El Susuro de los Muertos

Capítulo 3: Pasaron cinco días antes de que Mateo volviera a verla.

Cinco días en los que revisó cada informe forense, cada foto de la escena del crimen, cada declaración de los vecinos. Cinco días en los que Damián lo miraba con creciente preocupación, notando cómo se saltaba comidas, cómo sus ojos se hundían más en las órbitas, cómo su obsesión con el caso se volvía algo malsano.
—Mateo —le dijo el sargento al quinto día, cerrando de golpe la carpeta que su compañero estaba revisando por décima vez—. Necesitas descansar. El caso está en manos de la fiscalía. Páez sigue detenido y...
—Páez no fue —dijo Mateo, apartando la carpeta.
Damián suspiró.
—Ya lo sé. Las pruebas no lo vinculan con el homicidio, solo con el robo. Probablemente lo suelten en las próximas horas. Pero eso no significa que tengas que...
—Hay algo que no cuadra —lo interrumpió Mateo, sacando una foto de la carpeta. Era la imagen del dormitorio, con el cuerpo de Valeria ya retirado, pero con la mancha de sangre aún visible en el colchón—. Mira esto.
Damián se acercó, frunciendo el ceño.
—¿Qué se supone que miro?
—Las heridas. El forense dijo que fueron tres. Dos en el pecho, una en el abdomen. Pero si fuera un robo que salió mal, si fuera un adicto desesperado que se encuentra con una mujer en su casa, ¿por qué tres puñaladas? ¿Por qué no una y huir?
—La adrenalina, el pánico, hay mil explicaciones...
—Hay una mejor —dijo Mateo, sacando otro papel—. El informe de toxicología. Valeria no tenía ninguna droga en su sistema. No estaba alcoholizada. Escuché la grabación de la llamada al 091. Nadie escuchó gritos. ¿Cómo es posible que una mujer embarazada, en su propia casa, reciba tres puñaladas sin que ningún vecino escuche nada?
Damián guardó silencio.
—Porque la mataron en silencio —continuó Mateo, con la voz tensa—. Porque quien entró sabía cómo hacerlo. Sabía cómo sujetarla, cómo acallarla, dónde golpear para que no hiciera ruido. Eso no lo hace un adicto desesperado. Eso lo hace alguien con experiencia. Alguien que ha hecho esto antes
Mateo...
—Y hay algo más. El relicario. El único objeto de valor que desapareció antes de que llegara Páez. ¿Qué valor podía tener un relicario de plata vieja? En el mejor de los casos, unas pocas monedas. ¿Por qué arriesgarse a matar por eso?
Damián lo miró largo rato. Luego, lentamente, tomó asiento frente a él.
—¿Qué estás sugiriendo?
—Que no fue un robo. Que fue algo más. Y que la respuesta está en ese relicario. En lo que contenía o en lo que representaba.
—El relicario está en la lista de evidencia. Páez lo tenía cuando lo arrestaron.
—Lo sé. Y quiero verlo.
---
El relicario estaba en una bolsa de evidencia, etiquetado con el número de caso y la fecha. Mateo lo sostuvo entre sus manos enguantadas, sintiendo el peso de la plata fría contra sus palmas.
Era pequeño, del tamaño de una moneda grande. Tallado a mano, con un diseño de flores que su suegra le había dicho una vez que venía de Italia, de la bisabuela de Valeria. Se abría con un pequeño broche, revelando dos fotografías diminutas: una de Valeria de niña, con su madre; otra, más reciente, que Mateo reconoció de inmediato.
Era la foto que él mismo había puesto allí hacía un año. Una foto de los dos en la playa, en su primer aniversario. Valeria reía, con el pelo revuelto por el viento, y él la sostenía por la cintura, con una sonrisa tan amplia que apenas se le veían los ojos.
—¿Encontraste algo? —preguntó Damián desde la puerta del laboratorio.
Mateo no respondió de inmediato. Estaba mirando la foto, pero su mente estaba en otra parte. En la voz que había escuchado en el dormitorio. En la sombra con forma de Valeria.
Busca el cuchillo. El de mango de hueso.
—No —dijo finalmente, cerrando el relicario con cuidado—. No hay nada raro.
Mentía. No porque no confiara en Damián, sino porque no sabía cómo explicar lo que había visto. O lo que creía haber visto. Todavía no estaba seguro de no estar perdiendo la razón.
Esa noche, Mateo no fue a su departamento. Tampoco a casa de sus padres. Fue al archivo judicial, un edificio antiguo en el centro de la ciudad, donde se guardaban los expedientes de casos cerrados.
