En su lugar, fue a una armería en las afueras de la ciudad, un local polvoriento atendido por un exmilitar retirado que lo conocía de casos anteriores. Compró una linterna táctica de alto voltaje, un par de esposas adicionales y, después de dudarlo, un cuchillo de caza de hoja fija. No planeaba usarlo, pero después de la nota de amenaza y las advertencias de Valeria, prefería tenerlo y no necesitarlo que necesitarlo y no tenerlo.
Después, fue a su departamento. Preparó una mochila con lo que creía que podría necesitar: los planos que había copiado en catastro, una cuerda de nailon, un encendedor, vendas, agua, una barra de cereal.
Y la reliquia.
La sostenía en la palma de su mano, sintiendo ese calor extraño que emanaba de ella. Desde que la había encontrado, algo había cambiado en su percepción. Podía sentir a los muertos con más claridad, no solo a Valeria y a Elena, sino a otros. Sombras que se movían en los bordes de su visión, susurros que se desvanecían antes de que pudiera entenderlos.
La tela era poderosa. Ahora entendía por qué El Enterrador había matado para conseguir las tres piezas. Si con una sola podía sentir a los muertos, ¿qué podría hacer con todas?
Guardó la reliquia en el bolsillo interior de su chaqueta, junto al corazón. Luego tomó su arma reglamentaria, la revisó bala por bala, y salió al amanecer.
---
Encontrar la entrada a los túneles le llevó tres horas.
Siguiendo los planos antiguos, localizó lo que debía haber sido una cámara de acceso en un callejón sin salida detrás de una fábrica textil abandonada. El lugar olía a humedad y a orina de rata. La entrada, si alguna vez existió, estaba cubierta por escombros y chapas de hierro oxidado.
Pero cuando se acercó, sintió algo.
Un escalofrío. No, más que eso. Una sensación de estar siendo observado. No por alguien vivo, sino por algo que estaba bajo sus pies, esperando.
Con la ayuda de una barra de hierro que encontró entre los escombros, logró hacer palanca contra la chapa más grande. El metal gimió, resistiendo, pero finalmente cedió. Debajo, un agujero negro, de bordes irregulares, se abría en la tierra.
Olía a tierra mojada. Y a algo dulce. Como flores podridas.
Como en la descripción de Valeria, pensó Mateo. Como en la descripción de Elena.
Encendió su linterna. El haz de luz penetró en la oscuridad, revelando una pendiente de tierra y piedras que descendía hacia una estructura de ladrillos más abajo. Se podían distinguir arcos de medio punto, características de la ingeniería del siglo XIX.
Mateo respiró hondo. Se ajustó la mochila. Comprobó que su arma estuviera en su lugar.
Y descendió.
---
El túnel era más grande de lo que esperaba.
Una vez que superó la entrada colapsada, el pasadizo se ensanchaba hasta tener casi dos metros de alto por tres de ancho. Los muros eran de ladrillo visto, cubiertos en algunos tramos por una costra de salitre que brillaba bajo la luz de la linterna como escarcha. El suelo era de tierra apisonada, y en algunos puntos se podían ver los rieles originales por donde debían correr los carros de limpieza.
Mateo avanzó lentamente, con la mano derecha sobre su arma, la izquierda sosteniendo la linterna. El silencio era absoluto, roto solo por el sonido de sus propios pasos y el goteo constante de agua filtrada desde la superficie.
Después de caminar unos diez minutos, el túnel se bifurcaba. Tomó el ramal derecho, siguiendo los planos que había memorizado. En teoría, ese brazo conectaba con el área bajo la iglesia de Santa Lucía. En la práctica, no sabía qué iba a encontrar.
Fue entonces cuando sintió el frío.
No era el frío suave de Valeria ni el frío hostil de Elena. Era un frío antiguo, pesado, que parecía provenir de las mismas piedras de los muros. Un frío que tenía memoria.
La linterna parpadeó.
Mateo la golpeó con la palma de la mano y la luz se estabilizó. Pero cuando la volvió a dirigir hacia adelante, vio algo que lo hizo detenerse en seco.
A veinte metros de distancia, al fondo del túnel, había una figura.
No se movía. Estaba de espaldas a él, con los hombros anchos y la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera observando algo en el suelo.
—Policía —dijo Mateo, con la voz más firme de lo que se sentía—. Manifiéstate.
La figura no se movió.
Mateo avanzó unos pasos más, con la mano ahora firmemente agarrada a su arma. La figura seguía inmóvil, y al acercarse, comenzó a notar algo extraño en su silueta. Los bordes no eran sólidos. Se desdibujaban, como si estuvieran hechos de sombra condensada.
A diez metros, Mateo entendió.
No era un hombre.
Era el fantasma de un hombre.
