El Susuro de los Muertos

Capítulo 6: Los túneles no aparecían en ningún mapa.

Mateo lo comprobó después de pasar toda la mañana siguiente en la oficina de catastro municipal, revisando planos centenarios con la ayuda de una archivista anciana que al principio se mostró reacia a dejarlo hurgar en documentos que, según ella, "nadie había tocado desde la época de mi abuelo".
—¿Qué busca exactamente, oficial? —preguntó la mujer, ajustándose los anteojos sobre la nariz.
—Viejo sistema de drenaje —mintió Mateo, desplegando otro plano amarillento—. Tubos de desagüe del siglo XIX. Deberían correr cerca del río, hacia el sur.
La archivista frunció el ceño.
—¿Por qué la policía estaría interesada en eso?
—Caso viejo. Un cuerpo que apareció hace años. Queremos ver si hay acceso a esos túneles desde la superficie.
Era una mentira lo suficientemente cerca de la verdad para sonar creíble. La mujer asintió y señaló un punto en el plano más antiguo, fechado en 1887.
—Aquí. Este es el antiguo desagüe pluvial. Conectaba con el río por debajo de la calle Belgrano. Pero fue sellado después de la inundación del 32. Hoy en día, si existe, está debajo de tres metros de tierra y hormigón.
—¿Alguna entrada? ¿Alguna cámara de acceso que no haya sido sellada?
La archivista negó con la cabeza.
—No que yo sepa. Pero... —hizo una pausa, como si dudara en continuar—. Hay historias. Viejas historias de los trabajadores de la época. Decían que esos túneles no eran solo para drenaje. Que conectaban con algo más antiguo.
—¿Más antiguo?
—Cimentaciones de la época colonial. Tal vez más. Hablan de un osario, un lugar donde enterraban a los que no podían ser sepultados en tierra consagrada. Pero son solo cuentos. Nada oficial.
Mateo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado de la oficina.
—¿Dónde estaría ese osario?
—Si existiera... —la mujer trazó una línea imaginaria sobre el plano con el dedo—. Bajo la iglesia de Santa Lucía. O justo detrás.
Santa Lucía.
La misma iglesia donde Elena Marchetti le había dicho que estaba escondida la tercera reliquia.
Mateo guardó los planos, agradeció a la archivista y salió a la calle con el corazón latiéndole con fuerza. La casualidad era demasiado perfecta para ser casualidad. El Enterrador no solo había elegido a sus víctimas al azar; las había elegido porque conocía la historia de las reliquias, porque sabía que la familia Marchetti guardaba fragmentos de algo que él quería poseer.
Y ahora, después de matar a Valeria y a Elena, tenía dos de las tres piezas. Solo le faltaba una.
La que estaba en la iglesia.
La que Mateo podía recuperar antes que él.
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No fue a la iglesia de inmediato.
Había algo que debía hacer antes, algo que había estado posponiendo desde la noche en que Elena le habló de los túneles. Algo que le aterraba más que enfrentarse al asesino de su esposa.
Tenía que volver a hablar con Valeria.
Esa noche, Mateo se sentó en el suelo del dormitorio, rodeado de velas que había comprado en una tienda esotérica del centro. No sabía si las velas servían para algo, pero necesitaba hacer algo. Necesitaba sentir que tenía algún control sobre esta conexión extraña que había surgido entre él y los muertos.
Apagó la luz. Encendió las velas una por una. La habitación se llenó de sombras danzantes y un olor a cera derretida que le recordó a la iglesia de su infancia.
—Valeria —dijo en voz baja—. Necesito que vengas.
El silencio.
—Por favor. Necesito saber más. Necesito saber cómo encontrarlo.
Nada.
—Si no quieres ayudarme a mí, ayúdalo a él —puso una mano sobre su vientre, donde el bebé había estado—. Ayúdalo a que su muerte no haya sido en vano.
El frío llegó como una ola.
Pero no era el frío suave y doloroso que había sentido antes. Era un frío violento, casi furioso. Las velas parpadearon, algunas se apagaron. La sombra en el rincón se formó con una rapidez que lo sobresaltó.
No.
La voz de Valeria sonaba diferente. Más aguda. Más desesperada.
No busques el túnel. No vayas allí.
Mateo se puso de pie.
—¿Por qué?
Porque él sabe que has estado preguntando. Porque él sabe que tienes los expedientes. Porque él...
La voz se cortó. La sombra se distorsionó, como si algo la estuviera desgarrando desde adentro.
—¿Valeria? ¿Qué pasa?
Él... me siente. Cuando hablo contigo... él me siente. Me duele. Me duele mucho.
Mateo dio un paso hacia la sombra, con el impulso de abrazarla, de protegerla, pero sus manos solo encontraron aire frío.
—¿Quién te hace daño? ¿El Enterrador?
Tiene las piezas. Dos piezas. Las usa para... para controlarnos. A mí. A Elena. A las otras. Nos tiene atrapadas. Nos hace daño cuando hablamos contigo.
—¿Por qué?
Porque no quiere que sepas. No quiere que encuentres la tercera pieza. No quiere que...
De repente, la sombra se contrajo, emitiendo un sonido que Mateo nunca había escuchado antes y que supo, con una certeza absoluta, que lo perseguiría por el resto de su vida: el sonido de un fantasma gritando.
¡MATEO, NO VAYAS! ¡TE VA A MATAR! ¡TE VA A...!
Las velas restantes se apagaron todas al mismo tiempo.
La oscuridad fue total.
