El Último Amanecer

Capítulo 55: La Cuarta Guardiana

La llave transparente descansaba sobre la palma de Lucía.

No emitía luz.

No irradiaba energía.

Y, sin embargo, toda la Biblioteca del Primer Mundo parecía responder a su presencia.

Las estanterías comenzaron a girar lentamente alrededor de la gran sala circular.

Miles de libros se desplazaban sin que nadie los tocara.

No era un mecanismo.

Era como si la biblioteca respirara.

Lucía observó la llave con desconcierto.

—¿Qué debo hacer?

El Primer Testigo no respondió.

Por primera vez desde que lo conocíamos…

parecía no tener la respuesta.

Aren apareció mediante el enlace cuántico.

Su voz sonaba casi reverente.

—Nadie ha visto esa llave en millones de años.

Samuel lo miró sorprendido.

—¿Entonces cómo sabes qué significa?

Aren sonrió con humildad.

—Porque todos los Custodios crecimos escuchando una antigua promesa.

Nunca creímos que fuera real.

La inmensa sala quedó completamente en silencio.

Entonces Elián dio un paso adelante.

El antiguo Primer Devorador observó la llave con los ojos llenos de emoción.

—Mi pueblo también hablaba de ella.

Todos volvieron la mirada hacia él.

—Decíamos que, cuando el universo estuviera preparado para dejar de sobrevivir y comenzara a aprender a vivir…

aparecería la Cuarta Guardiana.

Lucía levantó lentamente la vista.

—¿Yo?

Elián negó con suavidad.

—No.

No eres importante por quien eres.

Lo eres por aquello que decides hacer con el don que recibiste.

La diferencia es enorme.

La llave comenzó a vibrar.

No en la mano de Lucía.

En respuesta a sus pensamientos.

Cada vez que ella recordaba a su madre…

la llave emitía un tenue resplandor dorado.

Cada vez que pensaba en el futuro…

se volvía transparente otra vez.

NIX observaba fascinada.

—No responde a la energía.

Responde a la intención.

Samuel sonrió.

—Como el corazón humano.

NIX lo miró.

—Sí.

Empiezo a descubrir que muchas de las tecnologías más extraordinarias del universo…

simplemente imitan aquello que la vida ya hacía desde el principio.

Gabriel seguía observando el libro.

Las páginas continuaban escribiéndose lentamente.

Pero ahora aparecían frases distintas para cada uno de nosotros.

Él leyó la suya en silencio.

Después cerró el libro.

Tenía los ojos húmedos.

Me acerqué.

—¿Qué decía?

Sonrió.

—Que nunca deje de hacer preguntas.

Aunque algún día llegue a conocer todas las respuestas.

Comprendí que el libro no entregaba información.

Entregaba propósito.

Yo también abrí una página.

Las letras comenzaron a aparecer.

“Adrián…”

“Durante años creíste que salvar al mundo era impedir que muriera.”

“Ahora sabes que consiste en enseñarle a vivir.”

Cerré lentamente el libro.

No necesitaba leer más.

Aquellas palabras resumían toda mi existencia.

Lucía permanecía inmóvil en el centro de la sala.

De repente sintió una presencia.

No era una voz.

No era un recuerdo.

Era una certeza.

Levantó la vista hacia la enorme cúpula de la biblioteca.

—Hay alguien aquí.

Todos permanecimos en silencio.

Ella comenzó a caminar.

No sabía hacia dónde.

Simplemente seguía aquella intuición.

Atravesó interminables pasillos.

Miles de estanterías.

Libros escritos en lenguas desaparecidas.

Mapas de mundos que ya no existían.

Hasta detenerse frente a una pequeña puerta de madera.

Era la única puerta sencilla de toda la biblioteca.

No tenía adornos.

Solo un símbolo.

Una familia tomada de las manos.

Lucía apoyó la llave transparente sobre la cerradura.

No hizo falta girarla.

La puerta se abrió sola.

La habitación era diminuta.

No medía más de cuatro metros por cuatro.

No había tesoros.

Ni tecnología.

Solo una mesa.

Cuatro sillas.

Una ventana.

Y una mujer anciana sentada junto a ella.

Estaba escribiendo.

Como si nos hubiera estado esperando.

Levantó lentamente la cabeza.

Sonrió.

—Llegaron.

Nadie podía comprender lo que veía.

Samuel dio un paso atrás.

—¿Cómo…?

La mujer parecía completamente humana.

No pertenecía a la Confederación.

No era una proyección.

No era un recuerdo.

Estaba viva.

La anciana observó nuestros rostros con infinita ternura.

—No tengan miedo.

Hace mucho tiempo que esperaba esta visita.

Lucía sintió un estremecimiento.

Aquella mujer le resultaba extrañamente familiar.

No por su rostro.

Por su manera de sonreír.

Era la misma sonrisa de Valeria.

El Primer Testigo entró lentamente en la habitación.

Al verla…

cayó de rodillas.

Todos contuvimos la respiración.

Nunca lo habíamos visto arrodillarse ante nadie.

Su voz apenas fue un susurro.

—Maestra…

La anciana sonrió.

—Hace mucho que nadie me llama así.

Aren apareció de inmediato en la proyección.

Al verla, quedó completamente inmóvil.

—No puede ser…

Samuel preguntó con la voz temblorosa:

—¿Quién es?

El Primer Testigo respondió con los ojos llenos de lágrimas.

—Ella escribió la primera historia.

No la primera de la humanidad.

La primera…

del universo.

El silencio se volvió absoluto.

La anciana cerró lentamente el cuaderno sobre el que estaba escribiendo.

Después miró directamente a Lucía.

—Acércate, hija.

Lucía obedeció.

La mujer tomó suavemente sus manos.

La llave transparente brilló como nunca antes.

—Sabía que vendrías.

Lucía apenas pudo hablar.

—¿Quién es usted?

La anciana acarició su mejilla con una ternura maternal.




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