Mateo no recordaba haber dormido, pero alguien debía haberlo llevado a casa de sus padres, porque despertó en la cama de su infancia, con la luz del atardecer filtrándose por las persianas. Su madre estaba sentada en una silla junto a la puerta, con el rosario en las manos y los ojos enrojecidos.
—Mijo —dijo en un susurro, levantándose para acercarse—. Mijo, ¿cómo te sientes?
No respondió. Se incorporó lentamente, sintiendo cada hueso como si hubiera envejecido treinta años en tres días. La cabeza le daba vueltas. La boca le sabía a metal.
—¿Dónde está Damián? —preguntó. Su voz sonaba ronca, ajena.
—Tu compañero ha estado llamando. Quiere verte. Dicen que... —Su madre hizo una pausa, mordiéndose el labio—. Dicen que ya tienen a un sospechoso. Que quieren que vayas a la comisaría a declarar.
Mateo se levantó sin decir nada. Fue al baño, se miró en el espejo y casi no se reconoció. Ojos hundidos, barba de tres días, la camisa manchada de algo que no quiso identificar. Se quitó la camisa. La arrojó a la basura. Se puso la primera que encontró en el armario.
Su madre lo esperaba en la puerta, con las llaves del coche en la mano.
—¿Estás seguro de que quieres ir?
—Tengo que hacerlo.
No dijo quiero. Dijo tengo que.
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La comisaría parecía más pequeña de lo que la recordaba. O tal vez era él que se sentía más grande, más pesado, como si el dolor le hubiera añadido una capa de plomo bajo la piel.
Damián lo estaba esperando en la entrada. El sargento tenía las manos enterradas en los bolsillos de su chaqueta de cuero gastada y una expresión que Mateo nunca le había visto: algo entre alivio y culpa.
—Vega —dijo, extendiendo una mano que Mateo no tomó. No porque no quisiera, sino porque sus brazos no respondían—. Joder, hermano. Tienes una pinta...
—Dime lo que sabes.
Damián asintió, guardándose la mano. Caminaron hacia el interior, hacia la sala de reuniones que Mateo conocía bien, pero que ahora le parecía un lugar extraño, como si nunca hubiera estado allí.
—Tenemos a un tipo en custodia —explicó Damián, cerrando la puerta detrás de ellos—. Lo agarraron anoche. Estaba vendiendo cosas robadas en un mercado de la calle San Martín. Entre las cosas tenía un relicario. De plata. Con una foto adentro. Una mujer.
Mateo levantó la vista.
—¿Un relicario?
—Los forenses dijeron que faltaban cosas de tu departamento. No mucho. Una caja de joyas, un par de cosas de valor. Pero este relicario... el tipo lo tenía. Cuando lo revisaron, la foto de adentro...
—Era Valeria —terminó Mateo. Su voz no tembló. Nada en él temblaba. Solo había un vacío inmenso donde antes había habido algo—. Era el relicario de su abuela. Siempre lo guardaba en el buró.
—Eso es lo que necesitamos que declares. Para atar el caso. El tipo ya tiene antecedentes. Robo, allanamiento. Pero esto... —Damián hizo una pausa, estudiando el rostro de Mateo—. Él dice que no la mató. Que encontró la puerta abierta y que entró a robar después de que ella ya estaba...
—¿Quién es? —interrumpió Mateo.
—Se llama Héctor Páez. Treinta y cuatro años. Adicto. Se mueve por el barrio desde hace años. Ya le tomaron declaración y...
—Quiero verlo.
—Mateo, no creo que sea buena idea. La investigación todavía está...
—Damián —lo interrumpió de nuevo, y esta vez su voz tenía un filo que hizo que el sargento diera un paso atrás—. Soy policía. Tengo derecho a ver al detenido en una investigación en la que soy parte. Y quiero verlo. Ahora.
Damián lo miró por un largo momento. Luego suspiró, pasándose una mano por el rostro.
—Está bien. Pero yo entro contigo. Y no haces nada estúpido, ¿me oyes? Nada.
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El pasillo de celdas olía a desinfectante y a derrota. Mateo había estado allí cientos de veces, escoltando detenidos, tomando declaraciones, viendo caras que iban desde la indiferencia hasta el miedo animal.
Nunca había entrado como víctima.
Héctor Páez estaba en la celda tres, sentado en la litera inferior con las manos enlazadas detrás de la cabeza. Era un hombre delgado, con la piel marcada por las espinillas y los dientes amarillos. Cuando vio a Mateo, sus ojos se abrieron un poco más.
—Oficial —dijo, incorporándose—. Ya les dije, yo no maté a nadie. Encontré la puerta abierta y...
—Cállate —dijo Mateo.
La voz salió baja, pero el hombre en la celda se calló de inmediato. Había algo en el tono, en la mirada de Mateo, que no admitía réplica.
—El relicario —dijo Mateo, acercándose a los barrotes—. ¿Dónde lo encontraste exactamente?
—En el piso —respondió Páez rápidamente—. Estaba en el piso del dormitorio. Había sangre por todos lados. Yo no toqué nada más, solo vi el relicario y unas monedas que estaban en el suelo y...
—¿Viste a alguien? —interrumpió Mateo—. ¿Escuchaste algo? ¿Viste a alguien salir del edificio?
Páez negó con la cabeza.
—No, oficial. Juro que no. Yo entré, vi lo que había pasado, me asusté, agarré lo que pude y me fui. No sé quién la mató. No sé nada.
—¿Cómo entraste?
—La puerta. La puerta de calle estaba abierta. El portero no estaba. Subí, vi el departamento con la puerta entreabierta y...
