Era un plan simple, peligroso, y que requería que trabajara solo. No podía involucrar a Damián. No podía involucrar a nadie del departamento. Si El Enterrador tenía contactos, si tenía información sobre la investigación, cualquier movimiento en falso alertaría a su presa.
Pero había algo que El Enterrador no sabía.
No sabía que Mateo podía hablar con sus víctimas.
Esa noche, Mateo fue a la tumba de Elena Marchetti. Era un cementerio viejo, en las afueras del norte de la ciudad, donde la maleza crecía entre las lápidas y el silencio era tan denso que se podía cortar.
Se sentó frente a la lápida, con las manos en los bolsillos, y esperó.
No sabía si funcionaría. Valeria había venido a él porque tenían un vínculo, porque él era su esposo. Pero ¿podría comunicarse con otras víctimas? ¿Con mujeres que no lo conocían, que no tenían ninguna razón para confiar en él?
El frío llegó después de veinte minutos.
No era el mismo frío de Valeria. Este era más agudo, más hostil. Como si el fantasma de Elena Marchetti no estuviera seguro de querer ser invocado.
—Elena —dijo Mateo en voz baja—. Soy policía. Su hermana me dio su nombre. Estoy investigando su muerte. Y la de mi esposa, Valeria. La hija de su hermana.
El frío se intensificó.
—Sé que un hombre la mató. El mismo que mató a Valeria. El que le robaron la caja de música. Necesito que me ayude a encontrarlo.
Hubo un largo silencio. Mateo comenzaba a pensar que no funcionaría, que Valeria era un caso especial, cuando escuchó la voz.
No era como la de Valeria. Era áspera, rota, como si las cuerdas vocales estuvieran desgarradas.
Déjalo ir.
Mateo se tensó.
—¿Qué?
Déjalo ir. No puedes vencerlo. Yo lo intenté. Mi hermana lo intentó. Valeria lo intentó. Y todas estamos muertas.
—Yo no estoy muerto —dijo Mateo, con la voz firme—. Y tengo algo que ustedes no tenían.
¿Qué?
—Ustedes.
Hubo un silencio. Luego, un susurro que sonó casi como una risa.
Eres un necio. Como nosotros.
—Tal vez. Pero soy un necio que va a atrapar a ese hijo de puta. Con su ayuda o sin ella.
La sombra de Elena Marchetti tomó forma frente a él. Era más definida que la de Valeria, más sólida. Tal vez porque llevaba más tiempo muerta. Tal vez porque su odio la mantenía anclada a este mundo.
Te diré lo que sé, dijo finalmente. Pero no será gratis.
—¿Qué quieres?
Que cuando lo atrapes, no lo dejes vivir. Que lo mandes aquí, con nosotras. Para que nosotras lo juzguemos.
Mateo la miró a los ojos. O a lo que deberían ser sus ojos, si tuviera un rostro que pudiera ver.
—No puedo prometer eso. Soy policía. Mi trabajo es entregarlo a la justicia.
La justicia —la voz de Elena se llenó de amargura—. La justicia me dejó a mí pudriéndome en una tumba mientras él seguía matando. La justicia le dio ocho años para encontrar a Valeria y matarla también. ¿Esa justicia quieres darme?
Mateo apretó los puños.
—No tengo otra.
Entonces no tengo nada que decirte.
La sombra comenzó a desvanecerse.
—Espera —dijo Mateo, con urgencia—. Por favor. No por mí. Por Valeria. Por su hija. Por la nieta de tu hermana que nunca nació.
La sombra se detuvo.
El silencio se hizo más denso, más pesado. Mateo sintió que el aire a su alrededor se volvía frío, casi irrespirable.
Hay un lugar, dijo Elena finalmente, con una voz tan baja que Mateo tuvo que inclinarse para escuchar. Un lugar donde guarda las cosas que roba. Un lugar que huele a tierra y a flores podridas.
—¿Dónde?
En los túneles. Debajo de la ciudad. Hay un antiguo osario, cerca del río. Ahí guarda sus tesoros. Ahí... nos visitaba. Antes de matarme, me llevó allí. Quería que le dijera dónde estaba la última pieza. No le dije. Por eso me mató.
—¿La última pieza? —preguntó Mateo, sintiendo que las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar—. ¿Cuántas hay?
Tres. Solo tres. Mi abuela dividió la reliquia en tres partes. Un diente, un hueso, un fragmento de tela. Las escondió en tres objetos. El relicario. La caja de música. Y un tercero. Uno que él no ha encontrado. Por eso mató a Valeria. Pensó que ella sabía dónde estaba el tercero.
—¿Dónde está?
Elena guardó silencio por un momento.
En la iglesia. En la iglesia de Santa Lucía. Detrás del altar mayor, hay una piedra suelta. Detrás de ella, un paquete envuelto en cuero. Mi abuela lo escondió allí antes de morir. Solo nosotras lo sabíamos.
—¿Qué es?
Un trozo de tela. La túnica de un hombre que murió por proteger a los débiles. Un hombre que la iglesia nunca reconoció, pero que mi familia siempre honró.
—¿Por qué es tan importante? ¿Por qué matar por eso?
Porque hay quien cree que esas reliquias tienen poder. Que quien las posea todas podrá... hablar con los muertos. Controlarlos. Usarlos.
Mateo sintió que la tierra se movía bajo sus pies.
—¿Hablar con los muertos?
Sí. Como haces tú. Pero él no lo hace por justicia. Lo hace por poder. Y si consigue las tres piezas... nadie podrá detenerlo. Ni los vivos. Ni los muertos.
La sombra de Elena comenzó a desvanecerse, más rápido esta vez.
—Espera —dijo Mateo, levantándose—. ¿Cómo lo encuentro? ¿Cómo encuentro los túneles?
Sigue el olor. Sigue la tierra mojada. Y cuando lo encuentres...
La voz de Elena se hizo tan débil que apenas era un suspiro.
...no dudes. Porque él no dudará.
Y se fue.
Mateo se quedó solo en el cementerio, con la brisa fría de la noche acariciándole el rostro y el eco de las palabras de Elena resonando en su mente.
Tres piezas. Poder sobre los muertos. Un osario bajo la ciudad.
Guardó sus manos en los bolsillos y caminó hacia su coche. En el bolsillo derecho, sus dedos tocaron la nota que había encontrado en su vehículo una noche antes.
DEJA DE BUSCAR O TERMINARÁS COMO ELLA.
Sonrió. Era una sonrisa sin alegría, una sonrisa que sus compañeros no habrían reconocido.
—Vas a tener que hacerlo mejor que eso —murmuró, metiendo la llave en el encendido.
El motor rugió en la noche vacía.