El Último año

11. Cuesta abajo

Un día después de mi cumpleaños:
Esta mañana todo me dolía un poco. No sé si era el frío o si había dormido rara, pero la mano... la mano no era mía. Algo dentro crujía al moverla, como un papel arrugándose muy despacio. Me dolía cuando la cerraba, cuando la giraba, incluso cuando la dejaba quieta.
Papá me vio intentando atarme los cordones y se le cambió la cara. No me preguntó si me dolía, no dijo "a ver si se pasa". Solo dijo: —Vamos al médico. Y eso fue todo.
Caminamos. Yo quería protestar, decir que no era para tanto, que seguro se me pasaba. Pero no tenía ganas de hablar. Tenía frío. El aire parecía tener espinas. Cruzamos el parque. Me acordé de la última vez que estuve allí, cuando aún estaba bien con Luis. Ahora solo quería quedarme en el suelo.
No hablamos en todo el camino. A veces yo caminaba más despacio, y él lo notaba y bajaba el ritmo. Papá siempre camina en silencio cuando está preocupado. Lo conozco.
La puerta del centro médico se abrió sola, como siempre. Pero esta vez me dio una especie de escalofrío. Todo estaba muy blanco, muy limpio, muy quieto. En la sala de espera había una señora tosiendo bajito y un niño pequeño jugando con un móvil sin sonido. Yo me senté con la mano sobre el regazo, como si no fuera conmigo.
Cuando me llamaron, me levanté sin decir nada. El doctor era joven, con cara amable, pero yo no confiaba en nadie. Me pidió que me tumbara en una camilla y empezó a tocarme la muñeca, a moverla, a hacerme preguntas. Me dolía más de lo que pensaba. Aguanté. Apreté los dientes, respiré hondo.
Después vinieron más pruebas. Una tras otra. Rayos X, una máquina que hacía un ruido extraño, luces frías sobre mi cara. Se me pasó el tiempo muy lento, como si estuviera bajo el agua.
No sé cuánto rato pasó. Una hora, creo. Cuando por fin el médico volvió a sentarse y miró las imágenes, sentí que algo se me encogía en el pecho. No decía nada. Solo miraba la pantalla. Después giró su silla hacia mí. A papá también.
—Tienes una rotura en el fibrocartílago triangular —dijo—. Es una parte muy delicada de la muñeca. Y… lo siento, pero no tiene solución. Además, el cúbito es más largo, por lo que no podemos operar.
Me quedé quieta. Como si me hubieran apagado. No entendía bien qué era eso que se había roto. ¿Un fibro... qué? Pero lo que sí entendí fue esa frase. "No tiene solución". Me rebotó en la cabeza como un eco. No tiene solución. No tiene solución. No tiene...
Papá preguntó si se podía hacer otra cosa. Yo ni lo miré. Tenía la vista fija en mis piernas, que colgaban de la camilla.
—En este caso, no, el hueso no está maduro y no sabemos si con el tiempo se igualará —contestó el médico—. Es muy difícil de reparar y el resultado no siempre mejora la situación.
No dije nada. No podía. Sentí como si me hubieran borrado por dentro.
Cuando salimos, el aire del pasillo me pareció más frío todavía. Caminé detrás de papá sin hablar. Mi mano me dolía más ahora, como si supiera que ya no la iban a arreglar nunca. No sé por qué, pero me daban ganas de gritar. De romper algo. Pero solo apreté los labios. Me dolía más llorar que aguantar.
No volvimos por el parque. Tomamos otra calle, más vacía. Había una panadería cerrada y una señora barriendo la acera. Yo solo veía borroso. Sentía las lágrimas asomando, pero no quería llorar. No ahí, no todavía.
Pero cuando llegamos a la esquina de nuestra calle, no pude más. Me paré de golpe. La garganta se me cerró. El pecho se me llenó de un calor raro, y entonces empecé a llorar. No fue un llanto suave. Fue uno de esos que te doblan, que no te dejan respirar. Las piernas me flaquearon. Pensé que me iba a caer. Sentí cómo se me iba el suelo.
Y de repente, papá estaba ahí, sujetándome. Me abrazó fuerte, como cuando era más chica y tenía pesadillas. Me decía "tranquila, tranquila", muy bajito, como si me estuviera cantando algo. Yo lloraba contra su chaqueta. Mojé su ropa con mis lágrimas. No podía hablar. Solo quería desaparecer.
—Estoy contigo, Valeri —me susurró—. Lo vamos a llevar juntos, ¿vale?
Y yo, entre lágrimas, asentí. No sé cómo. No sé por qué. Pero cuando lo dijo, me pareció que quizás sí podía aguantar un poco más.
Seguimos caminando hacia casa, muy despacio. Él no soltó mi mano en todo el camino. La derecha, porque la izquierda... ya no podía usarla. Pero esa derecha que me apretaba fuerte... esa todavía estaba entera.
🏐
No tiene solución.
Qué frase tan pequeña para romper una vida. Son solo tres palabras. Diecisiete letras. Un suspiro de tiempo. Pero desde que las escuché, están metidas en mi cabeza como si alguien las hubiera grabado con fuego. Y no paran. Se repiten. Cada vez que parpadeo. Cada vez que respiro. Cada vez que intento mover la mano.
No tiene solución.
¿Qué se supone que significa eso para alguien como yo? ¿Qué significa que no hay solución cuando todavía tienes toda una vida por delante? ¿Qué haces cuando todavía ni sabes quién eres del todo y ya te han dicho que hay algo que no vas a poder volver a hacer nunca?