Un hombre con una soga alrededor del cuello, con la cabeza inclinada en un ángulo que ninguna persona viva podría mantener. Vestía ropas del siglo XIX, chaqueta negra, pantalones de lana, botas embarradas. Y en su mano derecha, colgando flácida, sostenía algo que brilló bajo la luz de la linterna.
Un cuchillo con mango de hueso.
Mateo sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—¿Quién eres? —preguntó, con la voz apenas un susurro.
El fantasma se movió.
No caminó, no giró. Simplemente cambió de posición, como si la realidad saltara de un fotograma a otro. Ahora estaba de frente a Mateo, y la luz de la linterna reveló su rostro.
No tenía rostro.
Donde debían estar los ojos, la nariz, la boca, solo había una superficie lisa, pálida, como cera derretida que se hubiera vertido sobre sus rasgos.
Pero sí tenía una boca. Estaba en su cuello, justo donde la soga le marcaba la garganta. Una boca que se abrió para hablar con una voz que no salía de ella, sino de todas partes a la vez, de los muros, del suelo, del techo.
El Enterrador me usó. Como usa a todas. Yo fui su primera herramienta. Su primer cuchillo. Ahora soy su guardián.
Mateo apretó el arma con más fuerza.
—Déjame pasar.
No puedes pasar. Él no quiere que pases. Él ya casi ha terminado. Con la tercera pieza, podrá oírnos a todos. Controlarnos a todos. Ya no habrá muerte que no pueda revertir. Ya no habrá secreto que los muertos puedan guardar.
—No voy a dejar que eso pase.
El fantasma inclinó la cabeza en dirección contraria, un movimiento que habría sido imposible para cualquier ser vivo.
No me hagas daño, oficial. Ya estoy muerto. Lo peor que puedes hacerme ya me pasó.
—No quiero hacerte daño. Solo quiero pasar.
No puedo dejarte pasar. Él me obliga. Me tiene atado. Como a las otras. Como a tu esposa.
Mateo sintió un nudo en la garganta.
—¿Valeria? ¿Él la tiene atrapada?
Nos tiene a todas. Las usa como antenas. Como conductos. Cuando hablaste con ella, él la sintió. La castigó. Por eso gritó.
—Déjame pasar —dijo Mateo, y esta vez su voz tenía un filo que no había tenido antes—. Déjame pasar o te juro que voy a encontrar la manera de hacerte daño aunque ya estés muerto.
El fantasma lo miró con su rostro sin rostro. Luego, lentamente, se hizo a un lado.
Date prisa. Él está abajo. En el osario. Está terminando el ritual.
Mateo pasó junto a él. A su lado, sintió el frío antiguo, la tristeza acumulada de décadas, quizás siglos. Y en el último momento, cuando ya había superado al fantasma, escuchó su voz, más baja ahora, más humana.
Mátalo. Por favor. Mátalo por todos nosotros.
Mateo no respondió. Siguió caminando, con el corazón latiéndole con violencia, con la mano sudando sobre el arma, con la reliquia caliente contra su pecho.
El túnel se ensanchó de nuevo, y de repente, las paredes de ladrillo dieron paso a piedra más antigua, toscamente tallada, con inscripciones que la linterna apenas podía iluminar. El olor a tierra mojada y flores podridas era ahora abrumador.
Y entonces, el túnel se abrió.
Mateo entró en una cámara circular, de unos quince metros de diámetro, con un techo abovedado que se perdía en la oscuridad. En el centro, había algo que lo hizo detenerse en el umbral.
Un altar.
No era un altar de iglesia. Era algo más antiguo, más primitivo. Una losa de piedra negra, pulida por el tiempo, cubierta con símbolos que Mateo no reconocía pero que, de alguna manera, le resultaban profundamente perturbadores.
Sobre la losa, había dos objetos.
El relicario de Valeria. La caja de música de Elena.
Y frente al altar, de espaldas a Mateo, un hombre.
Era grande. Inmenso, casi. Los hombros anchos como una puerta, las manos cubiertas con guantes de cuero negro. Vestía un abrigo largo, oscuro, que le llegaba hasta los tobillos. Su cabeza estaba rapada, y en la nuca se le veía un tatuaje que Mateo no pudo distinguir desde donde estaba.
El hombre no se volvió. Pero habló.
—Llegaste. Sabía que vendrías.
La voz era grave, pausada, con un dejo de algo que podría haber sido amabilidad si no estuviera en medio de un osario ilegal con las pertenencias de dos mujeres asesinadas sobre un altar pagano.
—Policía —dijo Mateo, levantando su arma y apuntando a la espalda del hombre—. Manifiéstate. Manos donde pueda verlas.
El hombre se rió.
Era una risa baja, ronca, que resonó en la cámara como si viniera de todas partes.
—¿Me vas a disparar, oficial? ¿Sin siquiera ver mi cara? ¿Sin un juicio? ¿Sin pruebas?
