El viernes amaneció gris, como si el cielo llevara toda la semana observándome y hubiera decidido reflejar lo que sentía dentro. Había pasado una semana desde el último mensaje de Lucas. Siete días enteros que se habían arrastrado como siglos. Toda la semana dándole vueltas a la cabeza, pensando cada cosa que podría haber hecho mejor para no haber acabado mal con él, cosa que no tenía sentido, puesto que había sido yo quien había dicho adiós.
El tratamiento seguía siendo el mismo: lento, agotador y doloroso. A veces me sentía como si me estuvieran reconstruyendo hueso a hueso, músculo a músculo, mientras mi cabeza se desmoronaba más deprisa de lo que mi cuerpo lograba levantarse. Era una batalla desigual. Y aunque necesitaba apoyo, compañía, alguien con quien sostenerme en este proceso, lo único que sentía era que Paula se estaba alejando. Mi mejor amiga, la persona en la que siempre había confiado, se reía ahora con otra, compartía tiempo con otra, buscaba en otra lo que yo ya no podía darle.
Y lo entendía. De verdad que lo entendía. ¿Quién iba a querer estar con alguien roto? ¿Quién se arriesgaría a romperse por otra persona? Yo no quería arrastrarla a este pozo donde me estaba hundiendo. Pensaba que quizá lo mejor era que siguiera con esa chica nueva, alguien más ligera, más sana. Yo no quería que Paula se cansara de mí, pero ya empezaba a sentir que lo estaba haciendo.
Ese viernes nos encontramos, como siempre, en el banco de la plaza. Y ahí comenzó todo.
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—Tía, es que no lo aguanto más —empezó Paula, apenas se sentó—. Mi hermano es un puto pesado de mierda. Todo el día en mi cuarto, todo el día tocando mis cosas. Es que no puedo con él.
La miré, como siempre hacía, intentando poner atención, aunque mi cabeza estuviera a mil kilómetros.
—Y encima mis padres, pasando. Como si yo tuviera que aguantarlo. Me tiene harta. Al final, siempre que él la caga la bronca me la llevo yo y no es justo.
Lo que no era justo era lo que yo estaba aguantando. Respiré hondo. No quería estallar, pero algo dentro de mí se revolvió.
—Paula…
—¿Qué? —respondió sin apartar la vista del móvil.
—Es normal, tía, es más pequeño que tú y se supone que tienes que cuidar de él. Te lo digo porque a mí me pasa lo mismo con la mía.
—No es lo mismo, la tuya es niña.
Sí, ella era una niña, pero estaba en curso adelantado, no dejaba de menospreciarme, solo quería tener la razón sin importarle a quién tenía que pisar para conseguirlo. Ella se dedicaba a hacerme la vida imposible desde niñas. Uno de mis peores recuerdos con ella era un día en el colegio, estábamos las dos solas y discutimos, ella me tiró al suelo. Aparte de eso, solo recuerdo el dolor de la patada que me dio.
—Lo que tú digas, Valeria.
—Yo también tengo problemas, ¿sabes? —solté, casi sin darme cuenta.
Ella levantó la mirada, con cara de fastidio.
—Ya estamos…
—No, no es eso —continué, con voz temblorosa pero firme—. No lo digo para comparar, pero… joder, yo también lo estoy pasando fatal. Y aun así me esfuerzo en escucharte, aunque esté hecha una mierda. ¿Y tú? ¿Cuándo me escuchas tú a mí?
Ella bufó, girando los ojos.
—No me jodas, Valeria. ¿De verdad me estás diciendo esto?
—Sí, te lo estoy diciendo. Porque nunca me preguntas cómo estoy. Solo vienes a soltar lo mal que estás tú o… o a preguntarme cosas de David.
—¡Hostia puta, otra vez con David! —Paula alzó la voz—. No me jodas, tía, si solo te pregunto cuatro cosas.
—¿Cuatro? —me reí sin ganas—. Paula, es casi lo único que me dices ya. Solo me hablas cuando quieres algo de mí, llevamos así una semana.
—Pues perdona si no estoy todo el puto día pendiente de ti.
—No quiero que estés pendiente de mí, quiero que seas mi amiga. ¡Como antes!
