El cañón del arma permanecía inmóvil, apuntando directamente a mi pecho.
No era un error.
No era una confusión.
Habían venido por mí.
Sentí que el tiempo se detenía.
Las luces rojas de emergencia bañaban el laboratorio con un resplandor siniestro mientras el sonido de las alarmas se mezclaba con el zumbido de los generadores.
Los hombres vestidos de negro avanzaban en perfecta sincronía.
No hablaban entre ellos.
No parecían improvisar.
Cada movimiento era preciso, casi mecánico.
El que estaba al frente dio un paso más.
Su máscara ocultaba por completo el rostro. Solo podían verse unos ojos grises, fríos, carentes de cualquier emoción.
—Objetivo Alfa localizado —dijo con una voz metálica que parecía salir de un modulador electrónico—. Prioridad absoluta. Eliminar a cualquier otro superviviente.
Elena se colocó instintivamente delante de mí.
—¡No!
El hombre ni siquiera la miró.
—Retírese.
—¡No voy a dejar que se lo lleven!
Sin responder, levantó un dedo.
En el mismo instante, dos soldados avanzaron sobre ella.
Corrí para impedirlo.
Uno de ellos me golpeó con la culata del arma en las costillas.
El aire escapó de mis pulmones.
Caí al suelo.
Pero antes de que pudieran sujetarme, Gabriel reunió las pocas fuerzas que le quedaban.
Tomó una vieja pistola de una gaveta cercana.
—¡Corran! —gritó.
Disparó.
El primer proyectil impactó contra una de las luces del techo.
Todo quedó casi a oscuras.
El segundo alcanzó a uno de los hombres de negro en el hombro.
Por primera vez vi algo inesperado.
No salió sangre.
Debajo del traje apareció una estructura metálica.
Elena abrió los ojos con horror.
—¡No… no son humanos!
Los soldados giraron lentamente la cabeza hacia Gabriel.
El líder habló con absoluta frialdad.
—Unidad dañada.
Activando protocolo de exterminio.
Tres disparos resonaron casi al mismo tiempo.
Gabriel recibió los impactos en el pecho.
Su cuerpo cayó hacia atrás.
Antes de tocar el suelo, buscó mi mirada.
Con el último hilo de vida levantó una pequeña tarjeta metálica que llevaba escondida bajo la bata.
La lanzó hacia mí.
—…Nivel… siete…
Esas fueron sus últimas palabras.
Sus ojos quedaron inmóviles.
El científico que había dedicado su vida a salvar a la humanidad acababa de morir.
—¡Corre! —gritó Elena.
La tarjeta había caído a pocos centímetros de mi mano.
La tomé sin pensarlo.
Era del tamaño de una tarjeta bancaria, pero estaba fabricada con un metal oscuro.
En el centro tenía grabado un único símbolo.
Un sol atravesado por una grieta.
Debajo, una inscripción:
AURORA – ACCESO NIVEL 7
Los soldados comenzaron a disparar.
Las balas destrozaban computadoras, pantallas y tubos de cristal.
El laboratorio se convirtió en un infierno de chispas y humo.
—¡Por aquí! —gritó Elena señalando un pasillo lateral.
Corrimos.
El edificio parecía un laberinto.
Cada puerta tenía códigos distintos.
Cada corredor conducía a nuevas salas de investigación.
En una habitación había enormes cápsulas transparentes.
Todas estaban vacías.
Menos una.
Dentro descansaba una niña de unos diez años.
Dormía.
Su respiración era lenta y constante.
Parecía ajena al caos que nos rodeaba.
Me detuve.
—No…
Elena tiró de mi brazo.
—¡No hay tiempo!
Pero algo me obligó a mirar nuevamente la cápsula.
Sobre el cristal estaba escrito:
PROTOTIPO BETA
Estado: Estable
Compatibilidad genética: 99,98 % con SUJETO ALFA
Sentí un escalofrío.
Compatibilidad conmigo.
¿Cómo era posible?
Nunca había estado en aquel laboratorio.
Jamás había oído hablar del Proyecto Aurora.
Entonces…
¿Por qué esa niña compartía casi exactamente mi misma información genética?
Las explosiones comenzaron a sacudir el edificio.
Una voz automática resonó por los altavoces.
—Autodestrucción iniciada.
Tiempo restante:
Diez minutos.
—¡Tenemos que salir! —dijo Elena.
Guardé la tarjeta metálica.
Antes de abandonar la sala, miré por última vez a la niña.
Seguía dormida.
Como si esperara a alguien.
Como si supiera que volveríamos.
Llegamos al ascensor oculto que Gabriel había mencionado.
No tenía botones.
Solo una ranura.
Introduje la tarjeta.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Luego, una luz azul recorrió el panel.
Acceso autorizado.
Bienvenido, Sujeto Alfa.
La puerta se abrió lentamente.
Elena me miró.
Ya no era miedo lo que reflejaban sus ojos.
Era incertidumbre.
—¿Quién eres realmente?
Abrí la boca.
Pero no supe qué responder.
Porque yo mismo comenzaba a dudar de toda mi vida.
Las puertas del ascensor se cerraron.
Comenzamos a descender.
Cinco metros.
Veinte.
Cincuenta.
Cien.
Seguíamos bajando.
—¿Qué tan profundo está esto? —preguntó Elena.
Antes de que pudiera contestar, las puertas volvieron a abrirse.
Lo que apareció frente a nosotros hizo que ambos quedáramos inmóviles.
No era un laboratorio.
No era un refugio.
Era una ciudad.
Una inmensa ciudad subterránea iluminada por una cúpula artificial que imitaba la luz del día.
Miles de edificios se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
Calles.
Parques.
Vehículos eléctricos.
Pero no había una sola persona caminando.
Todo estaba intacto.
Todo estaba en silencio.
Como si sus habitantes hubieran desaparecido de un instante a otro.
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Editado: 07.08.2026