Tenía un presentimiento. Algo que lo había estado molestando desde que escuchó la voz de Valeria. Un cuchillo con mango de hueso. No era un arma común. Era algo específico. Algo que quizás ya había aparecido antes en algún caso.
Pasó horas entre las estanterías, revisando expedientes de homicidios de los últimos diez años. Casos de robos, de ajustes de cuentas, de violencia doméstica. Nada.
Estaba a punto de rendirse cuando encontró el expediente.
Era de hace ocho años. Una mujer, sola en su departamento, asesinada con múltiples puñaladas. El arma nunca fue encontrada, pero la descripción del forense llamó su atención: "Las heridas presentan bordes irregulares, consistentes con un arma de filo no convencional, posiblemente con un mango de material orgánico que dejó fragmentos microscópicos en las incisiones."
Mateo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del archivo.
Siguió leyendo. La víctima se llamaba Elena Marchetti, treinta y un años, sin antecedentes penales, sin enemigos conocidos. El caso nunca se resolvió. Quedó en la lista de los fríos, archivado por falta de pruebas.
Pero había algo más. En la lista de objetos robados, solo una cosa: una caja de música antigua, de valor sentimental pero escaso valor económico.
Mateo cerró el expediente con manos temblorosas. No era solo un caso aislado. Era un patrón.
Salió del archivo pasada la medianoche. El aire frío le golpeó el rostro mientras caminaba hacia su coche, con el expediente bajo el brazo. No debía habérselo llevado, pero no le importaba. Nada le importaba excepto encontrar la verdad.
Cuando llegó a su coche, se detuvo.
Había algo en el asiento del copiloto. Una hoja de papel doblada, metida por la ventanilla que había dejado ligeramente abierta. La tomó con dedos que de repente temblaban.
La desdobló.
En el papel, escrito con letra de imprenta mayúscula, había un mensaje:
DEJA DE BUSCAR O TERMINARÁS COMO ELLA.
Mateo miró a su alrededor. La calle estaba desierta. Los faroles alumbraban con una luz anaranjada y mortecina. En algún lugar, un perro ladró.
No tenía miedo.
Por primera vez en ocho días, desde que encontró a Valeria en la cama manchada de sangre, no sentía miedo.
Sentía furia.
Una furia fría, calculadora, que se instaló en su pecho como un bloque de hielo.
Dobló la nota con cuidado, la guardó en el bolsillo de su chaqueta, y subió al coche.
En el camino a su departamento, pasó por la tienda de un conocido, un anticuario que trabajaba con la policía de vez en cuando. No tenía horario de atención, pero las luces estaban encendidas. Golpeó la puerta hasta que un hombre mayor, con gafas de aumento colgando del cuello, le abrió con expresión de fastidio.
—¿Sabe qué hora es, joven?
—Necesito que me diga algo —dijo Mateo, entrando sin esperar invitación—. ¿Qué clase de persona mata por un relicario de plata vieja o por una caja de música antigua?
El anticuario lo miró con curiosidad. Reconoció a Mateo, sabía lo que había pasado.
—Entre —dijo, cerrando la puerta—. Hablemos.
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Una hora después, Mateo salió de la tienda con más preguntas que respuestas.
El anticuario le había hablado de un mercado negro de objetos antiguos con supuestos poderes. Relicarios que contenían reliquias de santos, cajas de música que guardaban secretos de familia, espejos que supuestamente mostraban cosas que no debían verse. Nada de esto estaba probado, pero había coleccionistas dispuestos a pagar grandes sumas por estos objetos, especialmente si tenían una historia detrás.
—Hay un hombre —le había dicho el anticuario en voz baja, como si temiera que alguien pudiera escuchar—. Un coleccionista. No sé su nombre real, pero en el ambiente le dicen "El Enterrador". Dicen que no compra las piezas. Las toma. Y que si el dueño actual no quiere vender...
—¿Qué?
El anticuario se encogió de hombros.
—Solo son rumores. Cosas que se dicen entre viejos como yo.
Pero Mateo había visto en sus ojos que no eran solo rumores.




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