El Último año

16. La espera

Recuerdo estar en la sala de espera, porque, como siempre, iban con retraso. Tenía que hacerme una resonancia magnética y confiaba, de verdad, en que esta vez sí pudieran decirme qué me pasaba y cómo solucionarlo. Estaba sentada al lado de mi padre. Intentaba mantenerme firme, pero no pude evitar que las lágrimas empezaran a caer por mis mejillas. Tenía miedo. Miedo de que no encontraran la causa, miedo de quedarme así para siempre, miedo de que no tuviera solución.
Mi padre no hizo preguntas. Solo se quedó en silencio, me rodeó con su brazo y me abrazó. En ese momento supe que, a pesar de todo lo que nos había distanciado en el pasado, me quería. Y yo a él. No necesitábamos decir mucho; bastaba con estar. Por encima de todo, él no quería verme sufrir.
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Después de la prueba, me explicaron cómo y dónde consultar los resultados. A la semana siguiente, fuimos a ver a un nuevo médico, esta vez uno privado, recomendado como el mejor especialista de la zona.
Vio mis pruebas con atención, me miró a los ojos y me habló claro. Me dio tres opciones: un tratamiento con ácido para reducir el dolor, PRP o cirugía. Yo, sin pensarlo mucho, prefería la cirugía. Me daba miedo, sí, pero también seguridad. Era lo más definitivo. Pero mis padres no pensaban igual. Ellos se decantaron por el PRP: un tratamiento en el que me sacarían sangre, separarían las plaquetas y me las inyectarían directamente en la mano.
Aunque odiaba las agujas, eso era lo de menos. Lo que me costaba aceptar era que el PRP no tenía garantía de funcionar. Aun así, acepté. Solo quería terminar con esto. Pedimos cita para la semana siguiente.
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Cuando salí de la consulta, no sabía si sentirme más tranquila o confundida. Me dijeron que tal vez serían necesarias dos o tres sesiones, separadas por dos semanas cada una. Solo pensar en eso me angustiaba. No podía aparecer cada dos semanas con el brazo inflamado y vendado. Ya era suficiente tener que justificarme por llevar una muñequera durante meses. Estaba agotada de los comentarios, de las miradas, de las risas… incluso las de mi hermana, que no dejaba pasar ni una para burlarse.
Normalmente no me afectaban tanto las opiniones ajenas, pero con esto era distinto. Este era un tema delicado, que tocaba muchas heridas que aún no estaban cerradas. Me sentía vulnerable.
No se me escapó el mensaje de Lucas. Lo vi, claro que sí. Aprovechó mi bajón para acercarse. Ese día no fui amable con él, pero ahora volvía a intentarlo por mensaje. Me había hecho daño. Siempre pendiente de mí, siempre sabiendo todo lo bueno... pero también todo lo malo. Siempre listo para señalar mis errores. Y aunque yo sé que muchas de mis decisiones no son las mejores, no soporto que me las echen en cara. Mucho menos alguien como él, que ha cometido más fallos que yo, pero jamás lo ha reconocido.
Solo quería espacio. Y paz.



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En el texto hay: adolescente, memorias, crecimiento

Editado: 12.02.2026

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