calor que su cuerpo ya no le daba. El reloj de la cocina marcaba las 10:47 de la noche. Mateo estaba de turno hasta las dos, como todas las noches de los jueves. Le había mandado un mensaje hacía una hora: "¿Cómo está mi campeón?", preguntando por el bebé, como siempre.
Ella había respondido con una foto de su barriga de ocho meses, cubierta por el suéter azul que él más amaba.
"Pateando como si quisiera salir ya. Te extrañamos."
Él había respondido con un corazón rojo y un "Llego pronto, mi vida. Duerme tranquila."
Pero Valeria no podía dormir. No esa noche.
El embarazo le había regalado insomnio, sí, pero esto era diferente. Era una inquietud que le nacía en la nuca y le bajaba por la espalda como un hilo de agua helada. Había revisado las puertas dos veces. Las ventanas, tres. El edificio tenía portero hasta la medianoche. Estaban en un quinto piso. No había motivos para tener miedo.
Pero lo tenía.
Dejó la taza en la mesa y se llevó una mano a la barriga. El bebé se movió, como si también sintiera algo.
—Tranquilo, mi amor —susurró—. Papá viene pronto.
Fue entonces cuando escuchó el ruido.
No venía de la puerta principal, sino del dormitorio. Un sonido seco, como algo que caía al suelo. Su corazón dio un salto. Dejó la taza. Caminó en puntas de pie hacia el pasillo, su mano instintivamente buscando el teléfono que había dejado en el sofá.
—¿Mateo? —llamó en voz baja, como si el nombre pudiera ahuyentar lo que fuera que estuviera allí.
Silencio.
Avanzó un paso más. Luego otro. La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Con la punta de los dedos, la empujó.
La luna entraba por la ventana, pintando la habitación de plata y sombras. Todo parecía en orden. Las cortinas se movían ligeramente con el viento. Suspiró, aliviada.
—Solo soy una paranoica —se dijo a sí misma, llevándose una mano al pecho.
Y entonces sintió el aliento en su nuca.
No tuvo tiempo de girarse. No tuvo tiempo de gritar. Un brazo la sujetó por el cuello, duro como el acero, y una mano le cubrió la boca. El olor era lo peor: a tierra mojada, a metal, a algo que llevaba mucho tiempo guardado en la oscuridad.
La arrastraron hacia atrás, hacia la cama. Sus pies apenas tocaban el suelo. En su cabeza solo había un pensamiento, repetido como una oración desesperada:
El bebé. El bebé. Por favor, el bebé.
La arrojaron sobre el colchón. Intentó ver el rostro, pero la luz de la luna quedaba detrás de la figura que se cernía sobre ella. Solo vio la forma de un hombre, grande, y en su mano algo que brilló por un instante antes de que todo se volviera sombra.
—No hiciste nada malo —dijo una voz grave, casi amable—. Solo estabas en el lugar equivocado, con la cosa equivocada.
Valeria quiso hablar, quiso decirle que se llevara lo que quisiera, que no le hiciera daño a su hijo, que Mateo vendría, que Mateo lo encontraría, que Mateo...
El brillo del objeto se acercó.
El último pensamiento de Valeria no fue para ella.
Fue para Mateo, que aún no sabía que su mundo estaba a punto de incendiarse.
Fue para su hijo, que nunca tendría la oportunidad de ver la luz.
Y fue para el hombre que la estaba matando, al que lanzó una maldición silenciosa, una promesa de que no descansaría, de que estaría allí, esperando, viendo.
Cuando el filo entró en su carne, Valeria descubrió que la muerte no era oscura.
Era fría. Eteria. Y de alguna manera que no podía explicar, ya estaba observando su propio cuerpo desde el rincón del techo, viendo al hombre registrar sus cajones, encontrar el relicario de su abuela, guardarlo en su bolsillo y salir como si nada hubiera pasado.
Vio su propia sangre empapando las sábanas.
Vio su mano, inmóvil, colgando del borde de la cama.
Y sintió, en algún lugar muy profundo de lo que ahora era, un hilo invisible que la conectaba con Mateo. Una cuerda tensa que vibraba con la desesperación de él, kilómetros más allá, en medio de la comisaría.
Mateo, quiso gritar. Mateo, ven. Mateo, no estés solo cuando esto te llegue.
Pero él no podía escucharla.
Todavía no.