El Último Amanecer

Capítulo 4: El Hombre Que Llevaba Mi Rostro

Durante toda mi vida pensé que conocía mi propia historia.

Ahora comenzaba a descubrir que quizás mi vida entera había sido escrita por alguien más.

Crucé la puerta.

Y por primera vez en muchos años sentí algo que creía perdido.

Sentí miedo.

No el miedo de morir.

Ese miedo ya lo conocía.

Era algo diferente.

Era el miedo de descubrir que todo lo que había amado, todo lo que había perdido y todo lo que había recordado podía ser una mentira.

Al otro lado de aquella puerta no había un laboratorio antiguo.

No había una cámara secreta llena de máquinas olvidadas.

Había una ciudad.

Una ciudad imposible.

Gigantescas estructuras de cristal azul se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Torres suspendidas en el aire flotaban sin ningún tipo de soporte visible. Ríos de energía recorrían las paredes como si fueran venas iluminadas de un organismo vivo.

Era hermosa.

Y aterradora.

Porque aquella ciudad no parecía abandonada.

Parecía esperando.

—Esto no existe —susurré.

Lyra se quedó detrás de mí, observando todo con la misma expresión de incredulidad.

—Existe.

Su voz era casi un susurro.

—Siempre existió.

Di unos pasos hacia adelante.

El suelo reaccionaba bajo mis pies. Cada movimiento activaba líneas de luz que desaparecían después de unos segundos.

Como si la ciudad me reconociera.

Como si supiera quién era.

—¿Qué lugar es este?

Lyra no respondió.

Entonces escuché una voz.

—Bienvenido, Kael.

Me giré rápidamente.

Un hombre apareció al final del enorme corredor.

Durante un segundo mi mente se negó a aceptar lo que mis ojos estaban viendo.

Era yo.

No alguien parecido.

No un hombre con rasgos similares.

Era yo.

La misma altura.

La misma mirada.

La misma cicatriz sobre la ceja izquierda.

La única diferencia era que sus ojos tenían algo que los míos habían perdido hacía mucho tiempo.

Paz.

—No puede ser…

El hombre se acercó lentamente.

Lyra levantó su arma.

—No sabemos qué es.

Él sonrió.

—Sigues protegiéndolo.

Lyra se quedó inmóvil.

—¿Me conoces?

El hombre la miró con tristeza.

—Me conoces.

Ella retrocedió.

—No.

—Sí, Lyra.

Pronunció su nombre como alguien que recordaba un momento lejano.

—Fuiste la primera persona que intentó salvarlo.

Sentí una presión en el pecho.

—¿Quién eres?

El hombre me miró directamente.

Y aunque sabía la respuesta, necesitaba escucharla.

—Soy Elian Varen.

Silencio.

Ese nombre volvió a golpearme.

—Mi hermano murió.

Elian bajó la mirada.

—Eso fue lo que te dijeron.

—Yo vi su cuerpo.

—No.

Su respuesta fue firme.

—Viste un cuerpo.

Sentí que mi respiración se aceleraba.

—Explícate.

Elian caminó hasta una enorme plataforma circular en el centro de la sala.

Sobre ella apareció una imagen holográfica.

La Tierra.

Pero no la Tierra que conocíamos.

Era una Tierra antigua.

Una Tierra donde las ciudades brillaban como estrellas y la humanidad parecía haber alcanzado un nivel imposible de imaginar.

—Antes del colapso hubo una civilización que llegó más lejos de lo que todos creen.

La imagen mostró personas trabajando con una tecnología desconocida.

—Descubrieron cómo modificar la materia. Cómo manipular la energía. Cómo conservar recuerdos más allá del cuerpo.

Lyra observaba cada imagen.

—Eso es imposible.

Elian la miró.

—Tú misma ayudaste a construirlo.

Ella quedó paralizada.

—¿Qué?

—No recuerdas porque ellos borraron esa parte.

Señaló mi cabeza.

—Y también la de él.

Me acerqué.

—¿Quiénes son ellos?

Elian guardó silencio.

Demasiado tiempo.

Entonces comprendí.

—El Consejo Solar.

Negó lentamente.

—No.

La respuesta me sorprendió.

—Entonces ¿quién?

La ciudad completa comenzó a iluminarse.

Millones de símbolos aparecieron en las paredes.

Elian levantó la mirada.

—Nosotros.

No entendí.

—¿Qué significa eso?

Se acercó.

—La humanidad que existe ahora no es la primera humanidad.

Una pausa.

—Es una copia.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—No.

—Sí.

—Eso es absurdo.

—¿Recuerdas la expedición Némesis?

Mi expresión cambió.

—Sí.

—No buscábamos una ciudad perdida.

Hizo una pausa.

—Buscábamos el lugar donde guardamos nuestro pasado.

Miré a Lyra.

Ella parecía tan confundida como yo.

—¿Guardamos?

Elian asintió.

—Cuando descubrimos que el planeta estaba condenado, la humanidad creó un último proyecto.

Las luces disminuyeron.

—El Proyecto Amanecer.

Ese nombre me resultaba familiar.

Como un recuerdo enterrado.

—¿Qué era?

Elian me miró.

—Un intento de reiniciar la humanidad.

Silencio.

—Crearon una nueva versión de nosotros.

—¿Versiones?

—Personas creadas a partir de recuerdos, genética y experiencias humanas.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Estás diciendo que no somos reales?

Elian negó.

—Estoy diciendo algo más complicado.

Se acercó.

—Son reales porque sienten. Porque aman. Porque sufren.

Su voz se volvió más grave.

—Pero fueron creados para reemplazarnos.

Miré mis manos.

Toda mi vida.

Mis recuerdos.

Mis emociones.

Todo parecía tambalearse.

—¿Entonces qué soy?

Elian me observó con una tristeza profunda.

—Eres el último intento de la humanidad por sobrevivir.

Antes de que pudiera responder, una alarma comenzó a sonar.

Una alarma diferente.

Una alarma que parecía venir de toda la ciudad.




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