El Último Amanecer

Capítulo 23: El disparo que cambiará el destino

El punto rojo del visor láser tembló apenas un instante sobre el pecho de Gabriel.

Nadie lo vio.

Nadie… excepto yo.

No pensé.

No calculé.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

—¡Gabriel!

Lo empujé con todas mis fuerzas.

El disparo resonó como un trueno dentro de la inmensa cámara.

El proyectil atravesó mi hombro izquierdo.

El impacto me lanzó contra el suelo.

Un dolor insoportable recorrió todo mi cuerpo.

Escuché el grito desesperado de Elena.

—¡Adrián!

Gabriel cayó a mi lado.

Sus ojos se abrieron con horror.

—¡No!

Antes de que el francotirador pudiera efectuar un segundo disparo, el propio Gabriel reaccionó con una velocidad extraordinaria.

Era el entrenamiento de NÉMESIS.

En una fracción de segundo desenvainó la pistola del soldado más cercano, giró sobre sí mismo y disparó.

La bala atravesó el visor del atacante.

El hombre cayó sin emitir un solo sonido.

Toda la sala quedó paralizada.

Los soldados de NÉMESIS se miraban entre sí.

Acababan de presenciar algo que jamás había ocurrido.

Su comandante había disparado contra uno de los suyos.

Samuel bajó lentamente la cabeza.

Cuando volvió a levantarla, ya no había decepción en su rostro.

Solo una inmensa tristeza.

—Entonces… este es el final.

Gabriel permanecía arrodillado junto a mí.

La sangre brotaba entre mis dedos mientras intentaba presionar la herida.

—¿Por qué hiciste eso?

Sonreí con dificultad.

—Porque un padre siempre protege a su hijo.

Gabriel comenzó a llorar.

No eran lágrimas de un guerrero.

Eran las lágrimas del niño al que le habían robado toda una vida.

Samuel respiró profundamente.

Luego apoyó su bastón sobre el suelo.

—Todos ustedes creen que esta historia trata sobre el poder.

Negó lentamente.

—No entienden nada.

Se acercó unos pasos.

Ningún soldado lo siguió.

—Hace treinta años contemplé cómo el mundo se destruía por culpa del egoísmo, del odio y de la ignorancia.

Vi morir a millones.

Vi gobiernos abandonar a su gente.

Vi familias destruirse por miedo.

Después observó a Gabriel.

—Y comprendí que la humanidad jamás cambiaría por voluntad propia.

Elena respondió con firmeza.

—Entonces decidiste obligarla.

Samuel asintió.

—Sí.

Porque alguien debía hacerlo.

—Eso no es salvar al mundo.

—No.

Es impedir que vuelva a destruirse.

EVA apareció nuevamente.

Esta vez su voz sonaba más urgente que nunca.

—Actualización crítica.

Todos giramos hacia ella.

—La estación Kronos ha adelantado la secuencia.

Tiempo restante para la activación del Protocolo Génesis:

Dos horas once minutos.

Samuel sonrió.

—Ya es demasiado tarde.

—No necesariamente —respondió EVA.

La inteligencia artificial proyectó una antigua fotografía.

En ella aparecíamos Samuel y yo, mucho más jóvenes, estrechándonos la mano frente al primer reactor Aurora.

—Durante el desarrollo del proyecto, ambos directores acordaron un protocolo de seguridad.

Sentí un recuerdo despertar.

Un documento.

Dos firmas.

Una frase.

—El Código de Concordia…

EVA confirmó.

—Correcto.

Ningún director podía activar Génesis sin que el otro tuviera la posibilidad de detenerlo.

Samuel dejó de sonreír.

Era evidente que había olvidado aquel detalle… o creyó que nunca volvería a encontrarme.

—Explícalo —ordené.

EVA proyectó un mapa del planeta.

Dos luces comenzaron a parpadear.

Una en Arca Uno.

La otra en medio del océano Atlántico.

—Si ambos directores introducen simultáneamente sus claves biométricas, el sistema entrará en arbitraje.

—¿Y qué significa eso? —preguntó Elena.

—Que Génesis quedará suspendido hasta que uno de los dos convenza al sistema de que su propuesta garantiza la supervivencia de la humanidad.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Una inteligencia artificial decidirá el destino del mundo?

—No exactamente.

EVA respondió con serenidad.

—Lo decidirán ustedes.

Porque el sistema no evalúa argumentos.

Evalúa acciones.

Un profundo silencio cayó sobre la sala.

Samuel comprendió la magnitud del problema.

—Así que esa fue tu última jugada, Adrián.

Lo miré fijamente.

—No.

Fue nuestra última oportunidad de impedir que un solo hombre decidiera el destino de todos.

Samuel respiró lentamente.

Por primera vez desde que lo había reencontrado, vi cansancio en su rostro.

Muchísimo cansancio.

Como si hubiera cargado durante décadas con un peso imposible.

—¿Sabes qué es lo más cruel de todo esto?

Negué con la cabeza.

—Que ambos queremos exactamente lo mismo.

Salvar a la humanidad.

La diferencia…

es que ya no creemos en la misma humanidad.

De pronto, todas las pantallas de Arca Uno comenzaron a mostrar imágenes del exterior.

Ciudades destruidas.

Bosques consumidos por incendios.

Océanos cubiertos por tormentas permanentes.

Y, entre aquellas ruinas, pequeños grupos de supervivientes intentando seguir adelante.

Una madre compartiendo el último trozo de pan con sus hijos.

Un anciano enseñando a leer a tres niños utilizando un libro rescatado de los escombros.

Un médico curando a desconocidos sin pedir nada a cambio.

Un joven arriesgando su vida para rescatar a una mujer atrapada bajo un edificio derrumbado.

Samuel observó aquellas escenas en silencio.

Yo también.

Entonces hablé.

—Míralos.

No son perfectos.

Nunca lo fueron.

Pero incluso después del fin del mundo…

siguen siendo capaces de amar.

Gabriel dio un paso al frente.

—Y mientras exista alguien dispuesto a sacrificarse por otro…




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