El Último Amanecer

Capítulo 3: La Puerta Bajo el Hielo

Durante años pensé que el miedo tenía un rostro.

Me equivoqué.

El verdadero miedo no tiene rostro.

Tiene recuerdos.

Y esa noche, mientras la ciudad de Arken-7 se preparaba para enfrentar una amenaza desconocida, mis recuerdos comenzaron a regresar como fragmentos de una vida que quizás nunca fue mía.

La puerta.

El hielo.

La voz.

Mi hermano.

Elian Varen.

Un hombre que llevaba veinte años muerto.

O eso había creído.

—Kael, tenemos que irnos.

La voz de Lyra rompió mis pensamientos.

La miré.

Ella ya había tomado una decisión.

Podía verlo en sus ojos.

No era valentía.

Era algo más peligroso.

Determinación.

—¿Irnos a dónde? —pregunté.

Ella señaló la pantalla apagada donde segundos antes había aparecido el rostro de Elian.

—A donde empezó todo.

Negué lentamente.

—No entiendes lo que estás diciendo.

—Sí lo entiendo.

—No. No lo entiendes.

Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba.

Los soldados del Consejo Solar seguían apuntándonos.

El director Armand Vale observaba la escena sin intervenir.

Demasiado tranquilo.

Eso me preocupaba.

Los hombres peligrosos no eran los que gritaban órdenes.

Eran los que esperaban.

—Hace cinco años perdí a seis personas ahí —dije mirando a Lyra—. Perdí mi equipo. Perdí mi memoria. Perdí una parte de mí que nunca pude recuperar.

Ella sostuvo mi mirada.

—Tal vez no la perdiste, Kael.

Hizo una pausa.

—Tal vez alguien te la quitó.

Aquellas palabras me golpearon.

Porque una pequeña parte de mí siempre había tenido esa sospecha.

Desde que regresé de Némesis había existido un vacío en mi mente.

Horas enteras desaparecidas.

Imágenes que aparecían en mis sueños.

Una voz llamándome desde la oscuridad.

Y una sensación constante de que había olvidado algo importante.

Algo que podía cambiarlo todo.

—Director Vale —dije sin apartar la mirada de Lyra—. ¿Qué sabe usted?

El hombre sonrió.

—Más de lo que usted imagina.

—Entonces explique.

Armand caminó lentamente por la torre.

Sus pasos resonaban sobre el metal.

—La humanidad lleva siglos buscando su origen. Creímos que estaba en nuestras primeras ciudades, en nuestros primeros textos, en nuestras primeras civilizaciones.

Se detuvo frente a la enorme ventana.

—Estábamos equivocados.

Miró el cielo oscuro.

—Nuestro origen está mucho más lejos de lo que todos creen.

—¿Está hablando de extraterrestres? —preguntó Lyra con desprecio.

Armand sonrió.

—Siempre es curioso cómo los humanos aceptan la idea de miles de millones de estrellas, pero consideran imposible que alguna haya dejado una respuesta.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué hay detrás de esa puerta?

El director me miró.

Y por primera vez vi algo extraño en sus ojos.

No era miedo.

Era respeto.

—La verdad.

—Eso no significa nada.

—Significa todo.

Se acercó.

Los soldados levantaron sus armas.

Pero Armand levantó una mano.

No quería que dispararan.

—Kael Varen, usted cree que es un explorador.

Hizo una pausa.

—Pero usted nunca estuvo buscando lugares perdidos.

Mi mandíbula se tensó.

—¿Entonces qué era?

La respuesta llegó como un golpe.

—Usted era una llave.

El silencio que siguió fue insoportable.

Lyra me miró.

Yo no pude reaccionar.

Una llave.

No un hombre.

No un explorador.

No un sobreviviente.

Una llave.

—Está mintiendo.

Armand negó.

—Ojalá fuera así.

En ese momento, todas las alarmas de la ciudad cambiaron de frecuencia.

Ya no era una alerta de ataque.

Era una señal antigua.

Una señal que nadie en Arken-7 había escuchado jamás.

Lyra sacó su dispositivo.

Sus manos temblaban.

—No puede ser.

—¿Qué ocurre?

Ella miró la pantalla.

—La puerta está transmitiendo.

Armand cerró los ojos.

Como si hubiera esperado ese momento durante años.

—Finalmente despertó.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

El director me observó.

—Significa que el mundo acaba de recibir su última oportunidad.

Antes de que pudiera responder, una explosión sacudió la torre.

El suelo se partió bajo nuestros pies.

Los soldados perdieron el equilibrio.

Y durante unos segundos, todo quedó en caos.

Lyra me tomó del brazo.

—¡Ahora!

Corrimos.

No hacia la salida.

Hacia la parte antigua de la torre.

Sabía que era una locura.

Pero en ese momento entendí algo.

Si Armand quería detenernos, era porque íbamos en la dirección correcta.

Atravesamos un corredor abandonado hasta llegar a una antigua plataforma de transporte.

Lyra activó los controles.

Nada ocurrió.

—Vamos…

Golpeó la consola.

—Vamos.

Las luces comenzaron a encenderse una por una.

La plataforma llevaba décadas sin funcionar.

—¿Cómo sabes usar esto?

Me miró.

—Porque no es la primera vez que estoy aquí.

Me detuve.

—¿Qué?

Ella apartó la mirada.

Demasiado tarde.

Ya había entendido.

—Tú estuviste en Némesis.

Lyra guardó silencio.

—Lyra…

—Sí.

La plataforma comenzó a descender.

—Yo estaba allí.

Sentí que el mundo se volvía más extraño.

—Me dijiste que nunca habías ido.

—Porque me hicieron olvidar.

La miré sin poder creerlo.

—¿Quién?

Ella respondió con una voz casi apagada:

—El mismo que borró tus recuerdos.

Las paredes comenzaron a vibrar.

La plataforma descendía hacia las profundidades de Arken-7.

Un lugar que oficialmente no existía.

—¿Qué había debajo de la ciudad?

Lyra no respondió inmediatamente.




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