El Último año

12. Sola, incluso cuando estaba rodeada

No he pegado ojo. No he dormido nada. He pasado la noche entera dándole vueltas a la cabeza, buscando respuestas, sin encontrar ninguna. ¿En qué momento puede decirse a una niña como yo —que ya ha sufrido tanto— que su vida solo va a ir a peor con el tiempo?
El médico me dijo que hiciera vida normal, pero no puedo. No puedo porque me duele peinarme. Me duele ponerme los zapatos. ¿Eso es una vida normal? Tampoco pueden pedirme que abandone mi sueño. Ese sueño era lo único que me sostenía en pie. He estado huyendo de mi pasado tanto tiempo que ahora el presente me pesa aún más. Todo se mezcla. Y es su culpa.
Hace unos años, yo era una niña alegre, feliz, siempre sonriente. Siempre tenía algo que decir, siempre tenía una ocurrencia, una ilusión. Nunca estaba triste. Pero esa niña quedó atrás. No sé cuánto tiempo hace que me abandoné a mí misma, que esto comenzó, que todo cambió. Este es el quinto año.
Mi pasado:
En el primer año tenía un grupo pequeño de amigas. Éramos cinco: Patricia, María, Sofía, Daniela y yo. Permanecimos unidas durante dos años. Fueron los primeros. Todo parecía ir bien… al principio. Pero con el tiempo, se notaba: éramos un número impar. Siempre había una que quedaba sola.
Yo, entonces, era una niña muy inocente. Demasiado buena para un mundo tan cruel. Al comienzo, solían dejar sola a Daniela. Era la más callada, la más distante. Yo era el puente que unía a casi todas. Patricia solo se llevaba conmigo; María era mi amiga desde pequeñas; Sofía se entendía bien con María y conmigo. Pero Daniela… ella solo tenía una conexión real con María.
Al principio, Daniela estaba más apartada. Y como era la más cerrada, yo intentaba acercarme. Cuando le decían algo feo, yo no participaba. La defendía. Así fue durante el primer trimestre. Al principio, pasaba más tiempo con Patricia, pero con el tiempo, me uní más a Sofía. Éramos inseparables… hasta que un día todo cambió.
Me puse enferma y falté a clase. Nadie me preguntó cómo estaba. Era como si me hubiera vuelto invisible. Durante mi ausencia, algo cambió: parecían haber hecho las paces con Daniela, y ahora Sofía y Patricia eran inseparables. La que quedó fuera fui yo.
Al principio no fue tan evidente. Pero pronto comenzaron a apartarse para hablar entre ellas. Decían que era un secreto, y yo quería ser parte, porque seguíamos siendo un grupo… ¿no? Pero ahí fue cuando empezaron a excluirme. Empezaron las bromas pesadas entre ellas, y si alguna se molestaba, me echaban la culpa a mí, aunque yo no hubiese estado cerca, aunque no hubiese hecho nada. Al principio fue una vez, luego dos, y después… todos los días. Me dejaron más sola que nunca. Se reían de mí. Me culpaban de todo.
Y dolía. Dolía porque yo las había defendido. Pero nadie me defendió a mí. Un día jugábamos a “verdad o reto” y Daniela le preguntó a Patricia:
—¿Es verdad que en mi casa besaste un disco de Harry Potter?
El resto del curso siguieron haciéndome el vacío. Como si mereciera un castigo por algo que no había hecho. Empecé a dormirme llorando cada noche, a despertarme con dolor de estómago. Tenía miedo de ir al colegio, de no saber qué me esperaba cada día. Estaba cansada de fingir que todo me hacía gracia. Y una noche, antes de dormir, escribí una carta:
Hola, quería deciros una cosa que es importante para mí y llevo días pensando. Desde que falte un día a clase me habéis dejado sola, siempre que os ha pasado a vosotras os he defendido, pero conmigo nadie tiene valor. Llevo mucho tiempo mal, me despierto sin ganas, deseando que el día acabe ya y me acuesto pensando en no despertar, porque tengo miedo, os tengo miedo a vosotras. Porque las amigas no se hacen eso. Si voy a estar sola siempre así, prefiero dejar de formar parte del grupo, prefiero irme con otras personas, otras que no me hagan sentir mal. Habéis estado raras conmigo desde que falte a clase un día, y de eso hace mucho. Siempre que gastáis bromas y os molestan me culpáis a mí, aunque yo no tenga nada que ver, y en serio, estoy cansada de todo esto.
Al día siguiente se la di. Ellas no lo entendieron. Querían que siguiera en el grupo, pero no era eso lo que me demostraban. Y así fue durante el resto del curso. No se lo conté a nadie. No hasta el año siguiente. Siempre que se me caía una pestaña, pedía un deseo. Cuando echamos los papeles a la chimenea en Año Nuevo, pedí un deseo. En mi cumpleaños del año siguiente, también pedí un deseo. Y siempre era el mismo: deseo ser feliz.
Recuerdo que un día escribí en una libreta, era como mi diario:
Querido diario,
hoy en el cole ha pasado lo mismo de siempre. Estoy un poco cansada. Me gustaría que todo volviera a ser como antes, como cuando era feliz.