Ella me miró con desprecio.
—Siempre estás en plan víctima, tía. Te juro que cansas.
Las palabras me atravesaron como un cuchillo.
—¿Víctima? ¿Tú sabes lo que estoy pasando?
—Sí, claro que lo sé. Pero no eres la única, Valeria. Yo también estoy hasta el cuello.
—¡La diferencia es que yo te escucho, aunque me esté hundiendo! —grité, ya con lágrimas en los ojos—. Yo estoy aquí, aunque no me quede ni puta energía, y tú ni siquiera me miras.
—¡Porque eres un puto drama andante, joder! —me gritó de vuelta—. ¡Siempre es lo mismo contigo, siempre estás mal, siempre llorando!
—¡Pues claro que estoy mal, Paula! ¡Me estoy dejando la piel para recuperarme, para no caer del todo, y tú lo único que haces es largarte con otra como si yo ya no valiera para nada! Estoy mal porque toda mi vida se me ha venido abajo y tú solo te centras en ti, porque, aunque yo esté mal, te escucho, ¡tú ni me diriges la palabra!
—¡Es que me cansas! ¡Ni que fuera tu psicóloga personal!
El silencio que siguió fue más fuerte que los gritos. Yo respiraba entrecortada, sintiendo el calor en mis mejillas, las lágrimas acumulándose sin caer todavía. Paula me miraba con rabia, y yo sabía que algo se había roto. Algo que quizá ya no se podría reparar.
—Vale —dije al fin, con la voz quebrada—. Siento haberte molestado, ya no lo haré más.
—Tía, Valeria —respondió, cruzándose de brazos.
Simplemente me levanté y me fui. Por el camino parecía un robot, era como si no sintiese nada, me sentía completamente vacía.
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Esa noche no pude más. Me encerré en mi habitación, cerré la puerta con pestillo y me dejé caer en la cama. El llanto me salió como un vómito, sin control. Me tapé la boca con la mano para no hacer ruido, aunque la garganta me ardía queriendo gritarlo todo. El pecho me dolía tanto que tuve que apretarlo con la otra mano, como si así pudiera evitar que se me rompiera en mil pedazos.
Mis ojos ardían, rojos, casi como sangre. Sentía la piel hinchada, pegajosa, como si estuviera hecha de sal y lágrimas.
Y mientras lloraba, pensaba. Pensaba en todo lo que había dado por esa amistad, en cómo me había tragado mi propio dolor tantas veces solo para escuchar el suyo. En cómo me había callado mis miedos, mis inseguridades, mis noches en vela, porque no quería cargarla más de lo que ya estaba. Y al final… al final solo era yo la que estaba sola.
Me repetía una y otra vez que Paula no era mala persona, que quizá solo estaba cansada, que tenía derecho a vivir su vida. Pero por más que intentara justificarla, no podía dejar de sentir el vacío que me había dejado.
Pensé en Lucas. Pensé en cómo había intentado mantenerme a pesar de no ser muy íntimo, no como ella. Ahora, con Paula, esperaba una señal, una palabra, una prueba de que le importaba, y lo único que recibía era silencio, reproches o indiferencia.
La soledad se me pegaba a la piel como un veneno. Y en ese momento, entre sollozos ahogados y el pecho a punto de estallar, me sonó el móvil.
«Valeria lo siento»
«no merece la pena llorar por gente que nunca lloraría por ti.»
Quizá esa era la lección. Que por mucho que duela, por mucho que te rompa, hay personas que no están hechas para quedarse. Y una parte de mí quería aferrarse todavía a Paula, como si pudiera salvar algo. Pero la otra, la más cansada, la que llevaba años intentando sostener a todos mientras nadie me sostenía a mí, sabía que tenía que soltar.
Seguí llorando hasta que me dolieron los huesos. Y cuando ya no me quedaban lágrimas, me quedé mirando el techo, con la cara húmeda, el cuerpo temblando, y una certeza helada atravesándome: estaba sola. Y tendría que aprender a vivir con eso.
Si hubiera hecho falta, habría muerto por ella. Eso siempre sería lo más difícil de olvidar.