Mateo disparó dos veces más. La primera bala rozó el costado del hombre, arrancándole un juramento pero no deteniéndolo. La segunda impactó en el suelo cuando él tuvo que lanzarse a un lado para esquivar el cuchillo que silbó contra su rostro.
El arma se le escapó de la mano cuando rodó por el suelo de piedra. Oyó el sonido metálico del revólver golpeando contra la pared, pero no tuvo tiempo de buscarlo. El hombre ya estaba sobre él, con el cuchillo en alto.
Mateo levantó el brazo para protegerse y sintió el filo del cuchillo abrirle el antebrazo. El dolor fue agudo, ardiente, pero la adrenalina lo mantuvo en movimiento. Golpeó con la otra mano, conectando con la mandíbula del hombre, sintiendo el hueso crujir bajo sus nudillos.
El hombre retrocedió un paso, tambaleándose. Escupió sangre, pero sonrió.
—Tienes fuerza —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano enguantada—. Lástima que no tengas nada más.
Se lanzó de nuevo, y esta vez Mateo no pudo esquivarlo del todo. El cuchillo le abrió el costado, por debajo de las costillas, y sintió la sangre caliente empapándole la camisa. Cayó de rodillas, con el dolor estallándole en el costado como una segunda respiración.
El hombre se detuvo frente a él, jadeando, con el cuchillo chorreando sangre.
—La tercera pieza —dijo, extendiendo la mano—. Dámela. Y te prometo que tu muerte será rápida. Limpia. No como la de tu esposa. No como la de su tía.
Mateo levantó la vista. Su mano fue a su chaqueta, al bolsillo interior donde guardaba la reliquia.
Pero no la sacó.
En lugar de eso, cerró los ojos y se concentró.
Valeria, pensó, con todas las fuerzas de su mente. Valeria, ayúdame. No puedo contra él solo. Ayúdame.
Por un momento, nada.
Luego, el frío.
No era el frío que había sentido antes. Era un frío que llenaba la cámara, que condensaba la humedad en el aire, que hacía que su propia respiración se volviera visible. Las velas que el hombre había colocado alrededor del altar se apagaron una por una.
El hombre lo sintió. Lo vio en sus ojos negros, por primera vez, algo que no había estado allí antes: incertidumbre.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, dando un paso atrás.
—No estoy haciendo nada —dijo Mateo, con una sonrisa que debió parecer tan aterradora como la del hombre—. Ellas están haciendo todo.
Y entonces la cámara se llenó de fantasmas.
Surgieron de las paredes, del suelo, del techo. Mujeres, en su mayoría, pero también hombres. Algunos con las ropas de otro siglo, otros con la ropa con la que habían muerto hacía apenas unos años. Todos con las marcas de sus muertes a cuestas: cortes en la garganta, cráneos hundidos, cuerpos quemados.
Y en el centro de todos ellos, más brillante que los demás, más definida, más sólida, estaba Valeria.
Mateo la vio y el mundo se detuvo.
No era la sombra borrosa que había visto en su dormitorio. Era ella. Completa. Con su rostro, con sus ojos color avellana, con esa forma de inclinar la cabeza hacia la izquierda que él conocía tan bien. Llevaba puesto el suéter azul, el que él amaba, y una mano descansaba sobre su vientre, donde su hijo había estado.
Mateo, dijo, y su voz no era un susurro ahora. Era clara, firme, llena de una fuerza que él no sabía que los muertos podían tener. Levántate.
Mateo se puso de pie. El dolor en su costado seguía allí, pero algo lo sostenía. Algo que no era físico.
El hombre miraba a su alrededor con horror. Sus ojos negros, antes llenos de seguridad, ahora se movían frenéticamente de un fantasma a otro.
—No —dijo, sacudiendo la cabeza—. No es posible. Yo tengo dos piezas. Yo los controlo. Yo...
Ya no, dijo Valeria, y su voz resonó con el eco de todas las demás. Ya no tienes poder sobre nosotras.
El hombre levantó el cuchillo, pero sus manos temblaban. Por primera vez, Mateo lo vio con miedo.
—¡Yo las hice! —gritó, dando un paso hacia atrás—. ¡Yo las convertí en lo que son! ¡Sin mí, no serían nada!
Sin ti, dijo Elena Marchetti, apareciendo junto a Valeria, con su rostro desfigurado por la furia, nosotras estaríamos vivas.
Los fantasmas comenzaron a avanzar.
No caminaban. Flotaban, se deslizaban sobre la superficie de la piedra como una marea lenta e inexorable. El hombre retroced
hasta que su espalda chocó contra el altar.
—¡No! —gritó, agitando el cuchillo—. ¡Tengo las piezas! ¡Las tengo! ¡No pueden hacerme nada!
Tomó el relicario del altar y lo sostuvo frente a él como un escudo. Los fantasmas se detuvieron. Algunos de los más débiles retrocedieron, como si el objeto los repeliera.
Mateo vio su oportunidad.
Con un movimiento que le arrancó un grito de dolor de su costado abierto, se lanzó hacia adelante y agarró la caja de música. La sostuvo en alto.
—¡Dos contra una! —gritó—. ¡Ahora el poder no es solo tuyo!
El hombre lo miró con odio.
—No sabes lo que haces. Esas piezas son peligrosas. Pueden matarte.
