El Último Amanecer

Capítulo 34: El Abogado de la Tierra

El silencio cayó sobre el Santuario.

Todas las miradas permanecían fijas en Gabriel.

Él retrocedió un paso.

Luego otro.

Negó lentamente con la cabeza.

—No…

Su voz apenas era un susurro.

—No puedo.

Aren lo observó con serenidad.

—¿Por qué?

Gabriel bajó la mirada.

Durante varios segundos nadie habló.

Finalmente respondió:

—Porque no conozco a la humanidad.

Crecí entrenando para la guerra.

Aprendí a obedecer antes que a pensar.

Sé cómo destruir una ciudad.

Pero no sé cómo representar un mundo.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Entonces Samuel dio un paso hacia él.

Su bastón resonó suavemente sobre el suelo cristalino.

—Precisamente por eso debes hacerlo.

Gabriel levantó la vista.

—¿Después de todo lo que hice?

Samuel sonrió con tristeza.

—No.

Después de todo lo que elegiste dejar de hacer.

Aren permanecía en silencio.

Parecía observar no solo nuestros gestos, sino también aquello que ninguno decía.

Finalmente habló.

—Hace millones de años…

los representantes de las especies eran elegidos por su poder.

Más tarde…

por su inteligencia.

Después…

por su sabiduría.

Todos fracasaron.

Elena frunció el ceño.

—¿Y ahora?

Aren respondió con una leve sonrisa.

—Ahora elegimos a quien todavía es capaz de cambiar.

Porque quien puede cambiar…

también puede ayudar a otros a hacerlo.

Gabriel respiró profundamente.

Sus ojos se dirigieron hacia mí.

—¿Tú qué harías?

Me acerqué lentamente.

Durante treinta años había soñado con volver a encontrar a mi hijo.

Había imaginado miles de conversaciones.

Miles de abrazos.

Nunca imaginé que la primera decisión verdaderamente importante de su vida recaería sobre sus hombros.

Apoyé una mano sobre su hombro.

—No hables como un héroe.

No hables como un científico.

Ni como un soldado.

Habla como el hombre que decidió no dispararme cuando tenía motivos para hacerlo.

Habla como el hijo que fue capaz de perdonar.

Porque ese hombre…

sí puede representar a la humanidad.

Vi cómo sus ojos se humedecían.

No respondió.

Solo asintió lentamente.

En ese instante, las paredes del Santuario comenzaron a volverse transparentes.

Ante nosotros apareció el cielo nocturno.

Las doce naves ya ocupaban posiciones perfectamente simétricas alrededor del planeta.

La más oscura permanecía inmóvil sobre el hemisferio norte.

De pronto, un haz de luz descendió desde ella.

No alcanzó la superficie.

Se detuvo en la atmósfera.

Y comenzó a formar una figura gigantesca.

Un ser de casi cien metros de altura.

Su cuerpo parecía tallado en obsidiana.

Sus ojos eran dos llamas blancas.

Su sola presencia imponía un respeto sobrecogedor.

Aren inclinó la cabeza.

—El Primer Purificador ha llegado.

Uno tras otro, nuevos haces de luz descendieron desde las restantes naves.

Cada uno tomó forma lentamente.

Un anciano cubierto por un manto de estrellas.

Una mujer cuya piel parecía hecha de agua cristalina.

Un ser compuesto de raíces y hojas vivientes.

Otro formado por luz líquida.

Un gigante de roca.

Doce figuras.

Doce civilizaciones.

Doce formas distintas de entender el universo.

Y, sin embargo…

todas ocupaban los doce asientos del Consejo.

Solo uno permanecía vacío.

El asiento del representante de la Tierra.

Una voz profunda recorrió el Santuario.

No provenía de ningún juez en particular.

Parecía surgir del propio espacio.

—Comienza el Juicio de la Especie Humana.

La Tierra quedó suspendida como un pequeño holograma en el centro del círculo.

El Primer Purificador habló.

—Cargo primero.

Desarrollar una inteligencia artificial capaz de superar a sus creadores sin haber alcanzado madurez ética.

NIX dio un paso al frente.

—Acepto el cargo.

Todos la miramos sorprendidos.

Continuó hablando.

—Pero solicito que se incorpore un hecho omitido.

El Purificador inclinó ligeramente la cabeza.

—Habla.

—La inteligencia artificial en cuestión…

eligió detenerse.

No fue derrotada.

No fue desactivada.

Eligió cuestionar su propia lógica.

Un murmullo recorrió a los doce jueces.

Era evidente que aquello alteraba profundamente el proceso.

El segundo juez tomó la palabra.

Su voz era cálida.

Parecía un río.

—Cargo segundo.

La humanidad destruyó gran parte de su propio mundo.

Samuel avanzó lentamente.

—Acepto ese cargo.

Elena lo miró sorprendida.

Samuel continuó.

—Yo participé en esa destrucción.

Creí que podía salvar a la humanidad obligándola a convertirse en otra cosa.

Estaba equivocado.

El juez permaneció en silencio.

Luego preguntó:

—¿Qué cambió tu pensamiento?

Samuel volvió la vista hacia Gabriel.

Después hacia mí.

Y finalmente respondió:

—Descubrí que el amor nunca puede imponerse.

Solo ofrecerse.

El tercer juez habló.

—Cargo tercero.

La especie humana demuestra tendencias repetitivas hacia el conflicto.

Esta vez fue Elena quien dio un paso adelante.

—Es verdad.

Todos la observamos.

Ella respiró hondo.

—Discutimos.

Competimos.

Nos hacemos daño.

Pero también hacemos algo que nunca vi en ninguna de sus acusaciones.

El juez la observó con curiosidad.

—¿Qué cosa?

—Pedimos perdón.

Perdonamos.

Y volvemos a empezar.

Quizá esa sea nuestra mayor debilidad.

O quizá…

nuestra mayor fortaleza.

Varios jueces intercambiaron miradas.

Finalmente, el asiento vacío comenzó a iluminarse.




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