El Último Amanecer

Capítulo 13: La Madre del Recuerdo

—¿Hijo…?

Aquella única palabra atravesó mi corazón con una fuerza imposible de describir.

Miles de cápsulas continuaban abriéndose alrededor de nosotros mientras una tenue luz dorada inundaba la ciudad antigua.

Pero yo no podía apartar la mirada de aquella mujer.

Sus ojos.

Su sonrisa.

La manera en que pronunciaba aquella palabra.

Todo dentro de mí reaccionaba como si una parte olvidada de mi alma acabara de despertar.

Di un paso hacia ella.

Luego otro.

No sabía quién era.

No sabía si debía confiar.

Pero algo más fuerte que la razón me obligaba a acercarme.

Ella extendió lentamente su mano.

—Ven…

Su voz temblaba.

No de miedo.

De emoción.

Sentía que llevaba siglos esperando ese instante.

—¿Quién eres? —pregunté.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Hace mucho tiempo…

Respiró profundamente.

—Soñé con volver a verte.

Elian bajó la cabeza.

Adrián cerró los ojos.

Adán permanecía inmóvil.

Como si conociera perfectamente aquella escena.

La mujer sonrió con tristeza.

—Mi nombre es Elena.

Sentí un estremecimiento.

Ese nombre.

Ya lo había escuchado.

La discusión entre Adrián y aquella mujer.

La grabación.

La memoria.

Todo comenzaba a unirse.

Miré a Adrián.

—¿Es ella?

Él apenas pudo responder.

—Sí.

La voz se le quebró.

—Es mi esposa.

Elena giró lentamente hacia él.

Sus ojos ya no mostraban ternura.

Mostraban dolor.

Un dolor inmenso.

—Han pasado trescientos doce años…

Adrián bajó la mirada.

—Lo sé.

—¿Sabes?

Ella dio un paso hacia él.

—¿Sabes lo que significa despertar y descubrir que todo aquello por lo que luchaste desapareció?

Él no respondió.

—¿Sabes lo que significa perder a tus hijos… a tus amigos… a tu mundo?

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Adrián.

—Nunca dejé de buscarlos.

—Pero sí dejaste de creer en ellos.

El silencio fue absoluto.

Elena respiró profundamente antes de volver a mirarme.

Y entonces sonrió otra vez.

Una sonrisa distinta.

Llena de paz.

—Él se parece mucho a ti.

Miró a Adrián.

—Mucho más de lo que imaginabas.

Fruncí el ceño.

—No entiendo.

Elena caminó lentamente hacia mí.

—Porque nunca fui tu madre biológica.

Mi corazón dio un vuelco.

Otra vez.

Otra verdad.

Otro golpe.

Pero esta vez no sentí rabia.

Solo deseaba comprender.

Ella tomó suavemente mis manos.

—Yo fui quien te enseñó a sentir.

La observé sin comprender.

—Cuando eras apenas un niño…

Pausa.

—Todos querían convertirte en un arma perfecta.

Adán cerró lentamente los ojos.

—Era el protocolo.

Elena negó.

—Y yo me negué.

Las imágenes comenzaron a aparecer alrededor de nosotros.

La ciudad proyectaba recuerdos.

Vi un pequeño laboratorio.

Un niño.

Yo.

Sentado frente a una enorme ventana.

Solo.

Sin hablar.

Sin expresar ninguna emoción.

Entonces apareció Elena.

Se sentó a mi lado.

Sacó una pequeña flor amarilla de su bolsillo.

La puso frente a mí.

—¿Sabes cómo se llama?

El niño negó con la cabeza.

Ella sonrió.

—Esperanza.

El pequeño Kael tomó la flor con curiosidad.

Era la primera vez que sonreía.

Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro.

Yo recordaba ese momento.

No con imágenes.

Con emociones.

La sensación de seguridad.

La sensación de no estar solo.

Elena observó la proyección.

—Ese fue el día en que entendí que ustedes no eran máquinas.

Me miró.

—Eran niños.

Lyra no pudo contener las lágrimas.

—Por eso luchaste contra el proyecto.

Elena asintió.

—Sí.

—Porque comprendí que una vida creada seguía siendo una vida.

Adrián dio un paso hacia ella.

—Yo también terminé comprendiéndolo.

Ella lo observó.

—Demasiado tarde.

Las palabras fueron como una herida abierta.

Adrián bajó nuevamente la cabeza.

No intentó defenderse.

Porque sabía que ella tenía razón.

Entonces AURA volvió a hablar.

Pero algo era diferente.

Su voz ya no era completamente mecánica.

Había pequeñas variaciones.

Como si las emociones de Alba estuvieran alterando su programación.

—Analizando…

Pausa.

—Concepto: madre.

Silencio.

—Información insuficiente.

Alba caminó lentamente hasta quedar frente al núcleo de la ciudad.

—Porque una madre no puede definirse con datos.

AURA permaneció en silencio.

Alba apoyó su pequeña mano sobre una de las columnas de cristal.

—Una madre es quien ama incluso cuando todo parece perdido.

Las luces comenzaron a cambiar de color.

La inmensa ciudad reaccionaba.

Las cápsulas seguían abriéndose.

Más personas despertaban.

Algunas lloraban.

Otras se abrazaban sin entender cuánto tiempo había pasado.

La esperanza comenzaba a regresar.

Pero entonces…

Las alarmas volvieron.

Esta vez eran diferentes.

Muchísimo más intensas.

Las torres comenzaron a emitir un resplandor rojo.

La voz de AURA cambió nuevamente.

—Advertencia.

Todos levantamos la mirada.

—Entidad externa aproximándose.

Adán abrió los ojos con violencia.

—No…

Elian dio un paso adelante.

—¿Qué ocurre?

Adán parecía realmente aterrado.

—Ellos nos encontraron.

—¿Quiénes?

La respuesta llegó antes que sus palabras.

Toda la ciudad tembló.

El techo comenzó a abrirse lentamente.

A través de la gigantesca abertura vimos el cielo.

Pero ya no era el cielo oscuro que conocíamos.




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