Al volver a hacerme daño, no podía jugar, era incapaz de soportar el dolor. Cada vez era mayor y me impedía hacer más cosas. Aunque ya sabía lo que me pasaba, había ido al médico; todavía no lo tenía asimilado. Que todo tu mundo se derrumbe, que tu vida deje de tener sentido, es duro, pero más lo es que encima la gente te mire con lástima, se acerque a ti por pena. Lo más duro es que nadie te entienda, porque nadie sabe qué es perder esto, perder algo que quieres tanto que no sabes explicar.
Nadie sabe lo que es perder algo que amas tanto o incluso más que a ti misma, porque nadie sabe qué es perder lo único que te ayudaba a despejarte, lo único en lo que no hacían falta palabras, lo único en lo que podías ser tú misma.
🏐
Llevaba con la misma lesión desde el accidente; creo que ya eran 5 o 6 meses y había aguantado todo lo que había podido, pero ya no tenía más fuerzas.
🏐
Después de que me dijeran que no había solución, estuve una semana en la que no era yo misma; una semana en la que no hablé con nadie. Sentía las miradas de todos, pero yo no miraba a ninguno. Sentía que hablaban sobre mí, pero yo no hablaba con ellos.
La gente siempre dice que duele un corazón roto, pero esto duele más: no pierdes a la persona que quieres, pierdes algo que amas y a la vez te pierdes a ti misma, y eso es lo más difícil de recuperar.
Durante siete meses he estado yendo a médicos; 16 si nos ponemos exquisitos. He vivido lo que una niña de mi edad no debería soportar: decepción, ilusiones falsas, traición, soledad, depresión... Puedo seguir nombrando, pero todo se siente peor de lo que se nombra. Cada médico al que iba me ilusionaba; me decía que sí había solución, pero no me decían cuál; eran pruebas y más pruebas.
Cada vez mis notas bajaban más; cada vez yo estaba más hundida. Todo era demasiado para mí; tanto que no sé cómo expresarlo. La mayoría me lo guardé para mí; no se lo contaba a mis amigas.
Me dormía llorando sin saber qué hacer; era tal dolor el que sentía por dentro que no me importaba el dolor de la mano.
Yo vivía para jugar; sin deporte, ¿quién era yo? Eso es lo que mis amigas no entendían: yo, sin jugar, no era nadie porque esa era mi ilusión. Quería que algún día me vieran jugar desde lo alto de las gradas porque yo, jugando, era feliz. Era como si una parte de mí hubiese muerto; una parte muy importante, esa que me mantenía a flote.
Porque para mí no era solo un deporte; era mi vía de escape, mi lugar seguro, mi felicidad; era mi esencia. Eran pesadillas en las que veía mis miedos; en las que soñaba que no me recuperaba; pesadillas que poco a poco se fueron haciendo realidad. Porque la gente siempre dice que cuando quieres algo, lo dejas ir; pero yo lo quería tanto que no lo dejé. A pesar de haberlo intentado, no pude porque se sentía como si me arrancasen la piel. Era ver cómo se desprendía una parte de mí; era tal el dolor que prefería jugar con el dolor de la mano.
Porque cuando de verdad quieres algo, lo cuidas; lo proteges con todo tu ser. Pero nunca lo dejas ir porque estás dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de mantenerlo. Porque incluso te ofrecerías perderte por el camino con tal de no tener que dejarlo; eso es querer de verdad: buscar mil opciones para que todo funcione y otras mil por si esas fallan. Pero no es rendirse en cuanto una falla porque si no todos estaríamos solos, sin nada ni nadie.
🏐
Que me dijeran que no había solución me rompió por dentro; pero fue lo que hizo que me diera cuenta de que hasta con ese dolor jugaría porque si aguanté meses podía aguantar años y si aguantaba años podía aguantar una vida entera porque así de tonta era yo y así de ciegos somos todos cuando queremos algo con toda nuestra alma.