El Último Amanecer

Capítulo 8: El Pecado de Crear Vida

La frase seguía resonando en mi mente.

“Tú no eres la última esperanza de la humanidad.”

“Eres la razón por la que comenzó el fin.”

Durante toda mi vida había buscado un propósito.

Pensé que era encontrar lugares perdidos.

Pensé que era descubrir secretos enterrados bajo toneladas de hielo.

Pensé que era sobrevivir.

Pero ahora estaba frente a una verdad que parecía imposible de aceptar.

Quizás mi existencia no había sido una respuesta.

Quizás había sido el problema.

La ciudad continuaba temblando.

Las paredes antiguas emitían sonidos profundos, como si aquel lugar estuviera despertando después de una larga pesadilla.

La puerta permanecía abierta.

Y detrás de ella, algo observaba.

Algo que sabía quién era yo.

Algo que me había estado esperando.

—Necesito respuestas —dije.

Nadie respondió.

Miré a Elian.

Luego a Adrián.

Finalmente al primer Kael.

—Todos ustedes saben algo que yo no sé.

Mi voz se volvió más firme.

—Y estoy cansado de descubrir mi propia vida como si fuera un extraño.

El primer Kael bajó la mirada.

Por primera vez dejó de parecer superior.

Parecía cansado.

Como alguien que había cargado con el peso de una verdad demasiado grande durante demasiado tiempo.

—Tienes razón.

Se acercó lentamente.

—Mereces saberlo.

Adrián lo miró con desaprobación.

—Si recuerda todo ahora, podría perder el control.

El primer Kael respondió sin mirarlo:

—Ya perdió suficiente.

Aquella frase me sorprendió.

Porque por primera vez alguien no me veía como un experimento.

Me veía como una persona.

—Hace mucho tiempo —comenzó el primer Kael—, antes de que existiera Arken-7, antes de que el Consejo Solar tomara el control, la humanidad estaba al borde de la extinción.

La pantalla holográfica volvió a encenderse.

Aparecieron imágenes de la antigua Tierra.

Una Tierra moribunda.

Ciudades destruidas.

Océanos desapareciendo.

El cielo cubierto por una sombra permanente.

—El planeta estaba condenado.

La imagen mostró científicos trabajando desesperadamente.

—Entonces crearon el Proyecto Amanecer.

Lyra observaba las imágenes.

Su rostro cambió lentamente.

Como si una parte de ella estuviera recordando.

—Yo estaba allí…

Todos la miramos.

Ella llevó una mano a su cabeza.

—Yo recuerdo ese lugar.

Elian se acercó preocupado.

—Lyra.

Ella retrocedió.

—No me toques.

Su voz estaba llena de dolor.

—Me quitaste años de mi vida.

Elian aceptó el golpe.

—Lo sé.

—¿Cuánto me borraste?

Él guardó silencio.

Y esa respuesta fue suficiente.

Los ojos de Lyra se llenaron de lágrimas contenidas.

—Toda una vida.

Elian no pudo responder.

Entonces el primer Kael continuó.

—El Proyecto Amanecer tenía una misión.

Miró las cápsulas alrededor.

—Crear una nueva humanidad capaz de sobrevivir cuando la antigua desapareciera.

—¿Y por qué fracasó? —pregunté.

Adrián respondió esta vez.

—Porque cometimos un error.

Lo miré.

—¿Cuál?

Su expresión se endureció.

—Creamos humanos sin permitirles ser humanos.

Silencio.

—Los diseñamos para sobrevivir.

Pausa.

—Pero olvidamos enseñarles a vivir.

La frase me impactó.

Porque de alguna manera entendía lo que quería decir.

Toda mi existencia había sido una misión.

Una búsqueda.

Una lucha.

Pero nunca había sabido realmente quién era.

—Entonces crearon miles de versiones —dije.

El primer Kael asintió.

—Sí.

—Y todas fallaron.

—No todas.

Me miró.

—Algunas empezaron a sentir.

Señaló las cápsulas.

—A amar.

—A sufrir.

—A preguntarse por qué existían.

Mi mirada se perdió entre aquellos cuerpos dormidos.

Personas que nunca tuvieron una oportunidad.

—¿Y qué hicieron con ellas?

Nadie respondió.

Pero no hacía falta.

Lo entendí.

Las descartaron.

Como si fueran objetos.

Como si la vida pudiera medirse por resultados.

Entonces comprendí algo.

El verdadero monstruo no estaba detrás de la puerta.

El verdadero monstruo había nacido mucho antes.

Dentro de nosotros.

—¿Y yo? —pregunté.

El primer Kael me observó.

—Tú fuiste diferente.

—¿Por qué?

Su respuesta fue inmediata.

—Porque fuiste el primero que empezó a recordar.

La ciudad quedó en silencio.

—¿Recordar qué?

El primer Kael caminó hasta una consola antigua.

Activó una grabación.

Apareció una imagen.

Yo.

Pero no el yo actual.

Un niño.

Un niño dentro de una cámara.

Observando el mundo exterior.

Sentí un golpe en el pecho.

—No…

La grabación continuó.

Una mujer aparecía junto a la cápsula.

Una mujer que no conocía.

Pero que provocó algo extraño dentro de mí.

Una sensación.

Como si mi cuerpo la recordara.

Ella apoyó su mano sobre el cristal.

—Algún día conocerás el mundo, Kael.

Mi respiración se detuvo.

—Y cuando lo hagas, quiero que recuerdes algo.

La mujer sonrió.

—No naciste para reemplazar a nadie.

Pausa.

—Naciste para elegir quién quieres ser.

La grabación terminó.

No podía moverme.

—¿Quién era ella?

Elian apartó la mirada.

Adrián respondió:

—Tu madre.

El mundo se detuvo.

—Eso es imposible.

—No.

Adrián negó.

—Lo imposible fue que la olvidaras.

Sentí una mezcla de emociones.

Rabia.

Dolor.

Confusión.

—Yo no tengo madre.

El primer Kael me miró con tristeza.

—Eso fue lo primero que te quitaron.




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