Llevaba un mes mientras me curaba, me había aislado por completo. No quería saber nada de nadie ni que nadie supiese nada de mí. Estaba sumida en un dolor que podía conmigo, era demasiado para mí y nadie era capaz de entenderlo. Si, me había cruzado unas cuantas veces con mis amigas y me habían invitado a salir, pero, yo siempre decía que no, no tenía fuerzas para enfrentarme a las preguntas de cómo estaba, de si volvería… simplemente, no quería. Ese día, decidí salir a dar un paseo, un paseo por el parque donde sabía que las demás estarían jugando, sin mí.
En cuanto entre en el parque, todo vino de golpe. Toda esa felicidad que sentía al jugar, todas esas ganas de siempre por hacer deporte y estar con mis amigas, me encantaba la calle y salir, pero desde el accidente… Desde ese día no había vuelto a habar con ella, tampoco había vuelto a ser la misma.
Me sentía vacía, eso nada lo podía cambiar. A pesar de que mi mano se curaba yo tenía un mal presentimiento y sabía que no volvería a jugar, sabía que aquello había sido un final, sabía que aquello sentenciaba mi muerte.
A lo mejor alguien piensa que exagero, pero no es así. Cuando pierdes tu sueño, tus oportunidades y tu mejor amiga es la culpable, todo se viene abajo. De que sirve levantarse después de caer si no va a haber nadie para tenderte la mano, de que te sirve seguir viva si aquello por lo que luchabas se ha ido y esa gente que te animaba se ha olvidado de ti. ¿De qué sirve entonces seguir luchando? Nadie, y cuando digo nadie es nadie, va a entender este sentimiento a no ser que lo haya vivido antes, a no ser que sepa como todo en tu mundo se apaga. Por mucho que yo intente expresarlo, los demás solo se van a acercar una décima parte a ese dolor, ese dolor que es capaz de destruirte, ese dolor que acaba con tu persona y te cambia, ese dolor que solo yo siento ahora.
Mientras caminaba, el césped rozaba mis tobillos, el calor se sentía en mi piel y la primavera se sentía en el ambiente. Veía a la gente pasar charlando, otros jugaban y se reían, otros solo contemplaban el parque, y por último estaba yo, viendo a todos aquellos disfrutar y observando la vida pasar.
Desde el comienzo de la lesión siempre iba al parque, me sentaba a una distancia prudente y las veía jugar, siempre era así. Los primeros días, nada más llegaba tenía que irme, después de una semana solo lloraba en silencio y ahora, ahora era capaz de controlarme, pero ese día, ese día no. Ya hacía un mes, un mes sin hacer lo que me gustaba, un mes sin ser yo, un mes estando apagada, un mes de dormirme llorando y despertar sin tener ganas, un mes sin hablarle. Un mes sintiendo impotencia por no poder hacer nada, rabia por pensar que tuve que ser yo y tristeza, un dolor inmenso, que no se me quitaba por nada del mundo. Ese día no me controlé, no pude, y lloré hasta que me quedé sin lágrimas, y en cuanto las recuperé, volví a llorar. Llevaba así una hora, sin parar, porque todo vino de golpe, me superó. Para mí no estaba siendo fácil, todo era cuesta arriba y solo yo lo sabía.
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De repente alguien se sentó a mi lado. Era el chico de la pelota de aquel día, ese rubio y bastante alto. Estaba mirando al frente y al darse cuenta de que le miraba extrañada se giró.
— No me mires así, tan feo no soy. — yo sonreí y me sequé las lágrimas que tenía en mis mejillas y el continuó — Espero que no te importe que me siente contigo. Llevas aquí de la misma forma una hora y, además, creo que vienes a menudo y les observas. — Eso último lo dijo señalándolas con la cabeza.
Era cierto, me sentaba allí y las miraba. Cualquiera diría que era un a loca o algo por el estilo, pero si supieran toda la historia…
— ¿Por qué no vas y le dices a alguna si puedes jugar? Seguro que te dicen que sí.
— Es muy fácil decirlo cuando no se trata de ti. — Yo estaba molesta con él y con sus amigos porque fueron ellos los que me dieron aquel balonazo, si su balón no me hubiese dado a lo mejor podría haber recibido el remate y ahora no estaría asi. El chico se me quedó mirando y entendí que me había pasado. — Perdona, llevo un día malo. ¿Cómo te llamas?
Empezamos a hablar, se llamaba David y era bastante amable. Habíamos estado hablando de nosotros hasta que me preguntó.
— Ahora enserio, no van a decirte que no. Podemos probar suerte a ver si nos podemos unir.
— Hace un mes que no juego, he perdido practica y además no puedo.
— Ya sé que llevas un mes sin jugar porque llevas un mes haciendo esto, es raro ver a alguien como tu aquí sola — Yo creo que eso último lo dijo para disimular que se había fijado —. ¿y por qué no puedes?
Al principio vacilé un poco, esa era mi historia y él no tenía por qué saberla, menos cuando había sido por sus amigos por lo que yo estaba así. Todo esto no se lo contaba a nadie y no pensaba que el fuese a ser diferente, pero vi que realmente le interesaba, que no lo hacía por compromiso o por pena, así que se lo conté.
— Hace un mes, justo, yo estaba jugando con ellas. Todo estaba bien hasta que dejó de estarlo. Vinimos al parque a jugar, exactamente igual que llevan haciendo un mes sin mí, una de ellas me remató y a la vez vuestro balón me dio en la cabeza. Caí al suelo inconsciente y con las dos cabezas de ambos huesos de la mano rotos, al darme cuenta tuve un infarto y me llevaron al hospital, y aquí estamos — Me derrumbé, no pude, y empecé a llorar. — No es solo lo que pasó aquel día, sino todo lo que ha desencadenado.
— Por eso al principio me hablabas como si te pasase algo conmigo. Lo siento mucho, el balonazo te lo dio otro niño, Miguel. A lo mejor no te apetece por todo eso, pero, si quieres puedes jugar con nosotros.
Pensaba que me lo decía de broma, pero se levantó y me tendió una mano.
— Lo que nos duele no hace falta enfrentarlo solo, es más facil si tienes alguien en quien apoyarte.
Cuando llegamos me presentó a sus amigos, estaba Carlos y Pedro, los gemelos, Miguel, el bajito de todos, Luis y el. Eran todos muy amables y Miguel se acordaba de mí y me pidió perdón. Estuve un rato sentada mientras ellos jugaban y al final me animé, me levanté y me puse a jugar con ellos. Me lo estaba pasando muy bien y a ellos les había sorprendido que yo supiese jugar bien, ya que mi deporte no era ese y además no me gustaba.
Noté que alguien me ponía una mano en el hombro, pero no fue ninguno de ellos.
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