—Tengo las pruebas suficientes. Dos homicidios. Tal vez más.
—¿Pruebas? —El hombre se volvió lentamente, y Mateo pudo verlo por primera vez.
Su rostro era ancho, de rasgos duros, con una barba espesa y recortada. Los ojos eran lo más perturbador: eran negros, completamente negros, sin iris ni blancos, como dos pozos de oscuridad absoluta. Sonreía mostrando dientes blancos, perfectos, que contrastaban con la negrura de sus ojos.
—Las pruebas que tienes las obtuviste hablando con los muertos —dijo el hombre, dando un paso hacia Mateo—. ¿Crees que eso servirá en un tribunal? ¿Crees que tu sargento, tu fiscal, tu juez, van a aceptar como evidencia las palabras de un fantasma?
Mateo apretó el gatillo con más fuerza, pero no disparó.
—Te vi en la escena del crimen —mintió—. Un testigo te identificó.
—No hay testigos. Yo me aseguré de eso. Como me aseguré de que no hubiera huellas. No hay ADN. No hay fibras. No hay nada que me vincule con ninguna de ellas. Solo... —sus ojos negros brillaron—. Solo lo que ellas te han dicho. ¿Y qué te han dicho, oficial? ¿Que me busques? ¿Que me mates?
—Que te entregue a la justicia.
La risa del hombre retumbó de nuevo.
—¿Justicia? ¿La misma justicia que dejó a Elena pudrirse en una tumba mientras yo seguía libre? ¿La misma justicia que no pudo proteger a tu esposa? ¿La misma justicia que ahora te tiene a ti, un hombre roto por el dolor, como único representante?
Dio otro paso. Mateo retrocedió uno, manteniendo la distancia.
—Tienes la tercera pieza —dijo el hombre, señalando el bolsillo de la chaqueta de Mateo—. La siento. Me quemas, oficial. Me quemas con su calor. ¿Sabes lo que es tener esto? —levantó sus manos enguantadas—. ¿Sabes lo que es poder oírlos a todos? A los que murieron en esta ciudad, en este país, en este continente? Miles. Millones. Todos susurrando, todos pidiendo, todos rogando. Y yo, con dos piezas, apenas puedo oírlos. Con tres... con tres podría hacerlos hablar. Podría hacerlos obedecer.
—¿Para qué?
—Para todo. Para saber lo que nadie sabe. Para encontrar lo que nadie puede encontrar. Tesoros, secretos, verdades enterradas. ¿Te imaginas el poder, oficial? ¿Te imaginas lo que se puede hacer con la información que guardan los muertos?
—No me importa tu poder —dijo Mateo, y su voz era firme ahora, más firme de lo que se sentía—. Solo quiero justicia para Valeria. Para nuestro hijo.
El hombre inclinó la cabeza, como si estuviera considerando algo.
—Tu hijo. Sí. Fue... desafortunado. El embarazo complicó las cosas. Si ella me hubiera dado la información que necesitaba, si me hubiera dicho dónde estaba la tercera pieza, no habría tenido que... profundizar.
Mateo sintió que algo se rompía dentro de él. Algo que había estado sujeto con hilos muy finos desde la noche del asesinato.
—La mataste a sangre fría.
—La interrogué. Fue... resistente. Más que su tía. Elena me dijo dónde estaba la pieza de la iglesia al final, pero tu esposa... tu esposa no habló. Ni siquiera cuando le mostré el cuchillo. Ni siquiera cuando... —hizo una pausa, y una sonrisa lenta se extendió por su rostro—. Supongo que estaba protegiendo a su bebé. Qué ironía. Si hubiera hablado, tal vez los dos estarían vivos.
El disparo rasgó el aire de la cámara.
Mateo no recordaba haber apretado el gatillo. No recordaba haber decidido hacerlo. Pero el humo salía del cañón de su arma, y el hombre estaba arrodillado en el suelo, con una mano sobre el hombro, del que brotaba sangre oscura.
—Hijo de puta —gruñó el hombre, pero no parecía herido. Parecía... divertido—. Hijo de puta, me diste.
—Próximo disparo va a tu cabeza —dijo Mateo, con la voz temblando de furia—. Ahora, al suelo. Manos en la nuca.
El hombre levantó la cabeza. Sus ojos negros brillaron en la penumbra.
—¿Crees que puedes matarme con eso? —dijo, señalando el arma—. ¿Crees que una bala puede detener a alguien que ya ha comenzado a cruzar al otro lado?
Se puso de pie con una facilidad que Mateo no esperaba. La sangre brotaba de su hombro, pero no parecía afectarle. En su mano derecha, de repente, había un cuchillo.
Un cuchillo con mango de hueso.
—Ahora —dijo el hombre, avanzando—. Vamos a ver quién de los dos es más digno de hablar con los muertos.