El departamento de policía envió una delegación completa. El jefe de policía dio un discurso. Damián fue uno de los portadores del féretro. Mateo no recordaba nada de eso. Solo recordaba la tierra cayendo sobre el ataúd de Valeria y el ataúd pequeño, tan pequeño, que enterraron junto al de ella.
Cuando terminó, cuando los asistentes se fueron dispersando, Mateo se quedó solo frente a las dos lápidas.
Había estado evitando este momento. Durante la investigación, durante la persecución, durante las horas en el túnel, había tenido un propósito. Una misión. Ahora, con el asesino muerto y las reliquias recuperadas (el diente y el trozo de tela, la caja de música destruida en la pelea), no sabía qué hacer consigo mismo.
Se arrodilló frente a la lápida de Valeria. Pasó los dedos sobre las letras grabadas en la piedra.
Valeria Vega (de soltera Marchetti)
1995 - 2023
Amada esposa y madre. Vivirá por siempre en nuestros corazones.
—No sé si puedo hacer esto sin ti —susurró—. No sé cómo seguir.
El viento sopló entre los árboles del cementerio, moviendo las hojas secas. Por un momento, Mateo sintió algo en el borde de su percepción. Una presencia. No la de Valeria, que sabía que se había ido para siempre. Algo más tenue. Más lejano.
Y sin embargo, familiar.
Se volvió. A veinte metros de distancia, entre las tumbas, había una figura. Una mujer joven, con un vestido blanco, de pie frente a una lápida. Tenía el rostro vuelto hacia él, pero cuando intentó distinguir sus rasgos, ella desapareció.
No como un fantasma que se desvanece. Como una persona que simplemente ya no está.
Mateo parpadeó. Tal vez era la falta de sueño. Tal vez las heridas que aún le dolían al moverse. Tal vez solo su mente jugándole trucos.
Pero cuando se puso de pie, algo en el bolsillo de su chaqueta le quemó contra el pecho.
La reliquia.
La había guardado después de la pelea en los túneles. No había sabido qué hacer con ella. El diente había sido entregado a la familia Marchetti, que decidió enterrarlo con Elena, completando así el ciclo. Pero el trozo de tela... el trozo de tela seguía con él.
Ahora ardía contra su piel con un calor que no era físico.
Mateo metió la mano en su chaqueta y tocó el pequeño paquete de cuero. Inmediatamente, el calor disminuyó, pero no desapareció. Era como si la reliquia le estuviera diciendo algo. Algo que aún no podía entender.
Se alejó de las tumbas caminando hacia atrás, sin querer dar la espalda a Valeria. Cuando llegó al camino de tierra que llevaba a la salida, se detuvo un momento.
—Te encontré —dijo en voz alta, aunque no había nadie cerca para escucharlo—. Encontré al que te hizo daño. Eso te di.
El silencio del cementerio fue su única respuesta.
—El resto... el resto se lo debo a los que vienen.
Y se fue.