La voz volvió a resonar por toda Arca Uno.
Era mi voz.
No una parecida.
No una imitación.
Era exactamente mi tono, mi forma de pronunciar las palabras, incluso la leve pausa que hacía antes de terminar cada frase.
Un escalofrío recorrió la sala.
Gabriel se colocó instintivamente delante de la cápsula de Lucía.
Samuel tomó con fuerza su bastón.
NIX elevó inmediatamente el nivel de alerta.
—No detecto presencia biológica.
EVA respondió desde los sistemas centrales.
—Yo tampoco.
Sin embargo…
la señal proviene del Sector Omega.
Respiré profundamente.
Algo dentro de mí comenzaba a despertar.
No era un recuerdo completo.
Solo una sensación.
La certeza de haber tomado una decisión extrema muchos años atrás.
Una decisión tan peligrosa que decidí olvidarla incluso yo mismo.
El inmenso portón permanecía abierto.
Más allá solo había oscuridad.
No una oscuridad amenazante.
Una oscuridad silenciosa.
Como un lugar donde el tiempo había permanecido inmóvil.
EVA proyectó el plano completo de Arca Uno.
Todos observamos sorprendidos.
El Sector Omega no figuraba en ninguno de los archivos conocidos.
Era una instalación construida mucho más abajo que el Núcleo.
Oculta incluso para los ingenieros del Proyecto Aurora.
Samuel levantó lentamente la vista.
—¿Cómo pudiste construir algo así sin que nadie lo supiera?
Negué con la cabeza.
—No lo sé…
Y eso era precisamente lo que más me aterraba.
La voz volvió a escucharse.
—Si han llegado hasta aquí…
significa que la humanidad sobrevivió.
Guardó unos segundos de silencio.
—Entonces ha llegado el momento de devolverles aquello que me pidieron guardar.
Gabriel me observó.
—¿Quién habla?
La respuesta llegó inmediatamente.
—Doctor Adrián Valdés.
Versión Omega.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Versión… Omega?
NIX fue la primera en comprender.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—No…
Adrián…
¿Tú también creaste una copia de tu conciencia?
Sentí que un recuerdo golpeaba con fuerza mi mente.
Fragmentos.
Un laboratorio.
Valeria.
Una discusión.
Y una frase que ella había pronunciado con lágrimas en los ojos.
—Prométeme que, si algún día haces una copia de ti mismo…
nunca permitirás que ocupe tu lugar.
El recuerdo desapareció antes de completarse.
Me llevé una mano a la cabeza.
—Ahora empiezo a recordar…
Decidimos descender.
El ascensor principal nunca había registrado aquel nivel.
Sin embargo, al colocar mi mano sobre el panel, apareció un nuevo botón.
Ω
Sin pensarlo demasiado, lo presioné.
Las puertas se cerraron.
El ascensor descendió.
Diez metros.
Cincuenta.
Cien.
Doscientos.
Seguía bajando.
Nadie hablaba.
Solo se escuchaba el zumbido constante de los motores.
Finalmente se detuvo.
Las puertas se abrieron lentamente.
Lo que vimos al otro lado nos dejó sin aliento.
No era un laboratorio.
Era una ciudad.
Una ciudad completa.
Más pequeña que Arca Uno.
Pero mucho más antigua.
Calles perfectamente iluminadas.
Árboles.
Casas.
Una plaza.
Una escuela.
Todo vacío.
Como si sus habitantes acabaran de marcharse unos minutos antes.
Elena apenas pudo susurrar.
—¿Qué es este lugar?
La voz respondió.
—Una simulación construida para preservar algo que ninguna cápsula criogénica podía conservar.
Avanzamos lentamente.
Cada edificio llevaba el nombre de una persona.
Profesores.
Médicos.
Pintores.
Músicos.
Escritores.
Carpinteros.
Campesinos.
No había generales.
No había políticos.
No había empresarios.
Gabriel observó una pequeña biblioteca.
—¿Por qué ellos?
La respuesta llegó desde todas partes.
—Porque las ciudades pueden reconstruirse.
Las máquinas pueden fabricarse nuevamente.
Pero una cultura desaparece para siempre cuando nadie recuerda cómo vivían las personas comunes.
NIX sonrió.
—Una memoria de la humanidad cotidiana.
La voz respondió.
—Exactamente.
Llegamos hasta la plaza central.
En medio de ella había un banco de madera.
Sobre él…
un hombre.
Leía tranquilamente un libro.
Al escuchar nuestros pasos levantó la vista.
Era yo.
Treinta años más joven.
Sin una sola cana.
Sin las cicatrices que el tiempo había dejado en mi rostro.
Gabriel quedó inmóvil.
Elena contuvo la respiración.
Samuel retrocedió un paso.
El hombre cerró el libro lentamente.
Sonrió.
—Hola, Adrián.
No era un holograma.
No era un robot.
Era una proyección cuántica de una conciencia.
Una copia perfecta de mí mismo creada antes de borrar mis recuerdos.
Me observó con una mezcla de orgullo y tristeza.
—Sabía que algún día volverías.
Di un paso hacia él.
—¿Eres… yo?
Sonrió.
—No.
Tú seguiste viviendo.
Yo me quedé esperando.
Durante treinta años.
Guardando algo que no podía caer en las manos equivocadas.
Gabriel preguntó con cautela.
—¿Qué guardaste?
La sonrisa desapareció del rostro de mi otra versión.
Se puso de pie lentamente.
Después señaló la escuela que se alzaba frente a la plaza.
—El conocimiento científico salvó a la humanidad.
El Árbol de la Memoria conservó su historia.
Pero había algo que ninguno de los dos podía proteger.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
La versión Omega me miró directamente a los ojos.
—La infancia.
Guardó silencio unos segundos.
—Aquí están los cuentos que los padres contaban a sus hijos.
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Editado: 15.08.2026