El Último Amanecer

Capítulo 20: El hijo del enemigo

El contador descendía sin piedad.

17 minutos 42 segundos.

En las enormes pantallas del Centro de Control, los puntos rojos seguían avanzando por los túneles de acceso a Arca Uno. Cada pocos segundos desaparecía un punto azul: otra defensa automática destruida.

NÉMESIS no se detenía.

EVA proyectó un mapa tridimensional de la ciudad.

—Han neutralizado el segundo cinturón defensivo. Sus unidades aprenden de cada enfrentamiento. Cada sistema que activamos solo retrasa su avance unos segundos.

Elena apretó los puños.

—Entonces estamos perdidos.

—No —respondió EVA—. Mientras el doctor Adrián Valdés permanezca con vida, existe una probabilidad del 12,8 % de conservar Arca Uno.

No pude evitar una sonrisa amarga.

—¿Solo un doce por ciento?

—Hace cinco minutos era del tres por ciento.

Elena me miró.

—Supongo que debemos tomar eso como una buena noticia.

Seguía sin poder aceptar la revelación de Samuel.

Un hijo.

Una hija.

Una vida entera borrada.

Me acerqué al enorme ventanal que dominaba la ciudad subterránea.

Miles de cápsulas permanecían inmóviles bajo la luz artificial.

Cinco mil personas dormían sin imaginar que la guerra por su futuro ya había comenzado.

—EVA…

—Sí, doctor.

—Quiero saber toda la verdad.

La inteligencia artificial permaneció en silencio unos segundos.

—La verdad puede alterar irreversiblemente su estabilidad emocional.

—Ya no queda nada que proteger.

Las luces del salón disminuyeron.

Frente a nosotros apareció un nuevo holograma.

Una fecha.

18 de octubre de 1996.

Una sala de maternidad.

Mi respiración se detuvo.

Allí estaba ella.

La mujer de mis recuerdos.

Sonreía mientras sostenía en brazos a dos recién nacidos.

Un niño.

Y una niña.

Gemelos.

Sentí que el pecho se cerraba.

—¿Cómo se llamaban?

EVA respondió con una delicadeza inesperada.

—La niña fue registrada como Lucía Valdés.

El niño…

Hizo una pausa.

—Nunca recibió un nombre oficial.

Samuel Richter lo reclamó como parte del Proyecto NÉMESIS apenas seis horas después de su nacimiento.

Elena llevó una mano a su boca.

—¡Eso es monstruoso!

—Usted intentó impedirlo, doctor —continuó EVA—. Hubo un enfrentamiento armado dentro del complejo Aurora. Murieron treinta y siete personas.

Las imágenes cambiaron.

Vi una versión más joven de mí sujetando desesperadamente a la pequeña Lucía mientras discutía con Samuel.

—¡No permitiré que conviertas a nuestros hijos en experimentos!

Samuel sostenía al bebé varón entre sus brazos.

—No serán experimentos.

Serán el futuro.

—¡Devuélvemelo!

—Algún día comprenderás que uno de ellos debía ser fuerte para reconstruir el mundo.

La grabación terminó abruptamente con una explosión.

Sentí que las piernas me fallaban.

Toda mi vida había buscado un propósito sin saber que, décadas atrás, ya había perdido lo más importante.

Un estruendo sacudió la ciudad.

El piso vibró.

Varias pantallas se apagaron.

EVA habló de inmediato.

—Han perforado el tercer anillo.

Tiempo estimado de llegada al Núcleo:

Doce minutos.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Todas las cámaras de seguridad comenzaron a cambiar de imagen por sí solas.

Una.

Otra.

Otra más.

Hasta que una mostró un inmenso portón destrozado.

Entre el humo apareció una figura solitaria.

No llevaba casco.

No llevaba máscara.

Medía casi dos metros.

Vestía un uniforme negro reforzado con placas metálicas.

Su cabello oscuro caía sobre el rostro.

Sus ojos…

Sus ojos eran exactamente iguales a los míos.

Elena susurró, incapaz de apartar la vista de la pantalla.

—Dios mío…

Era como verme treinta años más joven.

El hombre avanzó lentamente.

Los soldados de NÉMESIS se apartaban para dejarlo pasar.

No necesitaba dar órdenes.

Su sola presencia imponía obediencia.

Samuel apareció detrás de él y apoyó una mano sobre su hombro.

—Adrián…

Te presento al hombre que heredará el mundo.

El joven levantó la vista hacia una de las cámaras.

Parecía mirar directamente hacia mí.

Entonces habló.

Su voz era firme.

Serena.

—Si realmente eres mi padre…

No deseo matarte.

Quiero que me escuches.

Durante treinta años me dijeron que abandonaste a tu familia.

Que elegiste esconderte mientras el mundo moría.

Si eso es cierto…

No mereces liderar a nadie.

Pero si Samuel me ha mentido…

Entonces hoy sabré quién soy realmente.

La transmisión se cortó.

El silencio fue absoluto.

Elena rompió a llorar.

—No parece un monstruo.

Negué lentamente.

—Porque no lo es.

Samuel no había creado una máquina.

Había criado a un hombre.

Un hombre educado con una única versión de la historia.

EVA interrumpió nuestros pensamientos.

—Existe una ruta alternativa hacia el Núcleo Central.

—¿Para qué?

—Para llegar antes que él.

Fruncí el ceño.

—¿Qué ocurrirá si llega primero?

La inteligencia artificial guardó silencio.

Demasiado tiempo.

—EVA.

¿Qué hay en el Núcleo?

Sus ojos brillaron con intensidad.

—El Núcleo contiene el Protocolo Génesis.

La tecnología capaz de reescribir el ADN de cualquier ser humano vivo sobre la Tierra mediante la red satelital Aurora.

Elena quedó paralizada.

—¿Toda la humanidad?

—Sí.

—¿Y qué pretende hacer Samuel?

EVA respondió con una frialdad que estremecía.

—Convertir a cada superviviente del planeta en una nueva especie… aunque nadie haya elegido serlo.

Miré nuevamente la imagen congelada de aquel joven.




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