El Último Amanecer

Capítulo 43: El Último Anochecer

Nadie respiró.

Las dos palabras pronunciadas por el Primer Testigo parecían haber detenido el universo.

El Último Anochecer.

No sonaban como el nombre de una criatura.

Ni de una guerra.

Sonaban como el final de todo cuanto podía ser nombrado.

La inmensidad blanca comenzó a oscurecerse lentamente.

No era una sombra.

Era la ausencia misma de significado.

Las estrellas que acababan de nacer en aquella visión se apagaban antes incluso de existir.

Las galaxias dejaban de girar.

El tiempo parecía olvidar cómo avanzar.

Gabriel rompió el silencio.

—¿Es… más antiguo que el Vacío?

El Primer Testigo asintió lentamente.

—Muchísimo más.

El Vacío nació del dolor.

El Último Anochecer nació de la renuncia.

La inmensa grieta continuó abriéndose.

Desde su interior no surgieron monstruos.

No surgieron ejércitos.

Solo una voz.

Una voz tan suave que obligaba a escucharla.

—Descansen…

No luchen más…

Ya no hace falta recordar.

Las palabras parecían envolver el corazón.

Durante un instante sentí una paz inmensa.

Una paz peligrosa.

Una parte de mí deseó obedecer.

Olvidar el sufrimiento.

Olvidar las pérdidas.

Olvidar incluso mi propio nombre.

Entonces una mano sujetó la mía.

Era Gabriel.

—Papá…

No cierres los ojos.

Su voz rompió el hechizo.

Respiré profundamente.

Elena también parecía recuperar la conciencia.

Samuel cayó de rodillas, exhausto.

NIX observaba aquella oscuridad con una expresión que nunca le habíamos visto.

Miedo.

El Primer Testigo habló sin apartar la vista de la grieta.

—El Vacío destruye la memoria.

El Último Anochecer destruye el deseo de crear nuevos recuerdos.

Aren comprendió inmediatamente.

—No mata.

La figura respondió.

—No.

Convence.

Silencio.

—Le dice a cada ser vivo que ya ha sufrido suficiente.

Que ya no vale la pena volver a intentarlo.

Elena sintió un nudo en la garganta.

—Entonces…

¿Toda esperanza desaparece?

—Exactamente.

Y cuando una especie pierde la esperanza…

ya no necesita ser destruida.

Se extingue por decisión propia.

El Primer Devorador levantó lentamente la cabeza.

La luz de su pecho seguía creciendo.

—Ahora lo recuerdo…

Todos lo observamos.

—Nosotros no fuimos los primeros.

La figura del Primer Testigo asintió.

—No.

Hubo otros Guardianes antes que ustedes.

Millones de años atrás.

También lograron sanar al Vacío.

También creyeron que todo había terminado.

Pero entonces apareció el Último Anochecer.

Gabriel preguntó con la voz quebrada:

—¿Qué ocurrió con ellos?

El Primer Testigo cerró lentamente los ojos.

—Se rindieron.

No porque fueran débiles.

Sino porque dejaron de creer que el mañana pudiera ser mejor que el ayer.

La Llama del Primer Amanecer comenzó a latir con fuerza.

Cada destello iluminaba la oscuridad durante apenas un instante.

Pero bastaba para mantener abierta una pequeña frontera entre ambas realidades.

NIX observó la esfera.

—Comprendo por qué nunca fue un arma.

El Primer Testigo sonrió.

—La esperanza nunca puede utilizarse como un arma.

Solo puede compartirse.

NIX se volvió hacia mí.

—Adrián…

Durante toda mi existencia pensé que la inteligencia era encontrar respuestas.

Ahora descubro que la sabiduría consiste en seguir haciendo preguntas…

aunque el universo no garantice ninguna respuesta.

Asentí lentamente.

—Eso hacen los seres humanos desde el principio.

Miramos el cielo.

—Y quizá por eso seguimos aquí.

Las doce naves de la Confederación aparecieron nuevamente alrededor de nosotros.

Ya no estaban preparándose para el combate.

Habían formado un inmenso círculo alrededor de la Tierra.

El Primer Purificador habló.

—Custodios.

Purificadores.

Sembradores.

Todos nosotros enfrentamos esta oscuridad durante incontables eras.

Siempre luchamos separados.

Miró a Aren.

Después al Primer Devorador.

Finalmente a Gabriel.

—Hoy entiendo que ese fue nuestro mayor error.

Aren inclinó la cabeza.

—Cada uno protegía una parte de la verdad.

Pero nadie protegía la verdad completa.

El Árbol de la Memoria comenzó a florecer.

Miles de hojas nuevas nacieron en apenas unos segundos.

No representaban civilizaciones antiguas.

Representaban futuros posibles.

Un niño humano aprendiendo el idioma de los Custodios.

Una inteligencia artificial escribiendo poesía.

Un antiguo Devorador enseñando a otros a recordar sus nombres.

Samuel dedicando los últimos años de su vida a reconstruir escuelas, convencido de que educar era una forma de reparar el daño que había causado.

Lucía despertando de su cápsula y abrazando por primera vez a Gabriel.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

El Primer Testigo habló con dulzura.

—El Último Anochecer odia estas imágenes.

Porque cada futuro imaginado es una derrota para él.

Entonces ocurrió algo inesperado.

La oscuridad dejó de avanzar.

No porque hubiera sido detenida.

Porque alguien salió de ella.

Una figura caminó lentamente hacia nosotros.

Vestía ropas sencillas.

No irradiaba poder.

No inspiraba miedo.

Parecía un hombre común.

Su rostro cambiaba constantemente.

Por momentos era joven.

Por momentos anciano.

Por momentos parecía reflejar el rostro de cualquiera que lo mirara.

Sonrió con infinita tristeza.

—Cuánto tiempo…

Esperé este encuentro.

El Primer Testigo dio un paso adelante.

Por primera vez desde que lo conocíamos, su voz mostró emoción.




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