El día que el sol comenzó a morir, la humanidad todavía estaba celebrando.
Recuerdo haber pensado que era una ironía cruel. Mientras millones de personas miraban hacia el cielo con esperanza, preparando cámaras, transmitiendo mensajes y esperando un espectáculo único, yo observaba algo diferente.
Observaba el final.
Desde la cima de la antigua torre de vigilancia de Arken-7, la última ciudad habitada del hemisferio norte, contemplé el horizonte cubierto por una extraña tonalidad dorada. Era hermoso. Demasiado hermoso.
Y en mi experiencia, las cosas más hermosas a veces eran las más peligrosas.
—No deberías estar aquí arriba, Kael —dijo una voz detrás de mí.
No necesitaba girarme para saber quién era.
—Sigues caminando demasiado silenciosa, Lyra.
Ella se acercó hasta quedar a mi lado. Su cabello oscuro se movía con el viento helado y sus ojos reflejaban esa mezcla de inteligencia y cansancio que había visto en pocas personas. Lyra Aster era una de las mejores científicas de la generación perdida. También era una de las pocas personas que todavía se atrevía a decir la verdad.
—Y tú sigues fingiendo que no tienes miedo —respondió.
Sonreí levemente.
—El miedo no cambia nada.
—No. Pero ignorarlo tampoco.
Volví la mirada al cielo.
Durante décadas, los seres humanos habíamos creído que podíamos controlar todo. Habíamos conquistado océanos, creado ciudades artificiales, enviado máquinas más allá de nuestro sistema solar y modificado la naturaleza para adaptarla a nuestras necesidades.
Nos creíamos eternos.
Hasta que descubrimos que incluso una estrella podía morir.
—Los informes dicen que faltan ocho años para que la energía solar llegue al punto crítico —dije.
Lyra permaneció en silencio.
Ese silencio me preocupó más que cualquier respuesta.
—¿Qué ocurre?
Ella sacó una pequeña tableta metálica de su chaqueta y me la entregó.
—Mira esto.
Observé los datos.
No entendí todo al principio. Nunca fui un científico. Mi trabajo siempre había sido explorar lugares donde otros no querían entrar. Encontrar rutas imposibles. Recuperar información perdida.
Pero había algo en esos números que incluso yo podía comprender.
La fecha.
—Esto no coincide con los informes oficiales.
Lyra negó lentamente.
—Porque los informes oficiales son mentira.
El viento golpeó con fuerza la torre.
Durante unos segundos solo escuché el sonido de las placas metálicas vibrando bajo nuestros pies.
—¿Cuánto tiempo tenemos realmente?
Ella bajó la mirada.
—Diecisiete meses.
Sentí que el mundo se detenía.
Diecisiete meses.
No ocho años.
No una década para encontrar una solución.
Solo diecisiete meses.
—¿Quién más lo sabe?
Lyra guardó la tableta rápidamente.
—Nadie que siga vivo.
La miré confundido.
—¿Qué significa eso?
Ella respiró profundamente.
—Significa que todos los científicos que intentaron publicar estos datos desaparecieron.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
Desaparecieron.
No murieron.
No fueron asesinados.
Desaparecieron.
Era una palabra que los gobiernos utilizaban cuando querían esconder algo.
Yo conocía demasiado bien ese tipo de palabras.
—¿Quién está detrás?
Lyra observó las enormes paredes de la ciudad.
Arken-7 era una maravilla tecnológica. Una ciudad construida bajo una cúpula transparente de cientos de metros de altura. Allí vivían los últimos millones de personas con acceso a energía, alimentos y protección contra el clima extremo.
Pero también era una prisión perfecta.
—El Consejo Solar —susurró.
Sentí un escalofrío.
El Consejo Solar controlaba los recursos, las comunicaciones y la información de todas las ciudades supervivientes. Decían proteger a la humanidad.
Pero yo había aprendido algo durante mis años como explorador.
Aquellos que tienen demasiado poder siempre encuentran una razón para ocultar sus verdaderas intenciones.
—¿Por qué me cuentas esto?
Lyra me miró fijamente.
Por un momento pensé que estaba buscando una respuesta adecuada.
Pero no.
Parecía estar tomando una decisión.
—Porque tú ya viste algo que nadie más vio.
Fruncí el ceño.
—¿De qué hablas?
Ella dio un paso hacia mí.
—La expedición de Némesis.
El nombre golpeó mi memoria como una herida abierta.
Némesis.
La misión que destruyó mi vida.
Hacía cinco años había liderado una expedición hacia una zona prohibida conocida como El Territorio Cero. Un lugar donde las antiguas civilizaciones habían desaparecido sin dejar explicación.
Mi equipo estaba formado por siete personas.
Regresé solo.
Al menos eso era lo que todos creían.
—No quiero hablar de eso.
—Tienes que hacerlo.
—No.
—Kael…
—¡He dicho que no!
Mi voz resonó por toda la torre.
Lyra no retrocedió.
Eso era algo que siempre había admirado de ella. No tenía miedo de enfrentarse a nadie.
Ni siquiera a mí.
—Encontraste algo allí —dijo.
Sentí que mi cuerpo se tensaba.
—No sabes lo que encontré.
—Sí lo sé.
La miré sorprendido.
—¿Cómo?
Ella bajó la voz.
—Porque yo fui quien recibió la transmisión.
El mundo pareció volverse más frío.
—¿Qué transmisión?
Lyra abrió una pequeña cápsula plateada.
Dentro había un dispositivo antiguo.
Demasiado antiguo.
Lo reconocí inmediatamente.
Era tecnología previa al colapso.
Tecnología que oficialmente ya no existía.
—Esto estaba en tu nave cuando regresaste de Némesis.
Negué lentamente.
—Eso no puede ser.
—Tú no lo recuerdas.
La miré con incredulidad.
—¿Qué estás diciendo?
Lyra activó el dispositivo.
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Editado: 07.08.2026