El Último Amanecer

Capítulo 15: La ciudad de los que quedaron

El silencio era lo más aterrador.

No el ruido de las explosiones que habían sacudido el mundo durante las últimas semanas. No las sirenas que anunciaban que algo más había desaparecido. No los gritos de aquellos que corrían buscando una respuesta cuando ya no quedaban respuestas.

Era el silencio.

Un silencio tan profundo que parecía que la Tierra entera estaba conteniendo la respiración.

Abrí los ojos lentamente. Durante unos segundos no recordé dónde estaba. Solo sentía el frío atravesando mi ropa y el peso de una realidad que cada mañana parecía más imposible de aceptar.

El mundo que conocíamos había terminado.

La ventana rota frente a mí dejaba entrar una luz grisácea, una especie de amanecer sin vida. Antes, los amaneceres significaban oportunidades. Nuevos comienzos. Promesas.

Ahora eran solamente una confirmación de que habíamos sobrevivido una noche más.

Me incorporé lentamente del suelo.

—¿Dormiste algo? —preguntó una voz detrás de mí.

Era Elena.

Estaba sentada junto a una vieja mesa de madera, revisando las pocas provisiones que nos quedaban. Su rostro mostraba cansancio, pero sus ojos todavía conservaban algo que muchos habían perdido: esperanza.

—No estoy seguro —respondí—. Creo que uno ya no duerme de verdad. Solo cierra los ojos y espera que nada ocurra.

Ella bajó la mirada.

—Eso es lo que más miedo me da.

Me acerqué a ella.

—¿Qué cosa?

Guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Que nos acostumbremos.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire.

Porque tenía razón.

Ese era el verdadero peligro.

No morir.

Acostumbrarnos a vivir como si ya estuviéramos muertos.

Habían pasado quince días desde la última comunicación recibida desde el exterior.

Quince días desde que la señal mundial desapareció.

Quince días desde aquel mensaje que cambió todo:

“No busquen refugio. Busquen la verdad.”

Nadie sabía quién lo había enviado.

Nadie sabía qué significaba.

Pero todos los sobrevivientes que habían captado aquella transmisión tenían la misma pregunta:

¿Por qué alguien que sabía lo que estaba ocurriendo no había intentado salvarnos?

Durante los últimos días habíamos seguido pistas ocultas en antiguas frecuencias de radio. Mensajes fragmentados. Coordenadas incompletas. Voces que aparecían durante segundos y luego desaparecían para siempre.

Hasta que encontramos una ubicación.

Una ciudad abandonada al norte.

Un lugar que, según los últimos registros, debía estar completamente vacío.

Pero alguien había activado una señal desde allí.

Alguien estaba esperando.

—Tenemos que irnos hoy —dije.

Elena levantó la mirada.

—¿Estás seguro?

Miré por la ventana.

En la distancia, entre edificios destruidos, una columna de humo se elevaba hacia el cielo.

—No.

Ella frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué vamos?

Tomé la mochila y ajusté las correas.

—Porque quedarse aquí significa esperar la muerte.

Hice una pausa.

—Y quizás allí encontremos la razón por la que el mundo terminó.

El camino hacia la ciudad fue más peligroso de lo que imaginábamos.

Las calles que antes estaban llenas de personas ahora parecían restos de una civilización olvidada.

Autos abandonados.

Casas abiertas.

Fotografías familiares tiradas en las veredas.

Pequeños fragmentos de vidas que habían desaparecido en cuestión de días.

En un cruce encontramos algo extraño.

Un mensaje escrito sobre una pared.

No era una advertencia.

No era una amenaza.

Era una frase.

Elena se acercó lentamente y la leyó en voz baja:

—“El último amanecer no será el final… será el comienzo.”

Sentí un escalofrío.

—Alguien estuvo aquí.

Ella me miró.

—¿Crees que nos están siguiendo?

Observé alrededor.

El viento movía papeles viejos por la calle vacía.

Pero tuve una sensación extraña.

Como si alguien nos estuviera observando.

Como si toda esa destrucción no fuera accidental.

Como si el mundo no hubiera terminado por completo.

Como si alguien hubiera elegido quién debía sobrevivir.

Llegamos al punto marcado cuando comenzaba a oscurecer.

Era un antiguo centro de investigación.

La puerta principal estaba cerrada.

Pero no tenía candado.

Solo tenía una frase grabada en metal:

“Si estás leyendo esto, significa que llegaste hasta aquí. Ahora debes decidir si quieres conocer la verdad.”

Elena me miró preocupada.

—No me gusta esto.

—A mí tampoco.

—Entonces vámonos.

Puse mi mano sobre la puerta.

Pero antes de abrirla, escuchamos algo.

Un sonido.

Un golpe.

Venía del interior.

Nos quedamos inmóviles.

Otro golpe.

Más fuerte.

Después una voz.

Una voz humana.

—Si pueden escucharme…

Elena dio un paso atrás.

—Hay alguien ahí.

La voz continuó:

—Si están afuera… no entren.

Nos miramos confundidos.

Entonces llegó la última frase.

Una frase que cambiaría todo.

—Porque ustedes no son los primeros sobrevivientes que llegan aquí.

Silencio.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Qué significa eso? —grité.

Durante unos segundos no hubo respuesta.

Hasta que la voz dijo:

—Significa que los otros ya descubrieron la verdad.

Pausa.

—Y por eso intentaron matarnos.

La puerta comenzó a abrirse lentamente desde adentro.

Y en la oscuridad apareció una figura.

Un hombre cubierto de sangre.

Nos miró con terror.

—Llegaron demasiado tarde.

Elena retrocedió.

—¿Quién eres?

El hombre respiró con dificultad.

Y antes de caer al suelo pronunció unas últimas palabras:

—Soy el último científico que intentó salvar al mundo…




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