Mi mano. Mi muñeca. Esa parte del cuerpo que antes solo era “la mano izquierda” y ahora es “el sitio donde vive el dolor”. Donde está lo roto. Lo que no se va a arreglar.
Antes podía hacer de todo. Deportes. Saltar. Correr. Tirarme al suelo. Jugar al voley como si fuera lo único que existiera. Porque para mí lo era. No era solo una actividad. Era mi mundo. Era el sitio donde mi cabeza se callaba, donde el cuerpo hablaba por mí. Donde me sentía fuerte. Donde todo tenía sentido.
Ahora... ni siquiera puedo atarme los cordones sin que me tiemble el alma.
Y lo peor no es el dolor físico. No. Lo peor es esa sensación de que se ha cerrado una puerta. De que alguien ha decidido por mí que ya no puedo. Que se acabó. Que eso que me hacía sentir viva ya no es una opción.
Y yo no estaba preparada.
Nadie te prepara para perder un sueño cuando aún estás aprendiendo a soñar.
Te enseñan a levantarte cuando te caes, pero ¿qué pasa cuando no te dejan levantarte? ¿Qué pasa cuando te dicen que no va a mejorar, que no va a cambiar, que simplemente tienes que aprender a vivir con ello?
Soy una adolescente. Y ya tengo que aprender a renunciar.
Eso no es justo.
Nadie me preguntó si podía con esto. Nadie me explicó cómo se lleva una vida en la que tus planes se borran sin aviso. Me siento como si me hubieran quitado algo sin darme nada a cambio. Como si el universo me hubiera hecho una trampa.
Y todo fue en un momento. Una frase. Una sola frase.
“Tienes una rotura en el fibrocartílago triangular. No tiene solución.”
¿Sabes lo que es eso? Es como si te dijeran que dentro de ti hay algo roto que nadie puede tocar. Que, aunque lo intentes, aunque lo desees con todas tus fuerzas, no va a volver a ser como antes. Es como vivir con una grieta que nadie ve, pero tú la sientes todo el tiempo. Late contigo.
Intento hacerme la fuerte. Digo “no pasa nada”, sonrío un poco, hago bromas sobre tener una muñeca rebelde. Pero por dentro... por dentro hay una tormenta que no se calla. Un dolor que no es físico, o al menos no solo físico.
Es el dolor de ver a mis compañeras entrenar y saber que yo no voy a estar ahí. Es ver como tus amigas, gente ajena a ti, cumple tu sueño mientras tú estás sentada, mirando sin poder remediarlo, porque tú ya no tienes opción.
Y hay una rabia. Una rabia enorme. Contra mi cuerpo. Contra el destino. Contra todos. Incluso contra mí misma. Porque una parte de mí sigue preguntándose si fue mi culpa. Si me esforcé demasiado. Si no supe parar. Si esto se pudiese haber evitado.
Me odio por pensar así. Pero es lo que hay. Porque cuando te dicen que no hay solución, no te dan un manual. No te explican cómo seguir adelante. Solo te lo sueltan. Como si fuera una información cualquiera.
Pero para mí no es cualquiera. Para mí, esa frase es un terremoto.
A veces me despierto en mitad de la noche y me duele. Me duele todo. No solo la muñeca. Me duele el pecho. Me duele pensar. Me duele imaginarme dentro de un año, dentro de cinco. Me duele no saber qué soy si ya no soy la chica que juega al voley. Si no soy la que corría sin parar, la que competía, la que se caía y se levantaba siempre.
¿Quién soy ahora?
No tengo respuesta.
Y me siento tan sola. Porque nadie lo entiende del todo. Todos me dicen que soy fuerte, que hay cosas peores, que ya encontraré otra pasión. Lo dicen con buena intención, lo sé. Pero no lo entienden. No saben lo que es perder algo que te daba sentido. No saben lo que es mirar tu cuerpo y sentir que te ha traicionado. Y menos cuando fue culpa de tu mejor amiga.
Estoy cansada de fingir que estoy bien. De sonreír cuando por dentro me estoy rompiendo. De escuchar que “ya pasará”. Esto no va a pasar. Esto no se arregla. Esto no tiene solución.
Esa frase no se va de mi cabeza.
Pero también hay otra cosa. Una voz muy bajita que apenas se oye. Que a veces me dice que no todo está perdido. Que, aunque el deporte que amaba ya no pueda ser como antes, todavía hay algo dentro de mí que no se ha roto. Que sigue luchando.
Y me da miedo. Porque esa voz se apaga a veces. Pero otras... otras me hacen pensar que tal vez puedo reinventarme. Que no será lo mismo, pero que tal vez, con el tiempo, podré encontrar otra forma de estar viva.
No quiero rendirme.
Pero ahora mismo... solo estoy cansada. Triste. Vacía.
Y está bien. Me lo permito.
Me permito llorar. Me permito enfadarme. Me permito estar perdida un rato. Porque esto duele. Y está bien que duela.
No soy menos por estar rota.
No soy menos por haber perdido algo.
Solo soy una niña que tuvo un sueño y lo vio romperse en una sala blanca, mientras un médico decía esas tres palabras que cambiaron todo.
No tiene solución.
Pero quizás... solo quizás… eso no significa que yo no tenga solución.



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En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 12.02.2026

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