—¿Qué departamento? —preguntó Mateo, inclinándose hacia adelante—. ¿El mío? ¿El departamento de mi esposa asesinada estaba con la puerta entreabierta y tú, un adicto con antecedentes, decidiste que era un buen momento para hacer una visita?
Páez abrió la boca, pero no salió nada.
—Mateo —dijo Damián detrás de él, con un tono de advertencia.
—No la maté —repitió Páez, y esta vez su voz temblaba—. No mato gente. Robo, sí. Pero no mato. Nunca.
Mateo lo miró en silencio durante un largo rato. Había visto a cientos de mentirosos en su carrera, y también a unos pocos inocentes atrapados en las circunstancias equivocadas. Páez le daba la impresión de ser un hombre acostumbrado a la mala suerte, a las malas decisiones, pero no a la violencia extrema.
Sin embargo, esa noche no podía confiar en su instinto. Esa noche, todo lo que veía era el rostro de Valeria y las sábanas empapadas en sangre.
—Hijo de puta —murmuró, golpeando los barrotes con la palma de la mano. El sonido metálico retumbó en el pasillo—. Si fuiste tú, te juro que vas a pudrirte aquí dentro. Y si no fuiste tú... —se acercó a los barrotes hasta que su rostro quedó a centímetros del de Páez—. Voy a encontrar al que fue. Y cuando lo encuentre...
—Mateo, ya. —Damián lo agarró del brazo y lo apartó de la celda—. Vamos. Has hecho suficiente por hoy.
Mateo se dejó llevar, pero sus ojos no se apartaron de Páez hasta que giraron la esquina del pasillo.
Cuando salieron al estacionamiento, el aire fresco de la noche le golpeó el rostro. Respiró hondo, sintiendo cómo el frío le llenaba los pulmones.
—No fue él —dijo, sin mirar a Damián.
—¿Cómo?
—No fue él. Ese tipo es un carterista, un ratero de poca monta. No tiene agallas para matar a una mujer embarazada con un cuchillo. Alguien entró antes que él. Alguien que sabía lo que buscaba.
Damián guardó silencio por un momento.
—El forense dice que el arma fue un cuchillo de cocina. De los de tu casa.
—Lo sé. Lo usó para que pareciera un robo que salió mal. Pero no fue un robo. —Mateo finalmente miró a su compañero, y en sus ojos había algo que Damián no supo interpretar. No era solo dolor. Era una certeza que quemaba—. Le robaron el relicario. Nada más. Las joyas de valor que teníamos seguían en el cajón. El televisor, el equipo de sonido, todo estaba. Solo tomó eso.
—¿Y cómo sabes que no lo tomó Páez?
—Porque Páez tomó lo que pudo. Monedas, el relicario, un par de cosas más. Pero si hubiera sido el asesino, habría tomado todo. Un adicto no discrimina. Un asesino, en cambio... —Mateo apretó los puños—. Un asesino que entra a matar tiene un objetivo. Y el objetivo no era ella. Era algo que ella tenía.
Damián lo miró largo rato.
—Eso es mucha deducción para un hombre que hace tres días no podía ni hablar.
—Es todo lo que me queda —respondió Mateo, y su voz se rompió por primera vez desde que salió de la celda—. Es lo único que me queda, Damián. Si no encuentro quién la mató, si no encuentro por qué...
No terminó la frase. No hacía falta.
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Esa noche, Mateo no volvió a casa de sus padres.
Fue al departamento.
La cinta amarilla seguía en la puerta, pero los forenses ya habían terminado. Entró sin encender las luces. Caminó por el pasillo oscuro, sintiendo cada tabla del piso bajo sus pies. Entró al dormitorio.
La cama estaba deshecha. Las sábanas habían sido retiradas como evidencia, pero el colchón aún conservaba la mancha oscura. Mateo se sentó en el borde, en el lado de Valeria, y dejó caer la cabeza entre las manos.
—¿Por qué? —susurró a la oscuridad—. ¿Por qué a ella? ¿Por qué no a mí? Yo soy el que carga un arma todos los días. Yo soy el que enfrenta a los peores hijos de puta de esta ciudad. ¿Por qué ella? ¿Por qué nuestro hijo?
El silencio fue su única respuesta.
Pero entonces, en el borde de su conciencia, sintió algo. Un cambio en la temperatura. Un frío que no venía de la ventana abierta.
Levantó la cabeza.
En el rincón de la habitación, junto al armario, la oscuridad parecía más densa. Más sólida. Mateo parpadeó, pensando que era el cansancio, que su mente estaba jugándole trucos después de tres días sin dormir bien.
Pero la sombra no desaparecía.
Y entonces la escuchó.
Mateo.
Era un susurro. Un eco. Una voz que conocía mejor que la suya propia.
Se levantó de un salto, el corazón golpeándole el pecho con la fuerza de un martillo.
—¿Valeria?
La sombra en el rincón se movió. No se acercó, pero cambió de forma, como si algo estuviera tomando consistencia dentro de ella.
Mateo... estás aquí...
—Estoy soñando —dijo Mateo en voz alta, dándose la vuelta—.Me voy a despertar y esto no está pasando.
Pero no se despertó. Y cuando giró de nuevo hacia el rincón, la sombra había tomado una forma que le hizo contener la respiración.
No era un rostro completo. No era un cuerpo. Era como ver a alguien a través de un vidrio empañado, como si la realidad misma estuviera distorsionada en ese punto. Pero reconoció la silueta. Reconoció la forma en que inclinaba la cabeza, ligeramente hacia la izquierda, como siempre hacía cuando lo miraba con ternura.
Tienes que escucharme, susurró la voz, y esta vez era más clara, más definida. Él no fue. El que está preso no fue. Lo sé. Yo lo vi.