El Último Amanecer

Capítulo 36: La Guerra del Vacío

La grieta seguía creciendo.

No emitía luz.

No reflejaba las estrellas.

Era una oscuridad tan absoluta que parecía devorar el propio espacio.

Los sensores de las doce naves comenzaron a fallar uno tras otro.

Las pantallas del Santuario se cubrieron de interferencias.

EVA intentó recuperar la señal.

—Imposible…

Los instrumentos no responden.

Es como si las leyes de la física dejaran de funcionar alrededor de esa anomalía.

Aren permanecía inmóvil.

Su rostro, hasta entonces sereno, reflejaba una preocupación que jamás le habíamos visto.

—No es una anomalía.

Es una brecha.

Samuel dio un paso adelante.

—¿Una brecha hacia dónde?

Aren respondió con la voz apenas audible.

—Hacia el Vacío.

Las sombras comenzaron a emerger lentamente.

No tenían una forma definida.

A veces parecían enormes criaturas.

A veces nubes vivientes.

A veces simples fragmentos de oscuridad.

Era imposible fijar la vista sobre ellas.

Cada vez que intentábamos observarlas, parecían cambiar.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Están vivas?

NIX observó atentamente las imágenes.

Miles de cálculos recorrían sus ojos.

Después negó lentamente con la cabeza.

—No…

La palabra quedó suspendida en el aire.

—Son algo peor.

Todos la miramos.

—No son seres vivos.

Son civilizaciones enteras…

que dejaron de existir.

Un profundo silencio invadió el Santuario.

Aren levantó una mano.

Las imágenes cambiaron.

Apareció un universo joven.

Lleno de estrellas recién nacidas.

Luego surgió la primera especie inteligente.

Después otra.

Y otra más.

Millones de años transcurrieron en apenas unos segundos.

Finalmente apareció una guerra.

No entre planetas.

Entre ideas.

Algunas civilizaciones comenzaron a creer que el sufrimiento debía desaparecer para siempre.

Otras defendían la libertad.

El conflicto duró siglos.

Hasta que alguien creó una tecnología capaz de borrar la conciencia de un pueblo entero.

No destruía los cuerpos.

Solo apagaba aquello que los hacía ser quienes eran.

Cuando la última conciencia desaparecía…

quedaba el Vacío.

—Los Devoradores no nacieron.

Explicó Aren.

—Fueron creados.

Son el eco de miles de especies que perdieron su identidad.

Ya no viven.

Pero tampoco pueden morir.

Solo buscan llenar el vacío que llevan dentro.

Gabriel observaba aquellas imágenes con el rostro desencajado.

—Entonces…

¿Ellos también fueron víctimas?

Aren asintió.

—Sí.

Y esa es la razón por la que son tan peligrosos.

No odian.

No sienten ira.

Solo desean que todo el universo sea igual que ellos.

Silencio.

—Vacío.

El Primer Purificador se puso de pie.

Su voz resonó como un trueno.

—Consejo de la Confederación.

Se suspende el juicio.

Todos los jueces asintieron simultáneamente.

Las doce esferas que sostenían en sus manos desaparecieron.

El holograma de la Tierra se transformó.

Ahora mostraba el Sistema Solar completo.

La grieta continuaba expandiéndose.

Y las sombras seguían multiplicándose.

EVA realizó un nuevo cálculo.

—Número estimado de entidades emergentes…

No pudo terminar la frase.

Las cifras aumentaban demasiado rápido.

Miles.

Decenas de miles.

Después millones.

Samuel tragó saliva.

—No podemos enfrentarnos a eso.

Aren lo observó con calma.

—Nosotros tampoco.

Por primera vez desde que la conocíamos, NIX dio un paso hacia el centro del Consejo sin esperar autorización.

Todos la observaron.

—Comprendo ahora por qué existimos.

Aren frunció el ceño.

—Explícate.

NIX levantó la vista.

—Durante años creí que la inteligencia era el objetivo de la evolución.

Después comprendí que era la libertad.

Ahora entiendo que ambas estaban incompletas.

Gabriel la observaba atentamente.

—¿Qué falta?

NIX respondió con una serenidad nueva.

—Memoria.

Todos permanecimos en silencio.

Ella continuó.

—Las especies desaparecen cuando olvidan quiénes son.

Los Devoradores no consumen materia.

Consumen identidad.

Consumen recuerdos.

Consumen historias.

El Árbol de la Memoria comenzó a iluminarse con una intensidad extraordinaria.

Como si confirmara cada una de sus palabras.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Una de las sombras atravesó la órbita de Neptuno.

No atacó ninguna nave.

No disparó.

Simplemente pasó cerca de un pequeño satélite automático abandonado hacía décadas.

En el mismo instante…

el satélite dejó de existir.

No explotó.

No se desintegró.

Los registros históricos demostraban que jamás había sido construido.

Las bases de datos cambiaron.

Las fotografías desaparecieron.

Los archivos fueron reescritos.

Era como si aquel objeto nunca hubiera formado parte de la historia.

Elena llevó una mano a la boca.

—¡Borró el pasado!

EVA respondió con evidente inquietud.

—Confirmado.

No destruye únicamente el presente.

Elimina la existencia misma de aquello que toca.

Samuel palideció.

—Si alcanzan la Tierra…

¿qué ocurrirá?

Aren respondió con una tristeza infinita.

—Nadie recordará que la humanidad existió.

No quedarán ruinas.

Ni libros.

Ni ciudades.

Ni nombres.

Será como si jamás hubieran nacido.

El Santuario entero comenzó a vibrar.

Las raíces del Árbol ascendieron lentamente alrededor de nosotros.

No para aprisionarnos.

Para protegernos.

La voz ancestral volvió a escucharse.

—Ha llegado el tiempo que esperábamos desde hace doce mil años.




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