Noté que alguien me ponía una mano en el hombro, pero no fue ninguno de ellos.
— No sabía que estuvieras aquí.
Sabía perfectamente quien era, tan bien como que no quería estar cerca de ella. Me di la vuelta y de la mejor manera que pude empecé a hablar con ella.
— Si, había venido y estaba con ellos, ¿Te los presento?
— Oye, que no es por nada, pero es que se supone que nosotras somos tus amigas no ellos. Y no quiero que me los presentes.
— Quienes sean mis amigos lo decido yo y menos me lo vas a decir tu. Y si estoy con ellos o no, a ti te tiene que dar igual, como si te saludo o como si te ignoro. Adiós Patri.
Me di la vuelta con intención de seguir jugando, pero no me dejó.
— Si no estas con nosotras por lo de la mano puedes venir en otro momento, eso da igual y además eso se te va a curar pronto, así que no te encariñes mucho de ellos porque nos conocemos.
Solo tenía que decir eso para terminar de enfadarme, si había alguien que era capaz de enfadarme así era ella, si alguien podía hacer que yo sintiera rencor era ella, si alguien podía hacerme tanto daño, esa era ella.
— A mí no me da igual, a mi todo esto me importa y si a ti no, no es mi problema, pero no por ello tienes que invalidarlo. Además, como si ahora empiezo a ser su mejor amiga, eso a ti te da igual, lo mismo te digo con la lesión. Fuiste tú la que remató y serás tú la que pague por ello. Al igual que tú eres capaz de hacerme daño así — dije señalando el ambiente —, yo soy capaz de contarlo y hacer que seas tú la que lo pase mal. No me gusta este juego, pero ambas sabemos que yo soy la mejor. Déjame en paz, Patricia.
Dicho esto, se fue, seguro que molesta por mi amenaza e indignada por que le llamase por su nombre entero. Cuando me di la vuelta para seguir con mi vida, estaban todos mirándome.
— Lo siento — dije, cogí mis cosas y me encaminé a la puerta del parque. No tenía pensado irme hasta más tarde, pero, podía cambiar mis planes, al final, siempre lo hacía por ella.
— ¡Espera Valeria!
Al darme la vuelta, a unos metros corría hacia mi David.
— Déjame tu móvil. Voy a darte mi número.
Le tendí mi móvil y vi que se quedaba pensativo, pero después escribía, pasados unos segundos me lo dio.
— Gracias, a ver si otro día nos vemos.
Se despidió con la mano y se fue con los demás.
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Llegué a mi casa muy cansada, desde el parque a mi casa había unos veinte minutos. Cuando llegué no estaba mi madre en casa y ya sabía que Sara había salido, así que fui a mi cuarto y me senté en la cama a leer. Al rato, el móvil vibró y al cogerlo no tuve que pensar mucho.
Era un mensaje de “el mejor jugador de fútbol”, antes, al darle mi móvil a David, se guardó el solo y se puso ese nombre, por eso dudo al escribirlo. Entré en WhatsApp y respondí.
«¿Llegaste ya a tu casa?»
«Si, justo acabo de llegar.»
«¿Te puedo hacer una pregunta?»
«Si, claro.»
«¿Por qué no te gusta el fútbol, pero se te da muy bien?»
Me quedé pensando el que decirle. No sabía si decirle la verdad o poner cualquier excusa. Al final opté por lo más fácil.
«Si quieres saber eso, otro día te lo cuento.»
Cerré el móvil, y me puse a pensar. Hacía mucho que no le veía y no me sentía cómoda hablando del, pero en algún momento alguien tendría que ser la persona que lo supiese, no debía cargar yo siempre con ese peso. No siempre tendría que ser un secreto. Me metí en la cama poco después de ducharme y recoger, no tenía ganas de cenar y al estar sola en casa nadie me diría nada.
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