Mateo Vega estaba revisando el parte de incidentes del día cuando el teléfono de la central vibró sobre su escritorio. Lo miró un segundo antes de contestar. Las llamadas a esa hora nunca eran buenas, pero había aprendido a no anticipar lo peor. Era un hábito que le había enseñado el sargento Fuentes: "El trabajo te va a masticar vivo si te comes la angustia antes de tiempo."
—Oficial Vega —respondió, con la voz plana que usaba en el servicio.
—¿Mateo Vega? —La voz del otro lado era femenina, tensa, con un deje de algo que él no supo identificar de inmediato.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Señor Vega, soy la oficial Ríos, del 092. Necesito que venga a la siguiente dirección —
La mujer dio una dirección que él conoció antes de que terminara de decirla. Su propia dirección. La dirección que había escrito mil veces en formularios, en cartas, en el registro de visitas médicas de Valeria.
El mundo se detuvo.
—¿Qué pasó? —preguntó, y su voz ya no era plana. Era un hilo, casi un susurro.
—Señor Vega, por favor, no maneje usted mismo. Envíe a un compañero o tome un taxi. Pero necesita venir.
—¿Qué pasó con mi esposa? —La pregunta salió como un latigazo. A su alrededor, los otros oficiales en la sala comenzaron a mirarlo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio que duró demasiado. Cuando la oficial Ríos habló de nuevo, su voz había cambiado. Era más suave ahora. Más humana.
—Señor Vega, lo siento mucho. Su esposa... hubo un incidente. Necesita venir a identificar el cuerpo.
No escuchó lo que dijo después. El teléfono cayó de su mano y golpeó el escritorio con un sonido que le pareció venir de muy lejos. A su alrededor, las voces se volvieron borrosas. Vio a Damián levantarse de su silla, vio que se acercaba, que le decía algo que no podía entender.
—Mateo. Mateo, escúchame. ¿Qué pasó?
Miró a su compañero. A Damián Fuentes, el único hombre en ese departamento al que consideraba más que un colega. Abrió la boca, pero las palabras no salieron. En su lugar, salió un sonido que no había hecho desde que era niño, un gemido ronco que le rasgó la garganta.
—Valeria —logró decir—. Es Valeria.
Después de eso, todo fue un borrón.
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Llegó en el coche de Damián. No recordaba el trayecto. No recordaba haber subido al vehículo ni haber entrado al edificio. Lo siguiente que supo fue que estaba frente a la puerta de su departamento, con cinta amarilla cruzando el marco, y un oficial que lo miraba con ojos llenos de algo que parecía lástima.
—Señor Vega —dijo el oficial—. Tal vez quiera esperar un momento antes...
Mateo lo apartó con el brazo y cruzó la puerta.
El pasillo olía a algo metálico. A hierro y a sudor frío. Avanzó como un autómata, con las piernas moviéndose solas, llevándolo hacia el dormitorio. Sabía lo que iba a encontrar. Había visto cientos de escenas del crimen. Había entrado en decenas de dormitorios como aquel, con cuerpos sobre las camas, con sábanas empapadas de rojo.
Pero nunca el suyo.
Nunca la de ella.
Cuando entró, alguien intentó detenerlo. Una mano en el hombro. Una voz que decía: "Compañero, tal vez no deberías..."
No escuchó. Sus ojos ya estaban sobre la cama.
Valeria estaba allí, sobre las sábanas que él mismo había puesto esa mañana. Sus ojos estaban abiertos, mirando al techo, y por un instante, una fracción de segundo, Mateo pensó que solo estaba dormida. Que si se acercaba, ella iba a parpadear, a sonreírle con esa sonrisa suya que siempre comenzaba en un lado de la boca antes de extenderse.
Pero luego vio el resto.
La sangre. La mancha enorme, oscura, que cubría su suéter azul y se extendía por la cama como un lago en calma. Su mano, colgando inerte, con la alianza que él le había puesto en un pequeño jardín hace tres años.
Y la barriga.
Dios. Su barriga.
—No —dijo. No gritó. No lloró. Solo pronunció la palabra como si fuera una oración, como si decirla con suficiente fuerza pudiera revertir lo que estaba viendo—. No. No. No.
Se arrodilló junto a la cama. Tomó la mano de Valeria. Estaba fría. Ya estaba fría.
—Mi amor —susurró, acercando la mano a sus labios—. Mi amor, despierta. Por favor. El bebé. Piensa en el bebé.
Detrás de él, alguien sollozó. No supo quién. No le importó.
—Mateo. —La voz de Damián llegó desde algún lugar cercano, pero sonaba distante, como si hablara a través de un túnel—. Mateo, tienes que soltarla. El forense necesita...
—No la van a tocar. —Su voz salió cortante, helada. Apretó la mano de Valeria con más fuerza—. Nadie la toca.
—Mateo, por favor...
—¡DIJE QUE NADIE LA TOCA!
Gritó. Gritó con una furia que no sabía que llevaba dentro. Y en ese instante, cuando su voz se rompió contra las paredes del dormitorio, sintió algo extraño.
Un escalofrío.
No era el frío normal de una noche de otoño. Era algo que le recorrió la espalda de arriba abajo, como si alguien hubiera pasado los dedos por su columna. Y por un segundo, apenas un segundo, sintió que no estaban solos en la habitación.
Algo estaba allí. Algo en el rincón, junto al techo.
Levantó la vista, pero no vio nada. Solo sombras. Solo la luz pálida de la luna entrando por la ventana abierta.
—Llévensela —dijo Damián a alguien, y brazos lo levantaron, lo separaron de la mano fría de Valeria, lo arrastraron fuera del dormitorio mientras él pataleaba y gritaba y maldecía a todos y a nadie.
Pero mientras lo sacaban, mientras la cinta amarilla se cerraba detrás de él, Mateo juró que escuchó algo.
Un susurro. Su nombre.
Mateo.
No era su imaginación.
Pero eso lo descubriría después.
Esa noche, solo había dolor.