Mateo se quedó inmóvil, con el corazón galopando, con las manos temblorosas, con las últimas palabras de Valeria resonando en su cabeza como una campana de iglesia.
Te va a matar.
Permaneció en la oscuridad durante diez minutos. Tal vez veinte. Cuando finalmente se levantó y encendió la luz del techo, la habitación estaba vacía. Las velas habían dejado pequeños charcos de cera sobre el piso de madera. Y en el espejo del armario, algo le llamó la atención.
No estaba seguro de haberlo visto bien. Tal vez fue un reflejo, un truco de la luz. Pero por un instante, por una fracción de segundo, le pareció ver escrito en el vaho del espejo una sola palabra:
IGLESIA.
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A la mañana siguiente, Mateo fue a Santa Lucía.
La iglesia era pequeña, de piedra oscura, enclavada entre edificios modernos que la hacían parecer un fragmento de otro siglo encajado a la fuerza en el presente. El campanario estaba cubierto de andamios; una restauración inconclusa, según le dijo el sacristán que lo recibió en la puerta.
—Llevamos tres años con los fondos —explicó el hombre, un anciano de sotana raída y manos temblorosas—. La arquidiócesis dice que no hay plata. Como siempre.
Mateo mostró su placa.
—Necesito revisar el altar mayor. Es parte de una investigación.
El sacristán levantó una ceja.
—¿En una iglesia? ¿Qué clase de investigación, si se puede saber?
—Homicidio. Varios. Y creo que la respuesta está aquí.
El hombre lo miró con escepticismo, pero finalmente asintió. Lo llevó por la nave central, bajo las bóvedas oscurecidas por siglos de humo de incienso, hasta el altar de piedra tallada que dominaba el ábside.
—El altar mayor —dijo el sacristán, haciendo una pequeña reverencia frente al crucifijo que colgaba detrás—. No sé qué espera encontrar aquí, oficial.
Mateo se acercó al altar. Era una estructura maciza, de granito gris, con relieves de ángeles y querubines desgastados por el tiempo. Detrás, entre el altar y el muro, había un pequeño espacio apenas visible.
—¿Hay algo detrás? —preguntó.
—Solo la pared. Esta iglesia es muy antigua. Los altares de la época solían construirse adosados al muro.
Mateo se agachó. Pasó la mano por la base del altar, sintiendo la piedra áspera bajo sus dedos. Luego, siguiendo la pared, tanteó las juntas entre los bloques de granito.
Y lo sintió.
Una piedra que no estaba completamente alineada con las demás. Un pequeño saliente, apenas perceptible, que cedió ligeramente bajo la presión de sus dedos.
—¿Puede darme un momento a solas? —preguntó, sin volverse.
El sacristán dudó.
—Oficial, no sé si debería...
—Por favor. Solo un minuto.
El hombre suspiró, pero se alejó, sus pasos resonando en el piso de piedra de la nave.
Cuando estuvo solo, Mateo metió los dedos en la junta y tiró hacia afuera. La piedra se movió con un chirrido seco, revelando un hueco oscuro detrás. Metió la mano, con el corazón latiéndole con fuerza.
Sus dedos tocaron algo envuelto en cuero.
Lo sacó con cuidado. Era un pequeño paquete, del tamaño de una cajetilla de cigarrillos, envuelto en cuero viejo y atado con un cordón de cuero también. El cuero estaba reseco, agrietado por los años, pero aún conservaba su forma.
Con manos temblorosas, desató el cordón. Desplegó el cuero.
Dentro había un trozo de tela.
Era pequeño, no más grande que un sello postal. De un color que debió haber sido blanco pero que el tiempo había tornado amarillento. Los bordes estaban deshilachados, y en el centro se distinguía una mancha oscura, casi negra.
Sangre. Sangre muy antigua.
Mateo sostuvo la tela entre sus dedos y sintió algo extraño. No era frío, como con los fantasmas. Era calor. Un calor que le subió por el brazo, le recorrió el pecho, le llegó a la cabeza como un mareo repentino.
Por un instante, vio cosas que no estaba seguro de querer ver.
Un hombre de espaldas, vestido con una túnica blanca. Un grupo de hombres con antorchas. Un grito. Una piedra que volaba por el aire y golpeaba al hombre en la sien. Sangre. Tela blanca empapándose de rojo.
La visión desapareció tan rápido como había llegado.
Mateo parpadeó, sintiendo el corazón latiéndole con violencia. Cerró la mano alrededor de la reliquia, guardándola en el bolsillo interior de su chaqueta.
Cuando salió de detrás del altar, el sacristán lo esperaba con los brazos cruzados.
—¿Encontró lo que buscaba?
—Sí —dijo Mateo, pasando junto a él—. Gracias.
—Oficial —lo llamó el sacristán cuando ya estaba en la puerta—. Una cosa.
Mateo se volvió.
—¿Sí?
—Hay un hombre que ha estado viniendo a esta iglesia. Las últimas semanas. Preguntando cosas. Sobre la historia del lugar. Sobre los muros, los cimientos. Dice que es historiador, pero... —el anciano hizo una pausa—. Hay algo en él que no me gusta. Algo oscuro.
Mateo sintió la piel erizarse.
—¿Cómo es?
—Grande. Muy grande. Manos enormes. Y siempre lleva guantes. Incluso en días de calor.
—¿Sabe su nombre?
—Nunca lo dijo. Pero una vez, cuando se iba, lo escuché murmurar algo. Como si hablara con alguien que no estaba allí.
—¿Qué dijo?
El sacristán lo miró con los ojos llenos de un miedo que no parecía propio de un hombre de fe.
—Dijo: "Ya casi está completo. Ya casi puedo oírlos a todos."




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