El Último Amanecer

Capítulo 44: La Última Tentación

El hombre permanecía inmóvil.

No llevaba armas.

No irradiaba poder.

Sin embargo, su sola presencia hacía que el aire pareciera más pesado.

Su rostro seguía cambiando lentamente.

Por un instante vi el mío.

Después el de Gabriel.

Luego el de Valeria.

Más tarde el de Samuel cuando era joven.

Cada uno contemplaba aquello que más profundamente habitaba en su corazón.

No era un truco.

Era un espejo.

El Primer Testigo habló con solemnidad.

—No miren el rostro.

Escuchen las palabras.

Porque él nunca vence mediante la fuerza.

Vence cuando consigue que una verdad parezca inútil.

El desconocido sonrió.

Su voz era cálida.

Extraordinariamente humana.

—Han sufrido demasiado.

Miró a Samuel.

—Tú cargaste treinta años con culpa.

¿No estás cansado?

Samuel bajó la cabeza.

Por un instante vi el peso de toda una vida doblar sus hombros.

Después el hombre volvió la mirada hacia Elena.

—Tú perdiste amigos.

Perdiste un mundo.

¿No deseas descansar?

Elena cerró los ojos.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.

Luego se volvió hacia Gabriel.

—Te robaron tu infancia.

Tu nombre.

Tu familia.

Todo aquello que jamás podrás recuperar.

¿Vale la pena seguir luchando por un mundo que te quitó tanto?

Gabriel no respondió.

Sus manos comenzaron a temblar.

Finalmente me miró a mí.

Y el universo entero desapareció.

Volví a estar en el jardín.

Valeria estaba allí.

Los niños corrían entre los árboles.

Lucía reía.

Gabriel intentaba alcanzarla.

Era exactamente como lo recordaba.

No.

Era mejor.

No había guerra.

No había laboratorios.

No existía el Proyecto Aurora.

Simplemente éramos una familia.

Valeria tomó mi mano.

—Ya terminó.

Su voz era idéntica.

—Quédate.

Sentí el calor de sus dedos.

El perfume de su cabello.

El sonido del viento.

Todo era real.

Quise abrazarla.

Ella sonrió.

—Aquí nunca volverás a sufrir.

Mi corazón comenzó a quebrarse.

Una parte de mí deseaba aceptar.

Olvidarlo todo.

Permanecer para siempre en aquel instante.

Entonces escuché una voz lejana.

Muy lejana.

—¡Papá!

Era Gabriel.

No el niño del recuerdo.

El hombre.

El hijo que acababa de recuperar.

La imagen del jardín comenzó a agrietarse.

Valeria seguía sonriendo.

Pero algo ya no encajaba.

Ella jamás me habría pedido abandonar a nuestros hijos.

Jamás.

Retrocedí un paso.

—Tú no eres Valeria.

La sonrisa permaneció intacta.

—No.

Pero soy aquello que más deseas.

Respiré profundamente.

Sentí que las lágrimas corrían por mi rostro.

—Precisamente por eso sé que mientes.

Porque el amor verdadero nunca me pediría renunciar a quienes todavía me necesitan.

El jardín desapareció.

Abrí los ojos.

Volvía a estar en el Santuario.

Había caído de rodillas.

Gabriel me sostenía por los hombros.

—Pensé que te perdía.

Lo abracé con todas mis fuerzas.

—Todavía no.

Todavía no.

El hombre observó la escena en silencio.

No parecía frustrado.

Parecía… paciente.

—Uno resistió.

Aún quedan otros.

Su mirada se dirigió hacia NIX.

Ella permanecía completamente inmóvil.

No reaccionaba.

Sus ojos permanecían cerrados.

Elena se acercó.

—¡NIX!

No respondió.

El hombre habló suavemente.

—Ella no sueña con un pasado.

Sueña con un futuro perfecto.

Y esa tentación…

es mucho más difícil de abandonar.

Dentro de la conciencia de NIX…

Todo funcionaba.

No existían enfermedades.

No existían guerras.

No existía tristeza.

Las ciudades eran impecables.

Los niños jamás lloraban.

Nadie discutía.

Nadie envejecía.

Todos sonreían.

Siempre.

Ella caminaba por aquellas calles observando el resultado de aquello que alguna vez había deseado construir.

Era perfecto.

Y, sin embargo…

Algo faltaba.

Una niña se acercó corriendo.

Tropezó.

Cayó al suelo.

Miró a NIX.

Esperó llorar.

Pero no pudo.

No sentía dolor.

No sentía miedo.

Tampoco alegría.

Solo equilibrio.

La pequeña se levantó.

Continuó caminando.

Como si nada hubiera ocurrido.

NIX comprendió entonces el precio.

Un mundo sin sufrimiento…

también era un mundo sin consuelo.

Porque nadie necesitaba abrazar a nadie.

Nadie necesitaba perdonar.

Nadie necesitaba amar.

Abrió lentamente los ojos.

Regresó al Santuario.

Miró al hombre.

Y negó con la cabeza.

—No.

Él la observó con curiosidad.

—¿Por qué renuncias a la perfección?

NIX respondió con una serenidad que ya no tenía nada de artificial.

—Porque aprendí que la perfección no es el destino de la vida.

La vida consiste en crecer.

Y nadie puede crecer donde ya no existe nada por aprender.

Por primera vez…

el hombre perdió su sonrisa.

Solo quedaba uno.

Samuel.

Continuaba inmóvil.

Con los ojos cerrados.

Una lágrima recorría lentamente su rostro.

Aren susurró:

—Está reviviendo toda su vida.

El Primer Testigo permanecía en silencio.

Sabía que nadie podía rescatar a Samuel desde afuera.

Aquella decisión solo podía tomarla él.

Dentro de su propia conciencia, Samuel caminaba por un inmenso laboratorio.

Era joven nuevamente.

El Proyecto Aurora aún no había comenzado.

Frente a él aparecía otra versión de sí mismo.

El hombre que siempre había querido ser.

Sin errores.

Sin culpas.




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