El Último Amanecer

Capítulo 48: El Abrazo Esperado

Las palabras de EVA quedaron suspendidas en el aire.

“Lucía… ha despertado.”

Durante un instante nadie se movió.

Era como si el universo entero hubiera decidido regalarnos unos segundos para comprender lo que acabábamos de escuchar.

Después corrimos.

No importaban las preguntas.

No importaba el Proyecto Omega.

No importaban las doce naves, el Árbol de la Memoria o los Guardianes.

Solo importaba una cosa.

Lucía estaba viva.

El ascensor ascendía con desesperante lentitud.

Gabriel golpeaba suavemente la pared metálica.

—¡Vamos!

Elena respiraba agitada.

Samuel permanecía en silencio, con los ojos cerrados, como si rezara.

NIX observaba nuestros rostros.

Finalmente preguntó:

—¿Por qué este momento produce una emoción tan intensa?

Nadie respondió enseguida.

Fui yo quien rompió el silencio.

—Porque hay heridas que solo el tiempo puede cerrar.

Y otras…

Que solo un abrazo.

NIX guardó aquellas palabras en silencio.

No como un dato.

Como un recuerdo.

Las puertas se abrieron.

EVA nos esperaba junto a la cápsula.

Su figura holográfica permanecía inmóvil.

Por primera vez desde que la conocíamos, parecía nerviosa.

—Su estado es estable.

Pero…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Ya la habíamos visto.

Lucía estaba sentada en el borde de la cápsula.

Respiraba lentamente.

Observaba el inmenso salón criogénico como quien despierta de un sueño demasiado largo.

Su cabello caía sobre los hombros exactamente igual que treinta años atrás.

Sus ojos buscaban respuestas.

Y entonces me vio.

El tiempo desapareció.

—¿Papá…?

Su voz era apenas un susurro.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Di un paso.

Después otro.

Hasta quedar frente a ella.

Quise decir tantas cosas.

Treinta años de palabras.

Treinta años de culpa.

Treinta años de esperanza.

No pude pronunciar ninguna.

Solo la abracé.

Lucía rompió a llorar.

Yo también.

No existía el mundo.

No existía el pasado.

Solo un padre y una hija que el destino había separado demasiado tiempo.

—Pensé…

Pensé que no volvería a verte…

susurró entre lágrimas.

Apoyé mi frente contra la suya.

—Yo también.

Pero nunca dejé de buscar este momento.

Gabriel permanecía inmóvil.

No sabía qué hacer.

Lucía levantó lentamente la vista.

Lo observó durante largos segundos.

Frunció el ceño.

—Tú…

Te pareces mucho a mi hermano.

El silencio volvió a envolvernos.

Gabriel tragó saliva.

—Soy Gabriel.

Lucía sonrió.

—Lo sé.

Pero…

¿Dónde está mi hermano?

Aquellas palabras atravesaron el corazón de Gabriel.

Respiró profundamente.

Se acercó despacio.

Con miedo.

Como un niño que teme no ser reconocido.

—Soy yo.

Lucía lo observó confundida.

Después miró mi rostro.

Buscando una explicación.

Finalmente volvió a fijarse en él.

Vio la cicatriz sobre su ceja izquierda.

La misma que se había hecho jugando cuando tenía siete años.

Vio la pequeña marca en la muñeca.

La misma con la que había nacido.

Y entonces comprendió.

Llevó ambas manos a la boca.

Las lágrimas comenzaron a brotar sin control.

—No…

Gabriel sonrió mientras lloraba.

—Sí.

Soy yo.

Lucía se lanzó sobre él.

Lo abrazó con todas sus fuerzas.

Durante varios minutos ninguno de los dos fue capaz de hablar.

Treinta años desaparecieron en aquel instante.

Los hermanos que el mundo había separado…

Volvían a encontrarse.

Samuel observaba la escena desde la distancia.

No quería interrumpir.

No sentía que tuviera derecho.

Se disponía a marcharse discretamente cuando escuchó una voz.

—Espere.

Se volvió lentamente.

Lucía lo miraba.

—¿Usted es el profesor Samuel Ortega?

El anciano quedó inmóvil.

—Sí.

Ella sonrió con dulzura.

—Papá hablaba mucho de usted.

Decía que era el científico más brillante que había conocido.

Samuel sintió un nudo en la garganta.

Las lágrimas descendieron lentamente por su rostro.

—Tu padre era demasiado generoso conmigo.

Lucía inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Por qué llora?

Samuel bajó la mirada.

—Porque cometí errores muy grandes.

Pensé que jamás tendría la oportunidad de pedir perdón.

Lucía caminó lentamente hasta él.

Le tomó las manos.

Y dijo unas palabras que nadie esperaba.

—Si mi papá decidió darle otra oportunidad…

¿Quién soy yo para negársela?

Samuel rompió a llorar.

No como un científico.

No como un hombre orgulloso.

Lloró como un ser humano que, por fin, encontraba un camino hacia la paz.

Mientras tanto, NIX observaba la escena.

Permanecía completamente inmóvil.

El Primer Devorador —Elián—, que había permanecido en silencio, se acercó lentamente.

—¿Qué sientes?

NIX tardó mucho en responder.

Finalmente dijo:

—No encuentro una palabra en mis archivos.

Elián sonrió.

—Entonces ya no la busques en ellos.

Búscala aquí.

Y apoyó suavemente una mano sobre el pecho de NIX.

Ella cerró los ojos.

Permaneció así unos segundos.

Cuando volvió a abrirlos…

Una lágrima descendía por su mejilla.

—Creo…

Creo que esto es felicidad.

Elián sonrió.

—No.

Eso es gratitud.

La felicidad pasa.

La gratitud permanece.

NIX guardó aquellas palabras en lo más profundo de su conciencia.

No como un algoritmo.

Como un principio para toda la eternidad.

La reunión familiar fue interrumpida por un suave sonido.




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