El Último año

13. Ya no hay vuelta atrás

El curso seguía y yo me quedaba atrás. Estaba segura de que todo iría bien, pero cada vez es peor. Pensaba que lo que pasó hace unos años ya lo tenía superado, pero no es así, lo tengo muy presente. Lo tengo presente porque ahí cambié, dejé de ser yo y empecé a tener miedo. Dejé de confiar, empecé a forzar sonrisas, a llorar sola… hasta este año. Pensaba que todo estaba bien, pero no. En cuanto lo volví a intentar, me di cuenta de que no, de que nada ha cambiado. Cada problema deja una herida, cada perdón deja una cicatriz. Hay que saber cómo cerrarla, porque puede convertirse en un problema.
Hace cinco años, una herida empezó a formarse dentro de mí. Una herida que cada vez era más grande, que dolía más. Cada intento de esconderlo se hacía más difícil. Esa herida… pensaba que se había cerrado, que podía olvidarlo, pero cada vez estoy menos segura de eso. Esa herida no cierra. Lleva cinco años creciendo. Me presiona el pecho, me duele todo, me arden los ojos. Recuerdo todas las sensaciones como si hubiesen pasado ayer.
No me quería levantar. Tenía miedo de las niñas que supuestamente eran mis amigas, y no era capaz de reconocerlo, de decirlo, ni siquiera de pensarlo. Lloraba hasta dormirme, y no quería despertar al día siguiente. Mis padres no notaban nada. Yo cada vez estaba más hundida, pero un día se dieron cuenta. Un día me vieron.
Ahí empecé a cambiar. Decidí seguir adelante por ellos, porque los quería y no podía hacerles daño. Cambié y mejoré por aquellos que me querían, y por esos sueños que aún quedaban por cumplir.
Esa herida quiso acabar conmigo, pero yo no la dejé. Ahora lo está volviendo a intentar, porque es más grande, más fuerte… Solo que esta vez no sé si quiero frenarla. No sé si seré capaz.
Estaba perdida, no sabía qué hacer… y cambié. Pero esa herida se quedó abierta. Yo antes era una niña alegre, con una sonrisa sincera, preciosa, siempre ayudando… y ahora no. Ahora soy todo lo contrario.
Ese año decidí ser perfecta. Empecé a hacer todo lo que me pedían, a adaptarme a cada persona, a cada situación. Ya no me enfadaba, no gritaba. Solo seguía mi camino, aunque fuera arrastrando los pies, aunque al llegar a casa y estar sola no parara de llorar.
Empecé a fingir que era fuerte, a fingir que podía con todo. Dejé de mostrarme como era de verdad; la gente solo veía lo que yo les permitía ver. Y ahora, no sé cómo dejar de ser esa niña perfecta.
Yo solo quería jugar. Pero está claro que ese no es mi destino. Y, como siempre, solo queda una opción: sonreír y fingir que me da igual.
🏐
Al día siguiente fui al colegio como si nada. Mis piernas se sentían pesadas, y no por el peso de mi mochila, sino por el peso de todo lo que no podía contar. Saludé a mis amigas con un gesto rápido, sin mirarlas directamente. Sabía que no iba a poder aguantar mucho.
—¿Cómo te fue en el médico? —preguntó Pau, sonriendo como siempre.
La pregunta era sencilla, pero sentí como si me hubieran golpeado en el estómago. Las palabras se atoraron en mi garganta. Noté cómo se me nublaba la vista. No. No ahora. No frente a ellas.
—Bien —intenté decir, pero la voz me tembló. Me mordí el labio, pero no sirvió.
La primera lágrima cayó sin permiso, y luego vinieron todas las demás. El pecho me dolía como si algo me estuviera oprimiendo desde adentro. Pau abrió mucho los ojos y me tomó del brazo.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien Valeri?
Negué con la cabeza, sin poder hablar todavía. Mis amigas me rodearon, preocupadas, confundidas. No sabía cómo explicar que todo lo que había soñado, todo lo que había construido con tanto esfuerzo, se acababa ahí. Solo pude decir:
—No tiene solución—. Las palabras salieron de mi boca en apenas un susurro.
🏐
No me reconocía llorando delante de otras personas. Siempre había sido la fuerte. La que se tragaba todo. Pero ahí estaba, hecha un nudo, en medio del patio del colegio. Sentí que todos miraban, aunque probablemente no fuera así.
Fue entonces cuando, entre la bruma de mis lágrimas, lo vi. A unos metros de distancia, apoyado contra una columna cerca del aula de matemáticas. Lucas.
No hablábamos desde hacía unos meses. Todo por lo que pasó. Pero ahí estaba, con esa expresión seria y algo preocupada que solo mostraba cuando realmente algo le importaba. Me miraba como si pudiera leerme por dentro. Y, sin decir nada, empezó a caminar hacia mí.
—Valeri… —susurró al llegar cerca.
Me giré hacia él, sin saber qué decir. Nunca me había visto así. Y, por alguna razón, me daba miedo que lo hiciera ahora.
Pero antes de que pudiera responder, antes de que pudiera siquiera intentar explicarle algo, sonó la campana.
Todo el mundo comenzó a moverse, a dispersarse como si nada importante estuviera pasando. Mis amigas me tomaron de los hombros suavemente.
—Vamos, Valeri, entremos.
Asentí, pero no dejé de mirar a Lucas. Él tampoco se movía. Me sostuvo la mirada por un instante más y, con un gesto casi imperceptible, como un “luego hablamos”, se giró y caminó en dirección contraria.
