El Susuro de los Muertos

Capítulo 10: Un mes después.

Mateo estaba sentado en su escritorio en la comisaría, mirando sin ver el informe de cierre del caso Valeria Vega. La fiscalía había aceptado su versión de los hechos: forcejeo con el sospechoso, muerte por paro cardíaco. Las pruebas forenses en los túneles (el altar, las pertenencias de las víctimas, los restos de otros objetos que vinculaban al hombre con al menos otros cuatro homicidios sin resolver) habían cerrado el caso con una contundencia que nadie esperaba.
El Enterrador, cuyo verdadero nombre resultó ser Sebastián Márquez, un anticuario con antecedentes por robo de patrimonio histórico, había resultado ser un asesino en serie que había estado operando durante al menos doce años. Su casa, registrada después de los hechos, contenía objetos robados de al menos quince víctimas.
Pero ninguna de esas víctimas había recibido justicia hasta que Mateo las encontró.
Damián se dejó caer en la silla de enfrente, con dos tazas de café en las manos. Le deslizó una a Mateo.
—El jefe quiere hablar contigo.
Mateo levantó la vista.
—¿Qué pasa?
—No sé. Pero tiene esa cara. La de "tengo una idea que no va a gustar".
Mateo suspiró. Bebió un sorbo de café, sintió el amargor en la lengua, y se levantó.
La oficina del jefe era pequeña, desordenada, con expedientes apilados en cada superficie disponible. El comisario Héctor Olmedo era un hombre de sesenta años, con la cara marcada por décadas de trabajo policial y una mirada que no se perdía nada.
—Siéntate, Vega —dijo sin levantar la vista de un expediente que estaba revisando—. ¿Cómo estás?
—Mejor.
—¿Mejor o "mejor"? Porque hay diferencia.
Mateo se sentó.
—Mejor de verdad. O al menos, mejor de lo que estaba.
Olmedo cerró el expediente y lo miró. Por un momento, Mateo pensó que iba a preguntarle sobre el caso, sobre las inconsistencias en su informe, sobre cómo había encontrado los túneles. Pero el comisario hizo otra cosa.
—He estado revisando tu historial —dijo—. Antes de... lo de tu esposa. Tenías un instinto. Un olfato para los casos que nadie más podía resolver. Cerraste cuatro homicidios en tres años. Eso es más que cualquier oficial de tu rango en esta comisaría.
—Tuve buenos compañeros.
—Tuviste suerte —lo corrigió Olmedo—. Y ahora tienes algo más. No sé qué pasó en esos túneles, Vega. No quiero saberlo. Pero desde que volviste, hay algo diferente en ti. Tus informes son más precisos. Tus intuiciones, más certeras. El caso de la mujer del río...
—¿Qué caso de la mujer del río?
Olmedo abrió el expediente que tenía sobre el escritorio y lo giró para que Mateo pudiera verlo. Era una foto de una mujer joven, de unos veinticinco años, con el rostro pálido y los ojos cerrados. La foto estaba tomada en una morgue.
—Apareció hace tres días. Flotando en el río, cerca del puente viejo. Sin identificación. Sin testigos. Sin nada. Los forenses dicen que fue estrangulada. Llevaba muerta aproximadamente una semana cuando la encontraron.
Mateo tomó la foto. La miró. En los bordes de su visión, sintió algo moverse. Un escalofrío que no era físico.
—¿Por qué me muestra esto?
—Porque necesito a alguien con tu... olfato —dijo Olmedo—. Te voy a asignar a una unidad nueva. Unidad de Casos sin Resolver. Vas a tener un equipo pequeño, recursos limitados, y una pila de expedientes de homicidios que nadie ha podido cerrar en los últimos diez años.
—Comisario, yo soy oficial de calle. No soy detective.
—Lo serás. A partir de hoy. La orden ya está firmada.
Olmedo le deslizó un papel por el escritorio. Mateo lo miró sin tocarlo.
—¿Y si no quiero?
—¿No quieres? —Olmedo se reclinó en su silla, estudiándolo—. Dime, Vega, ¿qué es lo que realmente quieres?
Mateo guardó silencio. En su mente, vio a Valeria despidiéndose en la ambulancia. Vio a Elena Marchetti diciéndole que había más. Vio a la mujer del vestido blanco en el cementerio, desapareciendo entre las tumbas.