—Ya estoy medio muerto —dijo Mateo, y era verdad. La sangre seguía brotando de su costado, empapándole la ropa, dejándolo débil. Pero no le importaba—. Suéltala. Suéltala o te juro que voy a usar esto para hacerte cosas que ni en tus pesadillas imaginaste.
El hombre dudó. En sus ojos negros, Mateo vio el cálculo. La evaluación de probabilidades.
Y luego, la locura.
—Si no puedo tenerlas —dijo el hombre, con una sonrisa que era pura demencia—. Nadie puede.
Levantó el relicario sobre su cabeza y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la pared de piedra.
Mateo vio cómo la plata volaba por el aire, cómo el relicario se abría en pleno vuelo, cómo las dos fotografías diminutas que contenía salían despedidas como dos pétalos blancos.
Y luego, el impacto.
La plata chocó contra la piedra con un sonido que resonó en la cámara como una campana rota. El relicario se hizo pedazos. Los fragmentos volaron en todas direcciones, y con ellos, algo más.
Algo que brilló.
Un diente.
Pequeño, amarillento, antiguo. Cayó al suelo con un ruido seco y rodó hasta detenerse en el centro de la cámara.
Y en ese momento, todo cambió.
Los fantasmas que habían retrocedido ante el relicario ahora se lanzaron hacia adelante con una furia que Mateo nunca había visto. El hombre gritó, tratando de defenderse con el cuchillo, pero los fantasmas no eran de carne y hueso. Sus manos atravesaban el metal como si no existiera.
Valeria fue la primera en alcanzarlo.
Por mi hijo, dijo, y sus manos fantasmas se hundieron en el pecho del hombre.
Él abrió la boca para gritar, pero ningún sonido salió. Sus ojos negros se abrieron desmesuradamente, y Mateo vio algo que nunca olvidaría: los fantasmas entrando en él. Entrando en su cuerpo. Llenándolo.
El hombre se arqueó hacia atrás, con los brazos extendidos, con la boca abierta en un grito silencioso. Y luego, lentamente, comenzó a cambiar.
Su rostro se distorsionó. Las facciones se desdibujaron, se mezclaron. Por un instante, Mateo vio el rostro de Valeria reflejado en él. Luego el de Elena. Luego el de otras mujeres, otros hombres, otras víctimas.
El cuerpo del hombre cayó al suelo con un golpe sordo.
Los fantasmas se disiparon.
Y Mateo se quedó solo en la cámara, con la sangre brotando de sus heridas, con los fragmentos del relicario esparcidos a sus pies, con el diente antiguo brillando en el centro del círculo de piedra.
Arrastrándose, se acercó al cuerpo del hombre. Lo volteó con el pie. Sus ojos ya no eran negros. Eran de un gris pálido, vacíos, muertos.
Pero en su rostro había una expresión que Mateo no esperaba.
Paz.
--
No recordaba haber salido del túnel.
No recordaba haber llamado a emergencias.
Lo siguiente que supo fue que estaba en una camilla, con luces blancas deslumbrándole los ojos, y la voz de Damián a su lado, diciendo algo que no podía entender.
—Mateo. Mateo, ¿me escuchas?
Parpadeó. El techo blanco era el de una ambulancia.
—Damián...
—Estuviste cinco horas bajo tierra, hermano. Casi te desangras. ¿Qué demonios pasó ahí abajo?
Mateo cerró los ojos.
—Lo encontré. El asesino de Valeria.
—Ya sé. Los forenses están bajando. ¿Qué pasó? ¿Cómo murió?
Mateo pensó en los fantasmas entrando en el cuerpo del hombre. Pensó en su rostro distorsionado, transformándose en todos los rostros de sus víctimas.
—Ataque al corazón —mintió—. Me atacó, forcejeamos, y le dio un ataque.
Damián lo miró. Sabía que no era toda la verdad. Pero también sabía que no iba a presionar. No ahora.
—La fiscalía va a tener preguntas —dijo en voz baja.
—Que las tengan. Tengo las respuestas.
Cerró los ojos de nuevo. En la penumbra detrás de sus párpados, creyó ver una sombra familiar. Una silueta con un suéter azul, una mano sobre el vientre.
Gracias, dijo la voz de Valeria, tan baja que casi no la escuchó.
—Perdón —susurró Mateo, y las lágrimas que no había podido derramar durante dos semanas finalmente brotaron, calientes, interminables—. Perdón por no haber estado allí. Perdón por no haberlos protegido.
No te perdones. Nos viste justicia. Eso es más de lo que la mayoría obtiene.
—¿Te vas?
Hubo un silencio. Luego, la sensación de un beso en su frente. Frío. Eterio. Real.
Tengo que irme. Él ya no nos retiene. Podemos... pasar. Pero tú... tú todavía tienes trabajo que hacer, Mateo.
—¿Qué trabajo?
Hay más. Siempre hay más. Los muertos que no encuentran justicia. Los que quedan atrás, esperando, sufriendo. Tú puedes oírnos. Tú puedes ayudarnos. No todos los que matan son como este hombre. Pero todos dejan fantasmas.
Mateo abrió los ojos. La ambulancia estaba vacía excepto por él y Damián. Pero en el cristal de la ventanilla, por un instante, vio el reflejo de una sonrisa.
La sonrisa de Valeria.
Te quiero, dijo el eco de su voz. Siempre
Y se fue.
Mateo cerró los ojos, y por primera vez en dos semanas, durmió sin sueños.