Las lágrimas caían por mis mejillas; notaba cómo me resecaban la piel, cómo me dolía la cara y cómo todo mi cuerpo estaba agarrotado. Sentía que el corazón se me iba a salir por la boca.
Corría como nunca antes en mi vida, sin rumbo, bajo la lluvia, sin dirección, pero sin poder detenerme. Sentía mis manos temblar de una forma que nunca había experimentado, y mis ojos ardían como el fuego. Lo odiaba. Odiaba esa sensación de que el pecho se me iba a partir en dos, la sensación de no poder más, de que el dolor se apoderara de todo mi ser y me consumiera. No podía más, y de eso estaba segura. Notaba cómo me costaba respirar, cómo el aire llegaba lentamente a mis pulmones; sentía cómo se me atragantaban las palabras por todo lo que quería decir, pero nada salía.