—¿Cuándo empiezo? —preguntó.
Olmedo sonrió por primera vez.
—Mañana. El sargento Fuentes será tu compañero. Ya lo sabe. Ya aceptó.
—Damián no sabe nada de lo que pasó en los túneles.
—Ni tiene por qué saberlo —dijo Olmedo, y su mirada se volvió grave—. Pero si yo fuera tú, Vega, encontraría a alguien en quien confiar. Este trabajo... este trabajo puede volverse muy oscuro muy rápido. Y hacerlo solo es la manera más rápida de perderse en esa oscuridad.
Mateo asintió. Tomó el papel, lo dobló, y se lo guardó en el bolsillo.
Cuando salió de la oficina, Damián lo esperaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados.
—¿Bien?
—Bien —dijo Mateo—. Unidad de Casos sin Resolver.
—Ya lo sé. El jefe me lo dijo ayer.
—¿Y qué opinas?
Damián se encogió de hombros.
—Opino que alguien tiene que hacer ese trabajo. Y opino que tú, de alguna manera que no entiendo y que probablemente no quiero entender, tienes un talento para eso que yo no tengo.
Mateo lo miró. En los ojos de Damián no había juicio. Solo lealtad.
—¿Vas a preguntarme qué pasó en los túneles? —dijo Mateo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque cuando quieras decírmelo, me lo dirás. Y porque, honestamente, no estoy seguro de querer saberlo.
Mateo asintió lentamente.
—Bien —dijo—. Entonces empecemos.
Esa noche, Mateo fue a la morgue.
No tenía que hacerlo. El expediente de la mujer del río estaría en su escritorio a la mañana siguiente. Pero no podía esperar. Desde que Olmedo le había mostrado la foto, algo lo perseguía. Una sensación. Una presencia.
La morgue estaba vacía a esas horas. El encargado, un hombre de rasgos cansados que respondía al nombre de Ramiro, lo dejó pasar sin hacer preguntas. Ya conocía a Mateo de casos anteriores, y sabía que cuando un policía venía a estas horas, no era para hacer turismo.
La mujer estaba en el segundo cajón de la fila tres. Mateo dio las indicaciones y Ramiro abrió el cajón con un chirrido de metal.
Mateo se acercó.
Sobre la plancha de acero, cubierta hasta el cuello con una sábana blanca, estaba la mujer de la foto. Ahora, en persona, su rostro parecía más pequeño. Más vulnerable. Tenía moretones en el cuello, visibles incluso bajo la luz fría de los fluorescentes.
Mateo se quedó mirándola. No sabía qué esperaba. ¿Un fantasma que apareciera de inmediato? ¿Una voz que le susurrara la solución del caso? No era así como funcionaba. Lo había aprendido con Valeria. Los muertos no siempre querían hablar. Y cuando querían, no siempre podían.
Pero sintió algo. Un eco. Un susurro en los bordes de su conciencia.
Agua, decía la voz. Débil. Confusa. Mucha agua. Frío. Y luego... nada.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó Mateo en voz baja.
Silencio.
—No puedo ayudarte si no me dices quién fue.
La mujer no respondió. Pero en la superficie del acero pulido, justo al lado de su cabeza, Mateo vio algo que lo hizo detenerse.
Vaho.
Como si alguien hubiera exhalado sobre el metal frío. Y en ese vaho, por un instante, se formó una palabra.
RÍO.
Mateo se irguió lentamente.
—Gracias —dijo.
Cubrió el rostro de la mujer con la sábana, dio las indicaciones a Ramiro para que cerrara el cajón, y salió de la morgue.
Afuera, la noche estaba despejada. Las estrellas brillaban sobre la ciudad con una claridad que casi dolía.
Mateo se detuvo en el estacionamiento, mirando hacia el horizonte donde el río se perdía entre las luces de la ciudad.
En su bolsillo, la reliquia latía con un calor suave, constante, como un segundo corazón.
Sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero genuina.
—Un caso a la vez —dijo en voz alta—. Una víctima a la vez.
Y subió a su coche para comenzar la investigación de la mujer del río.
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Fin del Arco I




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