Yo solo quería gritarle que no. Que no quería seguir. Que no sabía cómo se vivía sin vóley. Que no era fuerte. Pero me tragué esas palabras. Como siempre. Como antes.
Solo que esta vez… alguien lo había visto.
Por primera vez en mucho tiempo, me permití llorar, sin ocultarme, delante de mis amigas. Ese día recordé lo que era llorar en voz alta, lo que era que alguien te secara las lágrimas. Recordé lo que era sentirse querida, a pesar de estar rota.
🏐
No me gusta que me vean llorar. No me gusta que nadie vea cuando algo me duele de verdad. Pero hoy no pude más.
Lloré en el recreo. Lloré de verdad. Como cuando eras pequeña y creías que si llorabas lo suficiente alguien iba a venir a arreglarlo todo.
Paula estuvo conmigo todo el rato. No dijo mucho, pero no hacía falta. Solo puso su brazo sobre mis hombros, me dejó esconder la cara en su sudadera y no hizo preguntas. Esa fue la parte más amable del día.
Ahora estamos en clase. La profesora habla, pero su voz me llega como si estuviera detrás de un cristal. No la escucho. Solo escucho mi respiración, aún un poco entrecortada, y el leve roce de Paula moviendo su lápiz junto al mío. Me duele la cabeza, pero más me duele el pecho. La profesora ni si quiera se ha dado cuenta de que lloro, nadie más que mis amigas. Ella sigue con su clase como si nada, pero a mí me da igual.
Y entonces, lo noto. Otra vez esa mirada.
Sé que Lucas me está mirando. Lleva haciéndolo desde que entramos del recreo. Lo veo de reojo, en la última fila, como si no supiera que me doy cuenta. Pero no lo miro. No le devuelvo la mirada. Si lo hago, es como darle permiso para acercarse, para hablar… y yo no quiero eso. No quiero hablar con él, porque mintió, a mí y sobre mí, y he decidido que, a partir de hoy, ya no doy segundas oportunidades. Él tuvo muchas y no apreció ninguna. Ajo y agua.
—¿Estás bien? —susurra Paula.
Asiento, sin hablar. Ella me mira como si supiera que es mentira, pero no insiste.
La profesora sigue con su explicación, hasta que, de repente, se detiene. Lo escucho claramente esta vez.
—Valeria, Paula… y Lucas. ¿Pueden salir un momento del aula?
Todos los ojos se giran hacia nosotros. Siento cómo mi estómago se encoge. Paula me mira confundida. Yo solo trago saliva y me levanto, sin decir nada.
Nos quedamos en el pasillo. La profesora ni siquiera ha salido con nosotros. Tal vez solo quería que habláramos, que lo resolviéramos. Como si fuera tan fácil.
Paula se apoya en la pared y me observa en silencio. Lucas está más lejos, caminando lentamente de un lado a otro, con las manos en los bolsillos. Odio lo tranquilo que parece. Odio que me mire como si tuviera derecho a preocuparse.
—¿Quieres hablar? —dice Paula con voz suave.
Niego con la cabeza. Me cruzo de brazos y respiro hondo. Estoy harta. De todo. De fingir. De que me miren como si no supieran lo que me pasa, porque en el fondo, ellos se daban cuenta de que algo no iba bien y, aun así, no hicieron nada. Lo dejaron pasar, dejaron que yo sufriera sola porque ellos no quisieron ayudarme, porque no me vieron.
—Valeria… —Lucas se acerca, pero no me da tiempo a apartarme cuando ya está casi al lado—. ¿Podemos hablar, por favor?
—No. —La respuesta me sale más cortante de lo que pensaba.
—Solo quiero saber qué te pasa.
—¿Y por qué te importa? —le espeto, sin poder evitarlo.
—Porque… porque me importas, Valeri. Aunque ya no hablemos. No tienes por qué estar así sola.
—Para ti soy Valeria—, siempre le dejé que me llamase Valeri, pero ya no— y no estoy sola —respondo, señalando a Paula con la mirada—. No necesito que vengas ahora, después de meses sin hablar, después de lo que hiciste.
Lucas baja la vista, y por un momento creo que va a alejarse. Pero no.
—Sé que ya no hablamos, pero no es porque no me importes. Me equivoqué. Solo quiero ayudarte.
—Pues no sabes cómo. —Mi voz tiembla, pero no bajo la mirada—. No puedes ayudarme. No puedes arreglar nada.
—¿Por qué no me dejas al menos intentarlo?
—Porque llegas tarde, Lucas —respondo, esta vez con rabia—. Llegas muy tarde y ya no hay vuelta atrás. Tu decidiste irte, ya no formas parte de mi vida, no hagas como que sí.
Volvemos al aula sin decir más. Paula va a mi lado, y Lucas se queda unos pasos atrás. No hablo con nadie. No quiero. Siento los ojos de todos otra vez cuando entramos, pero no me importa. Solo quiero que el día termine.
El reloj avanza lento. Cada minuto parece una eternidad.
Cuando suena la campana del final de clase, no espero a que nadie diga nada. Guardo mis cosas rápido, con manos torpes, y salgo antes de que alguien intente hablar conmigo.
—Valeria, espera —dice Paula desde atrás.
—No puedo, Pau. Hoy no.
Ella no insiste. Solo asiente con los ojos tristes. Camino rápido por el pasillo, cruzo la puerta del colegio y siento cómo el aire frío me golpea la cara. Respiro hondo.
Silencio. Necesito estar sola. Hoy no quiero arreglar nada. Hoy solo quiero desaparecer un rato.



#3218 en Otros
#183 en No ficción

En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 12.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.