El jueves empezó como cualquier otro. El aula estaba igual de llena y, al mismo tiempo, igual de vacía para mí. Vacía porque ya no había nadie con quien hablar, era como si el resto del grupo también estuviese mal conmigo. Vacía porque yo me había acostumbrado al silencio de mi pupitre, a esconderme entre hojas de papel, subrayadores y resúmenes que parecían mi única compañía.
Mientras el profesor explicaba, yo escribía casi sin pensar, dejando que la tinta corriera por el folio como si pudiera distraerme de lo que de verdad sentía: ese nudo constante en el pecho que me recordaba que algo seguía pendiente en mí, que no todo estaba en orden todavía. Ocho meses. Ocho meses desde que todo empezó, desde que todo se vino abajo. Ocho: el número que siempre odiaría.
De repente, la puerta del aula se abrió. El chirrido metálico resonó como un trueno en medio del murmullo de hojas y bolígrafos. Levanté la cabeza y vi a otro profesor. Sentí cómo el aire en la clase se detenía un segundo.
—Vengo a llevarme a Valeria, si es posible.
Mi nombre cayó como una piedra en un estanque. Todos giraron la cabeza hacia mí. Las miradas me atravesaron, frías, curiosas, algunas incluso con un destello de burla.
—¿Con quién has discutido hoy, Valeria?
—Siempre en líos, qué mal.
¿Eso habrían pensado? ¿Qué había hecho yo para que me vinieran a buscar en mitad de clase? Me encogí de hombros, recogí mis cosas con manos torpes y salí sin mirar a nadie.
El pasillo estaba silencioso. Allí estaban mis padres, esperándome en la puerta, como si supieran desde hacía tiempo que este momento iba a llegar.
—¿Ya? —pregunté, aunque en realidad no esperaba respuesta.
Mi madre me sonrió, pero en su mirada había algo más, una mezcla de nerviosismo y alivio anticipado. Mi padre me puso la mano en el hombro y me guió hacia la salida.
El trayecto hasta el hospital se me hizo eterno. Iba en el asiento trasero, mirando por la ventanilla. El mundo afuera seguía en movimiento, indiferente a lo que pasaba en mí. Mis pensamientos, en cambio, eran un torbellino. ¿Y si no estaba bien? ¿Y si todo este tiempo había sido en vano? ¿Y si me decían que nunca más iba a poder volver a ser como antes? Sentía que cada latido me empujaba contra el asiento.
Mi madre trataba de hacer comentarios ligeros, mi padre conducía en silencio. Yo solo escuchaba el sonido de mis propias dudas.
Entramos al hospital. Ese olor inconfundible a desinfectante me golpeó como un recuerdo desagradable. Casi le había cogido asco al sitio, a las personas que trabajaban allí. Subimos en silencio, hasta llegar a la consulta. El médico nos recibió con una sonrisa cordial, pero yo no podía verla más allá de mis miedos. Siempre te miran con la típica sonrisa, aunque después te den la peor noticia.
"No tiene solución". Esa frase resonó en mi cabeza.
Me senté frente a él, mientras mis padres ocupaban las sillas a mi lado. El médico empezó a hablar, a revisar papeles, a explicar resultados, a usar palabras largas y técnicas que apenas entendía. Yo asentía, fingiendo que lo seguía, pero lo único que de verdad entendía era el temblor en mis manos y la sensación de que todo se decidiría en cuestión de segundos.
Miré a mi madre, buscando señales. Ella escuchaba atenta, con el ceño fruncido, como si intentara memorizar cada término para después traducírmelo. Mi padre mantenía los brazos cruzados, serio, pero yo sabía que por dentro estaba tan nervioso como yo.
La consulta terminó. Nos levantamos y salimos al pasillo. Allí, el silencio fue todavía más pesado.
—¿Qué ha dicho? —pregunté con la voz baja, como si tuviera miedo de que la respuesta se oyera demasiado alto.
Mi madre me miró. Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, vi en sus ojos una luz clara, limpia, sin sombras.
—Se acabó, Valeri —me dijo despacio, como si saboreara cada palabra—. Estás curada.
Me quedé quieta. No supe qué hacer. Era como si la realidad se hubiera detenido un instante, como si no pudiera procesar lo que acababa de oír. Estaba curada. Curada. Después de ocho meses. Después de tanto miedo, de tantas lágrimas, de tantas noches pensando que nada volvería a ser igual.
El aire me entró de golpe en los pulmones. Sentí un impulso incontrolable. Corrí hacia mi padre, casi salté sobre él, y me aferré a su cuello con todas mis fuerzas.
Él me sostuvo, fuerte, como si supiera que me estaba rompiendo en sus brazos. Y en cuanto sentí ese abrazo seguro, el muro que había levantado durante meses se vino abajo.
Me eché a llorar. Pero no era el mismo llanto que me había acompañado tantas veces antes. Esta vez era distinto. Lloraba de alivio, de agradecimiento, de alegría pura. Lloraba porque lo había logrado, porque estaba de vuelta, porque podía volver a creer que todo tendría un orden otra vez.
—Lo conseguiste, Valeri —me dijo mi padre.
Mi madre nos miraba, con lágrimas brillando también en sus ojos.
En medio de ese desahogo pensé en ellas. En Paula y en Patricia. En lo mucho que habría querido contarles esto. En lo que habrían respondido. En cómo habríamos celebrado juntas. Pero ya no estaban. Y por primera vez, aceptar esa ausencia me dolió de un modo distinto: no como rabia, sino como nostalgia.
Me sequé las lágrimas con la manga cuando subimos al coche. Saqué el móvil. Dudé unos segundos. Y entonces escribí a David.
«se acabó»
Mandé el mensaje y lo miré en la pantalla, como si no terminara de creerlo. Sentí que las lágrimas volvían, pero esta vez no las detuve. Me cubrí la cara con las manos y dejé que salieran.
Lloré de alegría. Lloré tanto que no podía parar. Era un llanto nuevo, limpio, que me vaciaba de miedo y me llenaba de esperanza. Por primera vez en mucho tiempo, las lágrimas no eran oscuridad. Eran luz.
«q ha psado valeri?»
«estas bn?»
«si»
«entonces?»
«me han dado el alta»
«qe bien!»
«a ver si te llevas una pelota el proximo dia y jugamos un partido de voley»
«perfe»
Y mientras el coche avanzaba, con mis padres en silencio, yo entendí algo: el ciclo se había cerrado de verdad.