El Último Amanecer

Capítulo 30: El Valle de las Semillas Eternas

El viento de la madrugada golpeaba nuestros rostros mientras abandonábamos las ruinas del antiguo complejo Aurora.

Por primera vez en semanas caminábamos bajo un cielo abierto.

El silencio era distinto.

Ya no era el silencio de un mundo muerto.

Era el silencio de un mundo que parecía contener la respiración.

Muy por encima de nosotros, la inmensa nave seguía avanzando lentamente.

Las miles de luces que se desprendían de ella descendían como una lluvia de estrellas.

Pero ninguna impactaba violentamente contra la Tierra.

Cada una parecía elegir cuidadosamente su destino.

Una de ellas desapareció exactamente detrás de las montañas que teníamos frente a nosotros.

Gabriel levantó la vista.

—Va hacia el valle.

EVA confirmó desde el pequeño comunicador que llevaba sujeto a mi muñeca.

—Trayectoria coincidente en un noventa y nueve coma nueve por ciento.

NIX permanecía en silencio.

Su mirada seguía fija en el horizonte.

—No son cápsulas de invasión.

—¿Qué son? —preguntó Elena.

NIX tardó varios segundos en responder.

—No lo recuerdo…

Pero siento que son…

despertares.

El antiguo vehículo todoterreno del laboratorio todavía funcionaba.

Gabriel tomó el volante.

Samuel se acomodó a su lado.

Elena y yo ocupamos los asientos traseros.

NIX observó el automóvil durante unos segundos.

—Curioso.

Gabriel sonrió.

—¿Qué cosa?

—Después de conocer tecnología capaz de modificar el ADN de una especie…

ustedes siguen utilizando motores de combustión.

Samuel soltó una breve carcajada.

—Eso significa que todavía somos humanos.

El vehículo comenzó a avanzar por la carretera destruida.

A ambos lados se extendían ciudades fantasmas.

Semáforos detenidos para siempre.

Escuelas vacías.

Hospitales abandonados.

Pero, poco a poco, comenzaron a aparecer señales diferentes.

Una huerta improvisada.

Ropa tendida entre dos edificios.

Humo saliendo de una chimenea.

Gabriel redujo la velocidad.

A unos cien metros, una docena de personas trabajaba cultivando la tierra.

No llevaban armas.

No parecían asustadas.

Simplemente…

vivían.

Entre ellos corrían varios niños.

Uno de ellos levantó la mano al vernos.

Nos saludaba con una sonrisa.

Elena respondió al saludo con lágrimas en los ojos.

—Siguen reconstruyendo…

Samuel bajó la ventanilla.

Observó en silencio aquella pequeña comunidad.

—Treinta años creyendo que el mundo solo conservaba violencia…

y nunca vi esto.

Me miró con una mezcla de culpa y alivio.

—Tenías razón, Adrián.

La humanidad nunca dejó de luchar por sí misma.

Continuamos el viaje durante varias horas.

La cordillera se levantaba cada vez más imponente.

Las montañas parecían murallas de piedra que protegían un secreto milenario.

El comunicador emitió un sonido.

Era EVA.

—Atención.

Detecto actividad energética anómala.

Una imagen apareció sobre la pantalla.

Justo donde debía encontrarse el valle, una inmensa cúpula de energía permanecía oculta entre las montañas.

Invisible para el ojo humano.

Pero perfectamente detectable por los sensores de Arca Uno.

NIX observó la lectura.

—Es un camuflaje cuántico.

Samuel negó lentamente con la cabeza.

—Una tecnología miles de años más avanzada que la nuestra.

Cuando el sol comenzó a ocultarse, el camino desapareció.

Solo quedaba una estrecha senda de piedra.

Tuvimos que abandonar el vehículo.

El aire era frío.

Cada respiración se convertía en una nube blanca.

Caminamos durante casi dos horas.

Nadie hablaba.

Solo se escuchaba el crujido de las botas sobre la nieve.

Entonces ocurrió algo inesperado.

La brújula de Gabriel comenzó a girar sin control.

Los relojes digitales se apagaron.

El comunicador de EVA emitió una interferencia constante.

NIX levantó una mano.

—Ya estamos dentro del campo.

Frente a nosotros no había absolutamente nada.

Solo una enorme pared de roca.

Gabriel suspiró.

—Llegamos demasiado tarde.

Pero el anciano Samuel sonrió.

—No.

Llegamos exactamente cuando debíamos.

Se acercó lentamente a la montaña.

Apoyó la palma de su mano sobre la piedra.

Nada ocurrió.

Luego lo intentó Elena.

Después Gabriel.

Después yo.

Tampoco sucedió nada.

Finalmente NIX dio un paso.

Cuando sus dedos tocaron la roca…

toda la montaña comenzó a iluminarse.

Millones de líneas doradas recorrieron la superficie como si despertaran de un sueño de milenios.

La nieve comenzó a deslizarse.

El suelo vibró.

Un estruendo profundo recorrió todo el valle.

Y la inmensa pared de piedra empezó a abrirse lentamente.

No era una puerta.

Era la montaña entera separándose en dos.

Del interior surgió una luz cálida.

No cegadora.

Reconfortante.

Como el primer amanecer después de una larga noche.

Entramos con cautela.

El corredor descendía cientos de metros.

Las paredes no estaban talladas.

Parecían haber sido moldeadas como si la roca hubiera sido blanda.

No existía una sola marca de herramientas.

No existía polvo.

Todo permanecía intacto.

Como si hubiera sido construido el día anterior.

Al final del túnel apareció una sala gigantesca.

Mucho mayor que Arca Uno.

En su centro se elevaba un árbol.

Un árbol imposible.

Su tronco era cristalino.

Las raíces se hundían en la roca.

Las ramas sostenían miles de hojas luminosas.

Cada hoja emitía un color diferente.

Azules.

Doradas.

Verdes.

Plateadas.

Parecía contener un cielo entero en su interior.




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