El Último Amanecer

Capítulo 16: El experimento que condenó a la humanidad

El hombre cayó de rodillas antes de desplomarse sobre el suelo de cemento.

Corrí hacia él mientras Elena cerraba la pesada puerta metálica con todas sus fuerzas. El eco del portón retumbó por los interminables pasillos del complejo subterráneo.

—¡Ayúdame! —grité.

Nos arrodillamos junto al desconocido.

Su ropa, que alguna vez había sido una bata blanca de laboratorio, estaba desgarrada y cubierta de sangre seca. Tenía el rostro demacrado, una barba de varios días y unos ojos hundidos que revelaban semanas, quizás meses, sin dormir.

Aun así, conservaban una lucidez inquietante.

—No… no hay tiempo… —susurró con la respiración entrecortada.

Elena abrió el pequeño botiquín que llevaba en la mochila.

—Tiene una herida profunda en el costado.

—No importa… ya es tarde para mí…

—No hables —respondió ella mientras intentaba detener la hemorragia.

El hombre negó lentamente con la cabeza.

—Escúchenme… porque cuando yo muera… ustedes serán los únicos que conocerán la verdad.

Sentí un nudo en el estómago.

Durante semanas habíamos sobrevivido sin respuestas.

Ahora, por fin, alguien parecía tenerlas.

Pero también parecía estar muriendo.

El laboratorio era inmenso.

Generadores de emergencia mantenían encendidas algunas luces parpadeantes.

Decenas de computadoras seguían funcionando.

Pantallas con gráficos incomprensibles.

Mapas del mundo.

Registros satelitales.

Miles de archivos.

Parecía imposible que aquel lugar continuara con energía cuando el resto del planeta había colapsado.

—¿Cómo… cómo sigue funcionando todo esto? —preguntó Elena.

El científico sonrió con tristeza.

—Porque este lugar… fue construido para sobrevivir al fin del mundo.

Sus palabras me helaron la sangre.

—¿Sabían que iba a ocurrir?

El hombre cerró los ojos unos segundos.

—No…

Respiró profundamente.

—Nosotros… lo provocamos.

El silencio volvió a caer sobre la sala.

Ninguno de los dos fue capaz de responder.

El científico continuó hablando con una voz quebrada.

—Nunca quisimos destruir la humanidad…

Solo queríamos salvarla.

Su nombre era Gabriel Salvatierra.

Director del Proyecto Aurora.

Uno de los programas científicos más secretos de la historia.

Financiado durante décadas por gobiernos que oficialmente jamás habían admitido su existencia.

—¿Proyecto Aurora? —pregunté.

Gabriel asintió.

—Nuestro objetivo era simple.

Encontrar una forma de evitar la extinción humana.

Elena frunció el ceño.

—¿La extinción?

Gabriel señaló uno de los monitores.

En la pantalla apareció una secuencia de imágenes del espacio.

El Sol.

Erupciones solares.

Tormentas magnéticas.

Patrones matemáticos.

Luego apareció una fecha.

Una fecha que reconocí de inmediato.

Era el día en que todo comenzó.

—Los observatorios detectaron algo imposible…

Una alteración en el comportamiento del Sol.

Al principio creímos que sería una tormenta solar más.

Después descubrimos que era mucho peor.

Muchísimo peor.

Gabriel comenzó a toser violentamente.

La sangre volvió a brotar entre sus labios.

Elena quiso detenerlo.

—No sigas hablando.

Pero él levantó una mano.

—Debo hacerlo…

Porque ustedes todavía tienen una oportunidad.

Respiró profundamente antes de continuar.

—El Sol estaba cambiando.

No por causas naturales.

Algo alteraba su comportamiento desde el espacio profundo.

Algo que ninguna teoría podía explicar.

Durante años pensamos que era un fenómeno físico.

Hasta que descubrimos la señal.

—¿Qué señal? —pregunté.

Gabriel giró lentamente la cabeza hacia una enorme pantalla apagada.

—Una transmisión.

No provenía de la Tierra.

Ni de ningún planeta conocido.

Venía de mucho más lejos.

Y contenía información.

Información escrita con un lenguaje matemático imposible de inventar por casualidad.

—¿Extraterrestres? —susurró Elena.

Gabriel permaneció en silencio unos segundos.

—Eso pensamos.

Pero nos equivocamos.

No era un mensaje.

Era una advertencia.

En otra sala encontramos una enorme mesa holográfica.

Aunque varias pantallas estaban destruidas, una seguía funcionando.

Gabriel introdujo una contraseña.

El sistema tardó unos segundos en responder.

Finalmente apareció un enorme mapa del planeta.

Millones de pequeños puntos rojos cubrían continentes enteros.

Otros, verdes, apenas podían contarse.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

Gabriel respondió con una voz casi inaudible.

—Rojos…

Muertos.

Verdes…

Supervivientes.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

No había miles de puntos verdes.

Ni millones.

Había apenas unos pocos cientos distribuidos por todo el mundo.

La humanidad prácticamente había desaparecido.

Elena rompió en llanto.

—No…

Eso no puede ser…

Gabriel bajó la mirada.

—La población mundial…

Ya no supera las diez mil personas.

Ninguno de los dos pudo pronunciar una palabra.

De repente…

Todas las luces del laboratorio comenzaron a titilar.

Una alarma ensordecedora llenó el edificio.

En una de las pantallas apareció un mensaje en rojo.

INTRUSIÓN DETECTADA

Gabriel abrió los ojos con desesperación.

—No…

Nos encontraron.

—¿Quiénes? —pregunté.

El científico intentó levantarse.

—Ellos…

Los que convirtieron el Proyecto Aurora en un arma.

Los que no quieren que nadie conozca la verdad.

Un fuerte golpe sacudió la puerta principal.

Después otro.

Y otro más.

El metal comenzó a deformarse.

Elena retrocedió.




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