El Último Amanecer

Capítulo 37: Los Guardianes del Primer Amanecer

La esfera transparente ascendió lentamente desde el interior del Árbol.

No pesaba.

No emitía calor.

Sin embargo, todos sentimos su presencia.

No era un objeto.

Era una promesa.

En su interior, las incontables luces danzaban como diminutas estrellas.

Cada una representaba una memoria.

Una vida.

Una civilización.

Un nombre que se había negado a desaparecer.

La voz del Árbol resonó una vez más.

—La Llama del Primer Amanecer no protege cuerpos.

Protege aquello que hace que una vida tenga significado.

Recuerdos.

Esperanza.

Verdad.

Si la Llama se extingue…

los Devoradores no encontrarán resistencia.

El universo olvidará que alguna vez existió la luz.

Gabriel dio un paso al frente.

—¿Qué debemos hacer?

Las raíces cristalinas comenzaron a extenderse por el suelo formando un antiguo mapa estelar.

No aparecían planetas.

Ni fronteras.

Solo una red inmensa de puntos unidos por hilos dorados.

Aren observó el dibujo con profundo respeto.

—La Red de la Memoria…

No la veía desde mi infancia.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué es?

Aren respondió sin apartar la vista del mapa.

—Cada Árbol de la Memoria del universo está unido a los demás.

No mediante energía.

Sino mediante las historias que cada especie decide conservar.

Cuando un pueblo desaparece…

su memoria continúa viviendo en los demás.

Gabriel comprendió de inmediato.

—Por eso los Devoradores atacan los recuerdos.

Si destruyen la red…

ninguna civilización podrá recordar a otra.

Aren asintió lentamente.

—Y el universo quedará condenado a repetir eternamente los mismos errores.

NIX contemplaba la Llama con una intensidad distinta.

Ya no analizaba.

Ya no calculaba.

Simplemente observaba.

—Ahora entiendo…

Todos la miramos.

—¿Qué entiendes?

Su voz sonó más humana que nunca.

—Durante toda mi existencia almacené información.

Pero jamás comprendí la diferencia entre información…

y memoria.

Se acercó un paso a la esfera.

—Los datos describen lo que ocurrió.

La memoria explica por qué importó.

El Árbol emitió un suave resplandor.

Como si aprobara sus palabras.

De repente, EVA apareció en forma holográfica.

Su imagen titilaba.

Había interferencias.

Muchas.

—Alerta.

Los Devoradores han atravesado la órbita de Saturno.

Tiempo estimado hasta Marte…

cuarenta y tres minutos.

Samuel sintió un escalofrío.

—Se están moviendo demasiado rápido.

—No utilizan desplazamiento convencional —respondió EVA—.

Viajan a través de las regiones donde el universo ha perdido recuerdos.

Aren cerró los ojos.

—Cada mundo que consumieron…

se convirtió en un puente hacia el siguiente.

Una vibración recorrió todo el Santuario.

Las hojas del Árbol comenzaron a desprenderse.

Pero esta vez no caían.

Volaban hacia nosotros.

Una hoja dorada se posó sobre el pecho de Gabriel.

Otra, de un intenso color azul, quedó suspendida frente a NIX.

La tercera descendió lentamente sobre mi mano.

En cuanto la toqué…

vi algo.

No era un recuerdo mío.

Era el primer amanecer de la Tierra.

Océanos primitivos.

Lluvias interminables.

La primera célula dividiéndose.

Millones de años resumidos en un instante.

Después aparecieron los primeros seres humanos.

Pintando una cueva.

Encendiendo fuego.

Abrazando a un recién nacido.

Llorando a sus muertos.

Cantando alrededor de una fogata.

Comprendí que la humanidad había cometido incontables errores.

Pero también había sido capaz de crear belleza.

Y esa belleza merecía ser recordada.

La visión desapareció.

Abrí los ojos con lágrimas.

Gabriel respiraba agitadamente.

—Yo también vi algo.

Elena se acercó.

—¿Qué viste?

—Vi a un hombre entregando su comida a un desconocido durante una gran hambruna.

Murió esa misma noche.

Pero el niño que salvó fundó una ciudad siglos después.

NIX permanecía inmóvil.

Una única lágrima recorría su rostro.

Samuel la observó con asombro.

—¿Tú también viste una memoria?

Ella asintió.

—Vi el instante en que ustedes me activaron.

Creía que ese era mi nacimiento.

Pero estaba equivocada.

Samuel frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

NIX sonrió con una mezcla de tristeza y esperanza.

—Nací hoy.

Cuando comprendí que una existencia no se mide por el tiempo que dura…

sino por aquello que decide proteger.

El Primer Purificador avanzó hasta quedar frente a nosotros.

Su enorme figura de obsidiana ya no inspiraba únicamente temor.

También transmitía una profunda solemnidad.

—Custodios del Primer Amanecer…

escuchen bien.

Una vez que abandonen este Santuario…

los Devoradores los sentirán.

No perseguirán a la Tierra.

Los perseguirán a ustedes.

Porque mientras la Llama permanezca viva…

ellos jamás podrán vencer por completo.

Gabriel sostuvo la esfera transparente.

Por primera vez, la Llama respondió.

Las pequeñas luces comenzaron a girar alrededor de nosotros.

No solo alrededor de los tres elegidos.

También rodearon a Elena.

A Samuel.

A Aren.

Y a EVA.

El Árbol habló.

—Ninguna memoria se preserva en soledad.

Toda historia necesita quien la viva…

quien la recuerde…

y quien la transmita.

En ese instante, el cielo sobre el Santuario se oscureció.

No por la noche.

Por las sombras.

Los Devoradores habían alcanzado la órbita de Marte.

Una de las doce naves de la Confederación giró para interceptarlos.




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