El Último año

14. El día que lloré de verdad.

Iba por la calle sola, como casi todos los días, camino a casa. Llevaba la mochila colgando de un hombro, y sentía cómo el cansancio del día pesaba más que los libros. Salí del colegio con algunas lágrimas silenciosas deslizándose por mis mejillas. Me las sequé rápido, con la manga de la sudadera, como si pudieran delatarme. No quería que nadie notara que algo iba mal. Aunque, siendo sincera, tampoco había nadie que se fijara.
A nadie le importaba si lloraba o no. Me lo había repetido tantas veces que ya lo decía sin pensar. Como una verdad que se clava, pero que al mismo tiempo sirve de escudo. Caminé varias manzanas sin mirar a nadie, sin cruzar palabra. Todo me resultaba borroso, como si el mundo no tuviera contornos definidos.
Durante todo el trayecto, mi mente fue un desierto. No pensé en tareas, ni en los gritos del profesor, ni en las burlas de los compañeros. No sentí rabia, ni tristeza. Era un vacío extraño, frío, como si no estuviera realmente allí. Pero en cuanto llegué al portal de mi casa, algo cambió. Toda esa apatía se quebró en pedazos. La llave tembló en mis manos mientras la introducía en la cerradura. Al girarla, sentí que todo lo que había contenido en el pecho empezaba a salir.
No me crucé con ningún vecino, y eso, en el fondo, me alivió. No estaba lista para ver a nadie, para fingir que todo iba bien. Apenas cerré la puerta tras de mí, me derrumbé. No literalmente, no aún. Pero por dentro, todo se vino abajo. Mis piernas comenzaron a temblar. No era yo la que movía mis manos. Era como si algo o alguien estuviera dentro de mí, tomando el control. Un impulso extraño que no podía detener.
Intenté hacer lo de siempre: cambiarme de ropa, preparar algo de comer, distraerme con cualquier tontería. Pero nada funcionó. Fue entonces cuando me di cuenta de que ya estaba llorando, de que lo había estado haciendo sin darme cuenta. Era un llanto diferente. No como el de los días de colegio, en los que las lágrimas salían en silencio, apretando los dientes. Esta vez era como un río desbordado, sin nada que lo contuviera.
Me tiré al suelo, sin saber por qué. Solo necesitaba dejarme ir. Lloré con más fuerza, sin filtros, sin contenerme. Me sentí vulnerable, rota, humana. Fue ahí cuando comprendí algo que me dolió más que cualquier insulto recibido: hacía años que solo lloraba en silencio, sola. Siempre a escondidas, siempre callando. Ese día fue diferente. Ese día me permití llorar con libertad.
Perdí la noción del tiempo, pero calculo que pasaron unos veinte minutos, o tal vez más. Estaba encogida en una esquina del comedor, como una niña pequeña buscando refugio. El suelo estaba frío, pero ni siquiera lo notaba. Fue entonces cuando pensé en cómo sería si no estuviese sola. Cerré los ojos, respiré hondo y lo imaginé.
Vi a mi abuelo. Con la claridad de un recuerdo que no ha muerto. Estaba allí, conmigo. Sentado a mi lado, como solía hacer cuando yo era niña y tenía miedo por las noches. Me abrazaba con fuerza, con ese calor que solo él sabía transmitir. Sentí sus brazos rodeándome. Sentí su colonia, esa mezcla entre madera y algo cítrico. Pude incluso imaginar su voz, ronca y pausada, susurrándome que todo pasaría, que el dolor no duraría para siempre, que él estaría ahí para cuidarme, aunque ya no estuviera en este mundo.
Hacía tanto que no lo imaginaba así. Siempre me había esforzado por mantenerlo en un rincón de la memoria, donde el recuerdo no doliera. Pero ese día fue diferente. Fue tan real que por un instante juraría que lo tenía al lado. Y, por primera vez en mucho tiempo, me creí sus palabras. Me permití creer en algo, aunque solo fuera una ilusión.
Después de eso, algo dentro de mí se aflojó. Me relajé. La tensión en mi pecho se disipó poco a poco, como cuando el mar retrocede tras una gran ola. Me dejé caer del todo, como si el suelo fuera el único lugar seguro. Y me dormí. Así, sin más, en medio del suelo, en la misma posición en la que había llorado. Pero no me sentí sola. Me sentí acompañada por ese pedacito de amor que aún me quedaba. Por esa presencia que, aunque invisible, me sostuvo cuando más lo necesitaba.
No sé cuánto tiempo dormí. Cuando desperté, todo seguía igual: la casa en silencio, el cielo gris, el mundo indiferente. Pero algo en mí había cambiado. Era como si, al permitirme sentir, al dejar salir todo aquello que llevaba guardado por años, hubiese soltado un peso que ni siquiera sabía que cargaba.
Ese día no resolví nada. No encontré respuestas. No se arregló el mundo. Pero algo se rompió y algo se curó al mismo tiempo. Y eso, aunque nadie más lo supiera, fue un pequeño acto de valentía.
🏐
Después de despertarme, me levanté, aturdida, pero enseguida lo recordé todo. Cuando creía que estaba bien y, de repente, la realidad me golpeaba así… era porque no era consciente, no me daba cuenta. Me acostumbré hace mucho a ocultar mis sentimientos, mis opiniones, mis sueños, mis ideas… porque nunca las escuchaban. Empecé a pensar que estaban mal, así que dejé de expresarlas. Pero eso no significa que dejaran de existir.
Mientras más callaba, más fuerte era el golpe; pero mientras más decía, más sola me sentía.
Es duro tener un ataque así y tener que imaginar que una persona que se fue de tu lado te abraza. Una persona que ya no forma parte de tu vida, porque en realidad, fuera de la imaginación, no hay nadie que lo haga. En lo que respecta a lo interior, estuve sola, sigo estándolo y, seguramente, en el futuro también.
Las peores lágrimas son esas que no sabes de dónde vienen, porque hay tanto que ya no se distingue. Como el mar: el agua se mezcla, y da igual de qué río venga, está toda junta.
Lo peor no es sentirse mal todo el tiempo. Lo peor es sentirte bien, sonreír, hablar con los demás y pensar que todo está en orden, que por fin estás superando lo que te dolía. Pero luego, en cuanto te quedas sola y el silencio te envuelve, te das cuenta de que no es cierto. Descubres que esa sensación de bienestar era solo una ilusión, una mentira que tú misma decidiste creerte para seguir adelante, para aparentar que todo está bien.
Entonces llega ese momento incómodo en el que el silencio se convierte en un espejo, y lo que ves reflejado es el vacío que llevas dentro. Un vacío que ni siquiera sabías que seguía ahí, porque lo habías disfrazado de ocupaciones, de sonrisas forzadas y de palabras sin peso. Te das cuenta de que lo que antes te llenaba ya no lo hace, que algo cambió y que, aunque lo intentes, no puedes volver a sentir lo mismo. Y duele, no por lo que perdiste, sino por darte cuenta de que sigues rota por dentro, aunque por fuera parezcas entera.



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En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 12.02.2026

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