Ese año empecé a guardármelo todo, empecé a sufrir en silencio, sola. Al curso siguiente las cosas siguieron exactamente igual, hasta que un día, mientras yo estaba caminando sola por el patio, vino Patricia con Daniela. La primera tenía una cara seria, estaba enfadada conmigo, otra vez, y la segunda estaba contenta, como si todo eso le alegrase.
—tú porqué dices que yo he besado un disco de Harry Potter— me lo dijo casi gritándome y algunos que pasaban cerca se giraron a mirarnos— en serio tía de que vas? Sabes que eso es mentira y se lo has dicho a todo el mundo.
—Patri, yo no he dicho nada
—eres una mentirosa, Daniela me ha dicho que te lo inventaste tu
Claro, en ese momento todo cuadraba. Otra vez la culpa era mía. Eso lo dijo ella el año pasado y como ahora se ha enterado, es más fácil cargarme a mí con el muerto que asumir la responsabilidad. Un día jugábamos a “verdad o reto” y Daniela le preguntó a Patricia: ¿Es verdad que en mi casa besaste un disco de Harry Potter?
—eso lo dijo Daniela el año pasado, jugando verdad o reto y tu estabas delante
—mentira! Yo no dije eso— Daniela intervino sabiendo que en realidad no mentía
Al final, quedé yo como la mentirosa, se alejaron de mí y estuve casi todo ese curso intentando entrar en otro grupo. Seguí sin decírselo a nadie hasta que un día, mientras yo lloraba en mi cuarto por la noche, Sara entro y me vio. Llamo a mi padre. Esa noche, lo solté todo, le dije todo lo que pasaba, lo que me habían dicho, que me habían culpado de todo… él solo me escucho hasta que yo dejé de llorar y entonces, se tumbó conmigo y conseguí dormir, por una vez en mucho tiempo.
Después de esos dos años, el tercero fue raro. Al comenzar el curso, parecía que patricia volvía a ser mi amiga, la diferencia era que ahora era ella la que estaba sola. No sé qué fue lo que paso, pero al comenzar el curso, nadie quería estar con ella. Carlota, mi otra mejor amiga y ella éramos tres, siempre estábamos juntas y todos los planes eran de tres. Eso funciono hasta que la madre de carlota empezó a ver que su hija se aislaba y se quedaba solo con ella. Ellas dos dejaron de hablarse asi que me quede yo sola con patricia. Cada vez que ella estaba mal, yo estaba ahí, cada vez que algo le pasaba, ella decía que era mi culpa. Así funcionaban las cosas, porque yo dejaba que eso pasase. Ese curso yo tuve que estar en medio, ella no se llevaba con nadie, pero yo sí, y todo el mundo la criticaba. Me metí en varios problemas por defenderla y entonces mi padre dijo que no le gustaba, que ella no era buena para mí. Yo, como siempre, no hice caso.
Al año siguiente, todo seguía igual, salvo porque ahora ella tenía otras amigas, aun así, ella seguía buscándome. Carlota y ella volvieron a ser amigas y fue como volver a empezar. Al principio todo iba bien, seguía un poco en la misma onda, pero no era tan malo como otros años. Yo solo esperaba que fuese distinto, pero fue otra vez cuesta abajo en el último trimestre. Empecé a hablar con un niño y se hizo mi amigo, no sabía el porqué, pero ellos se llevaban mal. Ella siempre intentaba que me alejase y él no dejaba de criticarla. Yo los defendía a los dos, pero ellos se enfadaban. Al final, he perdido la relación con ambos.
Me acuerdo de que ella un día me dijo:
—Valeria, ¿por qué estás con el sí nosotras somos tus amigas?
Me molesto eso, era yo la que tenía que decidir eso, no ella, y mucho menos gritarlo por el aula. Para mí era algo que no entendía, supongo que ella sí. Empezaron a crearse rumores sobre él y yo y por eso me alejé, porque él no los desmentía, porque el también participo mintiendo a mis espaldas, y ella, no acepto que discutiésemos. Al final, desde lo que paso no hemos vuelto a hablar y me duele porque éramos buenas amigas, o eso pensaba yo.
Todo esto ahora me pesa más porque si hubiese hecho caso a mi padre y me hubiese alejado, ahora no estaría así con la mano, porque si hubiese hecho lo que pensaba en su momento, no habría tenido que sufrir más. A lo largo de esos años, muchas veces pensé en terminar con todo, pero no quería dañar a nadie con mi ausencia, no quería que sintieran el dolor de la perdida porque yo no fuese capaz de aguantar, también me dio miedo, pensé en el fututo y me quede en blanco. Así que seguí y no me rendí. Si en ese momento hubiese tenido valor, hoy no estaría aquí, pero tampoco estaría sufriendo. Por eso, siento que esa herida no ha cerrado, que ahora vuelve a estar abierta, que tengo la piel en carne viva y eso duele más, porque yo estaba convencida de que eso lo había dejado en el pasado. Pero, desde que volvimos a discutir lo tengo siempre presente.
Pensar que mi vida estaba vacía era duro, pero más duro era querer acabar con ella porque el mundo fue cruel conmigo. Fui fuerte, pero no sé si aguantare esta vez, no sé si este año podré seguir.



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En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 12.02.2026

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