El Susuro de los Muertos

Capítulo 4: Valeria regresó a la semana.

Mateo estaba en su departamento, sentado en el suelo del dormitorio, con los expedientes de Elena Marchetti y otros dos casos similares que había encontrado en el archivo esparcidos a su alrededor. Había pasado tres noches sin dormir, uniendo puntos, buscando conexiones.
Las víctimas eran todas mujeres. Todas vivían solas o con parejas que no estaban en el momento del crimen. Todas poseían algún objeto antiguo de valor sentimental. Y en todos los casos, el arma probable era un cuchillo con mango de hueso.
Eran demasiadas coincidencias.
El frío llegó antes que la voz. Mateo levantó la vista del expediente que estaba leyendo y vio la sombra en el rincón, más definida que la última vez. La silueta de Valeria se recortaba contra la pared, y esta vez podía distinguir la forma de su rostro, aunque seguía borrosa, como vista a través de agua turbia.
Mateo.
—Estoy aquí —dijo él, sin miedo. Ya no tenía miedo de nada—. He estado investigando. Encontré otros casos. Otras mujeres. Él las mató a todas, ¿verdad?
La sombra se movió, como si asintiera.
Él las mata por lo que tienen. No por quienes son. Nosotras solo somos... contenedores.
—¿Contenedores de qué?
Hubo una pausa. Cuando Valeria volvió a hablar, su voz sonaba más débil, como si hablar le costara un esfuerzo enorme.
No lo sé. No recuerdo. Cuando me atacó... todo se volvió confuso. Solo recuerdo el cuchillo. El mango de hueso. Y sus manos. Llevaba guantes, pero sus manos eran grandes. Muy grandes.
—¿Viste algo más? ¿Alguna marca, algún detalle que pueda identificarlo?
Olía. Olía a... tierra. A tierra mojada. Y a algo más. Algo dulce. Como... flores podridas.
Mateo anotó todo en su libreta, con mano temblorosa pero firme.
—¿Y el relicario? ¿Por qué lo quería?
La sombra de Valeria titiló, haciéndose más tenue por un momento. Mateo sintió pánico, pensando que se iba, que se desvanecería antes de darle la respuesta.
Mi abuela... mi abuela me lo dio cuando me gradué. Dijo que lo guardara siempre. Que tenía... que tenía algo dentro. Algo que debía protegerse. Nunca supe qué. Nunca me dijo.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Mateo—. El relicario está en la lista de evidencia. ¿Debería protegerlo?
No importa. Ya no está. Él... lo abrió. Tomó lo que había dentro. Ya no sirve.
—¿Qué había dentro?
La forma de Valeria se desvaneció, como si esas últimas palabras le hubieran costado toda su energía. Antes de desaparecer por completo, Mateo escuchó un susurro, tan débil que casi lo perdió:
Un diente. Un diente de...
Y se fue.
Mateo se quedó en el suelo, rodeado de expedientes, con el eco de la voz de su esposa muerta resonando en sus oídos.
Un diente. ¿Un diente de qué? ¿De quién?
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Al día siguiente, Mateo fue a ver a su suegra.
María era una mujer pequeña, de cabello gris y manos callosas, que vivía en una casa antigua en las afueras de la ciudad. Cuando abrió la puerta y vio a Mateo, sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dijo nada. Solo lo abrazó, y se mantuvieron así por un largo momento, en el umbral de la casa que había visto crecer a Valeria.
—Necesito que me hable del relicario —dijo Mateo cuando finalmente se separaron—. El que le dio a Valeria. El que le robaron.
María lo miró con sorpresa.
—¿El relicario? ¿Por qué?
—Por favor —insistió Mateo—. Es importante. Puede ayudar a encontrar a quien la mató.
La mujer dudó, pero finalmente asintió. Lo llevó a la sala, lo sentó en el sofá de siempre, y fue a buscar algo a su dormitorio. Cuando regresó, traía una fotografía antigua enmarcada.
En la foto había una mujer joven, de rasgos duros y mirada intensa, vestida con ropa de principios de siglo. Llevaba colgado del cuello el relicario de Valeria.
—Era mi abuela —dijo María, sentándose junto a Mateo—. La abuela de Valeria. Llegó de Italia en los años veinte. Trajo eso con ella. Y siempre dijo que era más importante que cualquier otra cosa que poseyera
—¿Por qué?
—Porque dentro guardaba algo. Una reliquia, decía. Algo que le había dado su madre antes de morir. Algo que debía protegerse.
—¿Una reliquia de qué?
María lo miró con una expresión que Mateo no supo interpretar. Miedo, quizás. O un secreto guardado por demasiado tiempo.
—De un santo —dijo finalmente, en voz baja—. De un santo que no estaba en los libros de la iglesia. Alguien a quien mi familia había venerado durante generaciones. Alguien que, según decían, había sido asesinado por proteger a otros.
—¿Un diente? —preguntó Mateo, recordando las palabras de Valeria—. ¿El relicario contenía un diente?
María palideció.
—¿Cómo sabes eso?
—Valeria me lo dijo.
La mujer lo miró con horror.
—Mateo, ¿qué estás diciendo? Valeria está...
—Lo sé —la interrumpió él, con calma—. Pero de alguna manera, sigue hablándome. Y me está ayudando a encontrar a su asesino.
Hubo un largo silencio. María se llevó una mano al pecho, como si le faltara el aire.
—Dios mío —susurró—. Siempre supe que ese relicario traería problemas. Siempre.
—¿Qué más sabe? —preguntó Mateo—. ¿Alguien más conocía la historia de ese relicario? ¿Alguien podría haber querido robarlo?
María negó con la cabeza.
—No sé. Mi abuela era muy reservada con eso. Solo nos contó la historia a mí y a mi hermana cuando cumplimos quince años. Y nos hizo jurar que protegeríamos el relicario. Que nunca se lo daríamos a nadie que no fuera de la familia.
—¿Y su hermana? ¿Dónde está?
María bajó la mirada.
—Murió. Hace ocho años. La mataron en su departamento. Nunca encontraron al culpable.
El mundo de Mateo se detuvo.
Elena Marchetti. La mujer del expediente. La hermana de su suegra.
—¿Elena? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta—. ¿Su hermana se llamaba Elena?
María asintió, con lágrimas en los ojos.
—Elena Marchetti. La mataron hace ocho años. Y también le robaron algo. Una caja de música. Otra cosa que mi abuela nos había dado.
Mateo cerró los ojos.
El patrón estaba completo.
Un asesino que mataba mujeres de la misma familia, que robaba objetos que contenían reliquias de un santo desconocido. Un asesino que llevaba ocho años libre, esperando el momento de completar lo que había empezado.
Y ahora, después de matar a Valeria, tenía dos de esas reliquias.
¿Cuántas faltaban?




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