El Último Amanecer

Capítulo 39: El Primer Devorador

La montaña entera dejó de temblar.

Fue peor.

Quedó completamente inmóvil.

Como si el tiempo hubiera contenido la respiración.

La Llama del Primer Amanecer, suspendida entre Gabriel, NIX y yo, perdió parte de su brillo.

No se apagó.

Pero parecía resistir una fuerza invisible que intentaba sofocarla.

El Primer Purificador levantó lentamente la vista hacia la entrada del Santuario.

—No miren directamente cuando llegue.

Elena frunció el ceño.

—¿Por qué?

Aren respondió con un tono grave.

—Porque el Vacío no solo consume recuerdos.

También se alimenta del deseo de comprenderlo.

Cuanto más intentas abarcarlo…

más espacio encuentra dentro de ti.

Una oscuridad líquida comenzó a deslizarse por el túnel de entrada.

No caminaba.

No flotaba.

Simplemente avanzaba.

Donde pasaba, la piedra perdía lentamente su color.

Las antiguas inscripciones del Santuario desaparecían.

No eran destruidas.

Jamás habían existido.

Samuel observó horrorizado una columna cercana.

—¡Las runas…!

Momentos antes estaban cubiertas por símbolos luminosos.

Ahora eran simples bloques de roca lisa.

Como si nadie hubiera escrito jamás una sola palabra sobre ellas.

El Árbol de la Memoria emitió un profundo lamento.

Todas sus ramas se inclinaron hacia la oscuridad.

No con miedo.

Con tristeza.

Como quien contempla a un antiguo amigo convertido en aquello que más temía.

La sombra se detuvo a pocos metros de nosotros.

Poco a poco comenzó a adquirir forma.

Primero aparecieron dos piernas.

Luego un torso.

Después unos brazos.

Finalmente un rostro.

No tenía ojos.

Solo dos cavidades donde giraban pequeñas galaxias apagadas.

Su piel parecía hecha de la misma noche.

Pero lo más inquietante no era su apariencia.

Era su voz.

Cuando habló…

escuchamos nuestras propias voces.

La de Elena.

La de Gabriel.

La de Samuel.

La mía.

Todas mezcladas en un único susurro.

—Hace mucho…

Nosotros también fuimos guardianes.

Un escalofrío recorrió el Santuario.

Aren cerró los ojos.

—Lo sabía.

El Primer Devorador inclinó lentamente la cabeza.

—Nos recuerdas.

Aren respondió con tristeza.

—Todavía.

La sombra pareció sonreír.

—Entonces aún no hemos terminado nuestro trabajo.

NIX dio un paso adelante.

Los brazaletes cristalinos seguían fusionándose lentamente con nuestros brazos.

La ceremonia aún no había concluido.

—¿Quién eres?

El Devorador permaneció inmóvil.

—Ya no lo sé.

Hace incontables eras tuve un nombre.

Una familia.

Un pueblo.

Ahora solo recuerdo…

el silencio.

Gabriel apretó los puños.

—¿Qué les ocurrió?

La respuesta tardó varios segundos.

—Quisimos conservar todos los recuerdos del universo.

Cada historia.

Cada vida.

Cada despedida.

Cada nacimiento.

Creíamos que ninguna memoria debía perderse.

Miró la Llama.

—Como ustedes.

Sentí un nudo en la garganta.

¿Era posible que compartiéramos el mismo destino?

El Árbol respondió antes que nadie.

—No.

Ellos no aprendieron a olvidar.

Todos permanecimos en silencio.

El Primer Devorador volvió lentamente el rostro hacia el Árbol.

—Olvidar era traicionar.

La voz ancestral respondió.

—No.

Olvidar también es un acto de amor.

Samuel frunció el ceño.

—No entiendo.

El Árbol comenzó a iluminarse nuevamente.

Muy suavemente.

—Quien recuerda absolutamente todo…

termina incapaz de vivir el presente.

Los Guardianes de aquella antigua civilización nunca aceptaron dejar partir a sus muertos.

Conservaron cada recuerdo.

Cada dolor.

Cada pérdida.

Hasta que el peso fue superior a sus propias identidades.

El Primer Devorador cerró lentamente los ojos.

—No queríamos perder a nadie.

—Y terminaron perdiéndose ustedes mismos.

El silencio confirmó aquella verdad.

Comprendí entonces el verdadero peligro de los brazaletes que acabábamos de aceptar.

No era el sacrificio físico.

Era el emocional.

Si algún día intentábamos conservarlo todo…

acabaríamos convirtiéndonos en aquello mismo que combatíamos.

Miré mi brazo.

El cristal seguía fundiéndose lentamente con mi piel.

La voz del Árbol resonó dentro de nosotros tres.

Solo nosotros podíamos escucharla.

—Recuerden esto.

No están llamados a guardar todas las historias.

Solo aquellas que inspiren nuevas vidas.

Dejen partir el resto.

Porque incluso la memoria necesita descansar.

El Primer Devorador volvió a hablar.

Su voz sonaba cansada.

Inmensamente cansada.

—¿Todavía existe esperanza para nosotros?

Nadie esperaba aquella pregunta.

El Primer Purificador dio un paso adelante.

—Hace millones de años habría respondido que no.

Hoy…

Ya no estoy seguro.

Todos volvimos la vista hacia él.

Su inmensa figura de obsidiana parecía diferente.

Más humana.

Más vulnerable.

Miró a Gabriel.

—Tú dijiste que la humanidad aún estaba aprendiendo.

Quizá nosotros también.

De pronto, una segunda sombra apareció en la entrada del Santuario.

Después una tercera.

Una cuarta.

Decenas de ellas aguardaban inmóviles más allá del túnel.

No avanzaban.

Esperaban.

El Primer Devorador levantó lentamente una mano para detenerlas.

—No.

Todavía no.

Las sombras obedecieron.

Gabriel dio un paso hacia él.

—¿Por qué las detienes?

La respuesta llegó envuelta en un profundo dolor.

—Porque…

No recuerdo por qué luchamos.

Pero al escucharlos…




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